Rumbo a una masacre sin fronteras

NIKO SCHVARZ

 

El mundo marcha rumbo a una masacre de dimensiones que pueden resultar catastróficas frente a un enemigo indefinido. Se ha entrado en la dinámica de la guerra, retroalimentada sin cesar. Los muertos suman centenares y pronto serán miles si se sigue bombardeando 24 horas sobre 24 como ha venido ocurriendo. Las fronteras tampoco están determinadas.

Surgen múltiples movimientos para preservar la paz. Están animados por una enorme preocupación ante el destino colectivo, sentimiento que aflora en las movilizaciones desplegadas en muy diversas geografías. En el mundo musulmán las demostraciones están teñidas de un fuerte tono antinorteamericano, de condena a los bombardeadores. El gobierno de Pakistán, vendido por los 30 dineros, ya causó decenas de muertos al reprimir estas manifestaciones a sangre y fuego. Tampoco permite manifestar en las proximidades de zonas fronterizas bombardeadas. Se corre el riesgo de la extensión de un clima represivo y de sofocamiento de las libertades en una vasta región, igualmente indeterminada, sobre todo por parte de gobiernos enfeudados a Washington. En Indonesia, el mayor país musulmán, en Malasia y otros, de Djakarta a Kuala Lumpur, se suceden las manifestaciones y las quemas de banderas estrelladas. Esto sucede aunque los canales apenas lo muestren, alineados como están en una misma dirección, con colosales anteojos.

La agresión puede extenderse a otros territorios, y en primer término a Irak, bombardeado sin interrupción desde 1991. Hay quienes le reprochan todavía hoy a Bush padre no haber marchado sobre Bagdad y derrocado a Saddam Hussein (y sostienen que por esa causa perdió la reelección). Ahora, en el clima de histeria generado, procuran aprovechar la bolada. Y también, después que no quede de Afganistán sino ruinas sobre ruinas, volver los misiles y bombas hacia Colombia, las FARC y la zona de distensión del Caguán. Todo cabe en la dimensión desconocida de la cruzada «antiterrorista».

Cuántos son los muertos, no se sabe ni se sabrá. Ha entrado a funcionar la censura, y ella encubre siempre canalladas contra los pueblos, privados de la información, de conocer la verdad. Esto acontece hoy en Estados Unidos. En la guerra del Golfo mostraban los misiles dando asépticamente en el blanco, no a los soldados irakíes con las cabezas aplastadas bajo las orugas de los tanques en la tormenta del desierto. Ahora se exhibe lo que el Pentágono quiere. Y lo que no quiere, no. Eso les otorga impunidad, término que significa mucho para los uruguayos. No se vio uno solo de los seis mil cadáveres de las Torres. Ni uno solo de los generales ni del personal del Pentágono. Ahora tampoco muestran a los muertos en Afganistán, como los cuatro funcionarios de la ONU que cumplían misiones de desminado del terreno. Koffi Annan dijo, al recibir el Premio Nobel de la Paz, que había diez víctimas entre el personal de Naciones Unidas en esa área. No se muestra a las víctimas del hospital bombardeado en Kabul. Ni a los que estaban orando en una mezquita, ni a los habitantes de un barrio residencial de la capital, todos ellos muertos en bombardeos continuos. Lo de los objetivos exclusivamente militares es una muestra insuperable de cinismo de quienes actúan al margen de la ley internacional.

A tal punto es así que Donald Rumsfeld, el secretario de la Guerra, ya ha salido a lamentarse de las «involuntarias pérdidas de vidas» (expresión textual). Como hicieron en Kosovo, en el bombardeo a la embajada china en Belgrado, a los edificios civiles, a refugiados en marcha e incluso en el ataque a un tren sobre un puente trucando después las imágenes televisivas para ocultar su responsabilidad criminal. Días pasados se recordó en su 25º aniversario el crimen de Barbados contra el avión de Cubana que muestra a la CIA como la máxima organización terrorista. Mientras tanto, cada bomba detonada, cada misil lanzado se contabiliza en la caja de caudales de los fabricantes de la muerte, el complejo militar industrial. Esta es la única verdad. A ellos no se les puede dar crédito, como lo demuestra el debate sobre la censura abierto en Estados Unidos, que por algo es el país de Bob Woodward y de la investigación periodística sobre Watergate que derribó a un presidente corrupto.

En tanto, nada hay más urgente que conjuntar todas las fuerzas para detener la guerra. En el mundo, y a escala de cada nación, es la hora de un movimiento por la paz de enorme amplitud, capaz de cobijar a todos los seres de buena voluntad, como sucedió en otras épocas de la historia. En nuestro país es palpable la angustiosa preocupación por estos temas en los más diversos ámbitos y la voluntad, aún difusa, de movilizarse en aras de la paz. En reciente mesa redonda sobre estos temas recordamos el cartel pegado en los muros de Montevideo medio siglo atrás, en que las figuras de Obdulio Varela, Peloduro y Romeo Gavioli («los tres corazones del alma popular») convocaban a suscribir el Llamamiento de Estocolmo por la paz mundial. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje