La diplomacia sumisa

«Parece que hubiéramos entrado en un nuevo mundo orweliano en el que nuestra fiabilidad como camaradas en la lucha se midiera por el grado en que invocáramos el pasado para explicar el presente. Insinuar un contexto histórico para las atrocidades recientes equivale a justificarlas. Quien esté con nosotros no lo hace. Quien lo haga está contra nosotros.»

 

Así se ha expresado en estos días John Le Carré, el celebrado creador de grandes novelas de espionaje. Con su decir, el entretenido narrador británico habrá caído, a no dudar, en la «lista negra» del canciller Opertti, que hace apenas un par de días condenaba encolerizado a quienes, procurando examinar analíticamente los hechos, realizan, según él, un «discurso justificativo» de las acciones criminales del terrorismo. En el campo de la actividad política la obediencia incondicional al poder  ya sea militar o económico– es un antivalor. Una forma de la abyección.

Para las conductas en el campo de las relaciones internacionales, el idioma reserva adjetivos más severos.

Lamentablemente, en Uruguay, como en la gran mayoría de las elites políticas latinoamericanas, con las honrosas excepciones conocidas, la sumisión a los dictados del gobierno de Bush ha sido absoluta.

Y lo ha sido, incluso, contrariando tradiciones de legalismo, y hasta de ciertos intentos de desarrollar políticas independientes, al servicio de proyectos propios, con sus propias señas de identidad, por parte de algunos países latinoamericanos.

El hecho ya ha suscitado la preocupación de algunos analistas que tratan de pensar con una mínima anticipación las distintas alternativas que se abren a partir de la impetuosa ofensiva militar norteamericana en Asia Central.

Se preguntan, por ejemplo, en qué va a desembocar el aumento de las tensiones entre el régimen militar de Pakistán, jaqueado por la oposición interna de las corrientes islámicas que simpatizan con los talibán, y su antigua rival, la India, en las clásicas zonas de disputa de Cachemira.

Dado el potencial nuclear de que disponen ambos países, los riesgos de guerra son singularmente alarmantes. En estos días se han reanudado los intercambios de artillería y ante la movilización (real o inventada) de tropas en la India, Pakistán acaba de poner a sus tropas en estado de alerta máxima.

La amenaza de ese conflicto, siendo la más grave, está lejos de ser la única en la complicada urdimbre político religiosa asiática.

Como ha escrito en estos días John Le Carré: No podemos evitar que cada vez que un misil mal dirigido se lleve por delante a un pueblo inocente, nazca otro bombardero suicida, y no se ve cómo eludir este endiablado ciclo de desesperación, odio, y de nuevo, venganza.(…) En las secuelas emocionales de su destrucción, los siniestros ejércitos de Bin Laden, en lugar de desaparecer, reclutarán a más gente.»

La política de abrazo estrecho y sin reservas a la posición norteamericana, ¿qué previsiones realiza para nuestros países en caso del empantanamiento asiático de Bush?

¿O es que, así como hace unos años el Sr. Fukuyama dio por llegado el «fin de la historia», nuestros gobernantes han dado por finiquitadas las políticas propias en materia de relaciones internacionales, y ahora se pretende fundar nuestra diplomacia sobre el supuesto de la identificación absoluta e irreversible de los intereses nacionales de nuestro país con los intereses de los Estados Unidos?

La negativa a desarrollar un pensamiento propio en materia diplomática, base imprescindible para desarrollar una política con objetivos auténticamente nacionales, ha quedado reiterada en estos días con los discursos del canciller Didier Opertti, que sigue repitiendo las fórmulas ululantes de Bush: «O se está conmigo o se está contra mí».

Una tesitura seguidista y miope. Con el agravante de que, en su aplicación, los responsables parecen estar mirando, inconfesadamente, los posibles réditos políticos internos que puede deparar subirse al carro de las simplificaciones de Bush y sus aliados. *

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