El imperio, sus guerras e intereses
LEOPOLDO AMONDARAIN
Desde 1824 a 1994 EEUU llevó a cabo 73 invasiones a países de nuestra América Latina. Las víctimas, aunque repetidas en el tiempo, claro está, fueron: Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala, Granada, etcétera.
En el siglo XX no hubo guerra en el mundo donde el Pentágono no metiese mano. Y hoy mismo, el gran sheriff del mundo, el señor Bush, afirma que el que no está con EEUU está a favor de los terroristas, y potencialmente también lo es.
En buen romance, sea o no Bin Laden el culpable, se prende fuego al mundo en una guerra generalizada por «sospecha» de culpabilidad. Menos mal que no tiene la certeza; pues si así fuera, declararía la guerra de las Galaxias. Claro, hay que pensar también en el justo derecho que tiene la industria bélica yanqui de activar sus «fabriquitas» productoras de tanques, aviones, «chiches» atómicos, misiles, explosivos varios, fusilerías metrallas y otras menudencias, que atiborran sus depósitos y tienen que darle «razonable y humana» actividad. ¡Pardieu! No sea que se oxiden por falta de uso por culpa de los cretinos pacifistas!
El Congreso de la mayor «democracia» del mundo les votó la módica suma de 40 mil millones de dólares para hacer la guerra, y «llevar la paz al mundo».
Cada misil que dispara cuesta U$S 1.200.000. Ya lanzaron 50. O sea, llevan gastados 60 millones de dólares sólo en misiles en el preámbulo de la guerra. ¿Cuántos pueblos asolados por la miseria, el hambre y las pestes en el mundo, incluyendo nuestra América india, se arreglaría con esa suma? ¿Cuántas criaturas que mueren de inanición en el mundo se salvarían con mucho menos de lo que vale un misil asesino y cobarde, cambiándolos por alimentos o medicamento? Buena cosa sería preguntar a los organismos internacionales crediticios, ejemplo Fondo Monetario, Banco Mundial, etcétera, donde EEUU está detrás, cuánto nos cuestan a los países subdesarrollados del tercer mundo las deudas externas con sus intereses asfixiantes que en forma despiadada nos obligan a pagar con el sudor y las vidas mismas de nuestras gentes, para que después las ganancias se destinen para que los yanquis sigan gozando «de la forma de vida americana». Obviamente, hay que tener en cuenta que la tranquilidad de ese «noble» imperio que desea honrada y sanamente llevar la paz de los cementerios, tiene un costo. Costo que administra Bush, con sus amigos Dick Cheney, el morocho Powell y otros «grandes» y que la gran prensa nos muestra con admiración sus logros bélicos. Logros bélicos que hemos financiado entre otros, con la sangre de nuestros pueblos indo americanos durante décadas de brutales expoliaciones. Justo también es consignar que no toda la culpa es yanqui. Están los «vivos», los alcahuetes oportunistas y hasta los imbéciles que se pliegan a la corte de adulones que acompañan y apoyan a los imperios buscando los réditos que creen les regalarán los yanquis. Juego por cierto peligroso, pues el tiempo que según dicen es un «gentilhombre», mañana se les puede invertir y ser ellos las víctimas futuras. Las patrias chicas y pobres no deben meterse en «corral de ramas» ajeno. No olvidar la cita del doctor Luis Alberto de Herrera: «Allá ellos los rubios y los amarillos del norte con su problema. No será con la sangre y sudor de nuestra gente que defiendan sus intereses los imperios». Ni con el presunto culpable Bin Laden, que le da gracias a Alá por asesinar a 6 mil inocentes en las torres neoyorquinas, que nada tenían que ver, ni con los yanquis, que han aterrorizado al mundo por más de un siglo asesinando por cierto millones de víctimas civiles y son al fin de cuenta quienes financiaron, armaron, apoyaron y educaron a los talibanes y su líder mesiánico. Amén. *
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