La moralina facilonga
Escribe
Que el porcentaje de hogares pobres viene creciendo en el mundo y en nuestro país no es una noticia nueva. Tampoco lo es el aumento de la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen. Pero el último informe del Banco Mundial, «Voces de los Pobres», donde se señala que casi el 60 % de la población mundial sufre condiciones de pobreza, ha obligado a este mundo distraído y a sus voceros a realizar algunas apreciaciones al respecto.
Pero vale la pena realizar algún comentario sobre el editorial del matutino El Observador del domingo 19 del mes de marzo porque me parece que refleja perfectamente la ideología que impregna a la mayoría de la dirigencia política que le ha tocado gobernarnos en los próximos cinco años.
El editorialista señala que el «fenómeno» es «inquietante» porque «aumenta».
La palabra «fenómeno» es descrita en el diccionario como algo extraordinario y sorprendente, es decir algo que no tiene una explicación demasiado evidente. Y esto que no se sabe muy bien por qué sucede es «inquietante» (da miedo porque es distinto o alborota lo establecido según nuestra lengua y su uso) pero porque aumenta.
¿En una evaluación seria de los acontecimientos políticos, económicos y sociales de las dos últimas décadas del siglo veinte podemos afirmar que el aumento de la pobreza en el mundo y que la concentración de la riqueza es un hecho que no tiene explicación?
Que no se quieran ver las causas de ese preoceso en el que estamos globalmente inmersos es una cosa, que se editorialice sobre él informándolo con tal intencionada superficialidad es otra. Porque sólo en defensa de esa ideología que ha creado este injusto sistema donde el más fuerte es cada vez más fuerte y no para en la rueda de absorber los bienes de los menos poderosos o más débiles, se puede realizar las recomendaciones que en dicho editorial se realizan.
Es muy fácil quedar bien con la moral cristiana y decir que esto no puede seguir avanzando y a continuación afirmar que «la solución no pasa por el criterio anacrónico de igualar hacia abajo o de concentrar en el Estado la función económica mediante un supuesto modelo alternativo».
Acuso el golpe: a pesar de que mi fuerte no son los números no encuentro otra forma de mejorar la situación de los que menos tienen si los que tienen más no reparten un poco mejor sus bienes. Esto es, obviamente, igualar hacia abajo. ¿No es esto lo que nuestro Presidente le está pidiendo a los países desarrollados que nos marcan las reglas de juego para comprar nuestros productos y también para vendernos los de ellos?
Y en nuestro país, los sectores ligados a las finanzas locales y mundiales que hoy concentran la mayor parte de las riquezas uruguayas, ¿no deberían pensar que la estabilidad y viabilidad del país pasa por repartir mejor los bienes y servicios entre sus habitantes?
El editorialista, ¿piensa que será por buena voluntad que estos actores de la economía tomarán esta decisión en un ímpetu solidario y de apoyo al resto de los uruguayos? Si así lo quisieran hacer, ¿se lo permitirían sus compromisos internacionales?
Si esa decisión no la toma un gobierno y utiliza las herramientas del Estado para aplicar una redistribución progresiva y más justa, difícilmente otros marquen las reglas de juego necesarias para evitar ese progresivo aumento de quienes van quedando al margen de las posibilidades de una vida digna. Porque no se trata ni de un inexplicable «fenómeno», ni nos resulta «inquietante» porque nos dé inseguridades: simplemente nos indigna su injusticia. Y eso sí es cristiano.
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