Una guerra inverosímil

«¿Cohetes, submarinos, gigantescos portaaviones, enormes bombarderos para combatir a la organización de los criminales suicidas que cometieron su asalto utilizando probablemente pequeñas navajas de escritorio?»

Las interrogantes formuladas por don Víctor Flores Olea, insigne ex diplomático y ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNAM mexicana en la última entrega de la revista «Proceso», son algunas de las tantas dudas e incredulidades que surgen apenas el observador se detiene cinco minutos ante una pantalla que registra los «partes de guerra» o de un periódico que los transcribe.

Pese al raigal escepticismo que empiezan, cada día con más intensidad, a suscitar las operaciones militares en Afganistán, el espíritu de cruzada sigue insuflando ánimo, el clima de pánico se generaliza y el mundo parece marchar tan ufano como inconsciente al «choque de civilizaciones» al que lo convidan los fanáticos.

Espíritus frenéticos, los de los fanáticos, tanto más peligrosos cuanto mayor es la fuerza de que disponen.

Al amparo del criminal atentado del 11 de setiembre y el estilo belicista de Bush y la flamante administración norteamericana, se ha puesto de moda en los enunciados de la política internacional de los Estados Unidos la grosera simplificación de Samuel Huntington, contenida en sus artículos de 1993 y en su libro de 1996, «El choque de civilizaciones» que, como bien ha observado el distinguido experto palestino Edward Said, «insiste en la personificación de unas identidades inmensas llamadas «Occidente» e «Islam», como si unas cuestiones tan complicadas como la identidad y la cultura existieran en un mundo de dibujos animados en el que Popeye y Brutus se golpean sin piedad y el pugilista más virtuoso de los dos es el que gana siempre al adversario».

La simplificación en torno al Islam, las ridículas deformaciones a que se somete el complejo concepto islámico de «guerra santa», la manoseada «jihad» –que admite como primera acepción la idea de «la lucha consigo mismo» que debe librar el creyente– apuntan a convertir la secuencia de episodios iniciados el 11 de setiembre en un trágico despropósito.

¿Quién sino los sectores más radicalizados del islamismo, en Asia, en Medio Oriente, en la propia Palestina, y los simpatizantes del talibán van a ser favorecidos con esta inaudita ampliación de las hostilidades hacia todo el mundo islámico?

¿Qué efectos tendrán sobre los delicados equilibrios que dentro y fuera de esa región mantienen países con una larga y grave tradición de conflictos como Pakistán (bajo una dictadura militar) y la India, ambos abundantemente surtidos de armas nucleares?.

¿Por cuánto tiempo y a cuántas personas conseguirá persuadir el discurso oficial de los Estados Unidos de «bombas y pan» con que Bush pretende presentarse como un «real amigo del pueblo de Afganistán»?

Como telón de fondo, varias declaraciones de funcionarios norteamericanos anuncian la necesidad de incrementar los gastos militares.

Incluso, se afirma, llegando a los mismos niveles alcanzados durante la guerra fría, ¡cuando el enemigo potencial era el campo socialista!

«La huida hacia delante» militarista impulsada por Bush, que tendrá probablemente un efecto propulsor en la economía de las influyentes empresas de fabricación de armamentos y las industrias a ellas ligadas, vuelve la espalda una vez más a los acuciantes problemas de la parte creciente de la humanidad que ha quedado fuera del desarrollo y del progreso material: se reducirán las ayudas para el desarrollo de las regiones más atrasadas, los recursos para la preservación del medio ambiente y a favor de la lucha mundial contra la pobreza. *

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