CRISIS Y ELECCIONES ARGENTINAS

"Todos los economistas son de izquierda"

CARLOS SANTIAGO

 

Es bueno, de vez en cuando, hacer un alto en el camino y reflexionar sobre lo dicho y lo hecho en el marco de esta profesión en que el periodista siempre debe estar al borde de la transgresión, afirmando cosas, analizando hechos que –como ha ocurrido en nuestro caso– parecería que nos han dejado solos, pero por suerte, más cerca de la verdad, mucho más, que otros cuyas afirmaciones han claudicado por la potencia de los acontecimientos.

Uno de esos asuntos es la situación que se vive en la Argentina, país que no ha cesado sus pagos todavía por obra y gracia de alguna (ayer máxima y hoy mínima) ayuda de los organismos internacionales, los famosos megacanjes, las capitalizaciones de último momento. Sin embargo, la visión desde aquí de muchos economistas e, incluso de nuestro gobierno, fue que primero con el fugaz López Murphy al frente de la economía y luego con Domingo Cavallo (a quien se lo calificó de un economista que aplicaba medidas heterortodoxas), el camino era el correcto, aunque se viera cómo ese país se estaba muriendo poco a poco.

Claro, la heterodoxia fue seguir empobreciendo a la gente actuando sobre los derechos adquiridos, como los sueldos y las jubilaciones, que fueron recortados para llegar a un hipotético e inalcanzable déficit cero. Titulábamos en esa oportunidad: «Por el camino de la pobreza se llega al «default».

Hoy Argentina ha igualado a Ecuador en el riego país (más de 1.800 puntos) cifra que tuvo aquel país cuando debió dolarizar su economía, y que está también por encima de la de Nigeria. Su déficit fiscal sigue siendo cada vez más abultado, caen las exportaciones por la paridad insostenible del peso con el dólar (convertibilidad), se derrumbó el consumo, porque la gente tiene cada día menos dinero para gastar (crecimiento de la desocupación y rebajas salariales).

El objetivo del gobierno argentino, con Cavallo a la cabeza, fue hacer pagar a la gente, a los trabajadores, a los jubilados y –por esa vía– también pagó la industria (que se ha reducido en casi un 40 por ciento), el comercio, cuya caída de ventas es histórica.

Quizás Cavallo pretendió mantener este estado de cosas (increíblemente el mejor escenario) hasta el pasado domingo 14, para que las elecciones se realizaran en un marco menos negativo para él y el gobierno de De la Rúa. Sin embargo las urnas dicen que fracasó.

En este contexto, es evidente que la famosa convertibilidad (1 peso argentino 1 dólar americano), es uno de los elementos insostenibles, factor sustancial de la falta de competitividad, una especie de suicidio financiero que hoy se sigue pagando con el crecimiento de la pobreza y la marginalidad. Por supuesto, el «paquete» que podría desatarse a partir de hoy, arrastraría a Uruguay que –como el burro tras la zanahoria– se ha atado a la economía argentina, por una sola razón: es la que cumplió fielmente con los mandados del FMI y, por ello, el relumbrón de Bensión y el gobierno en su conjunto nos va hacer pagar con más sufrimiento, desocupación y marginación tanta simpleza en el análisis.

Ya que les gusta imitar, ¿por qué no intentaron hacer lo que aconsejaba Paul Krusman y que está aplicando el propio gobierno norteamericano, de tratar de insuflar dinero en los bolsillos de la gente para hacer crecer el consumo y con ello reactivar al comercio y a la industria? Lo hubieran hecho simplemente con la reducción o desaparición definitiva del impuesto a los sueldos.

Claro, la ortodoxia de los Bensión (de los Michele Santo) tiene dos discursos. En países pobres, en vías de desarrollo, se usa la estrategia económica de reducir el consumo, mantener baja la inflación, sin tocar ningún privilegio. Es que el objetivo es pagar los servicios de la deuda. Si propusieran el modelo norteamericano, no el del subdesarrollo, sabrían que la baja inflación que hoy aquí es producto de la recesión y no de la buena administración, es incompatible con una salida a la crisis.

Pensar que el hoy ministro, en sus años de estudiante, pensaba de una manera menos acotada y sostenía que «todos los economistas son de izquierda». Su neokeneysianismo de otrora, luego de su pasaje por la Asociación de Bancos, se fue convirtiendo en ortodoxia al servicio de los organismos internacionales.

Claro, las comparaciones con Argentina son casi inaceptables. Y ello porque allí, por la irresponsabilidad y corrupción del gobierno de Carlos Menem (con la gestión también de Cavallo), se vendió todo lo vendible, dejando al Estado postrado ante cualquier contingencia. Por aquí el pueblo impidió, en el plebiscito del ’92, que se enajenara Antel y ello fue un parate importante para el impulso ciego del gobierno de Luis A. Lacalle.

Sin embargo «un gustito» se dieron, con el desprolijo «enjuague» concretado con Pluna, pasando su operativa a manos privadas (Varig), pero dejando en funcionamiento un directorio de la vieja empresa y, para más, a centenares de funcionarios que lo sirven. El disparate fue de tanta magnitud que la casi totalidad de los dineros que se tuvieron que colocar en Pluna SA para que siguiera volando, salieron de las arcas del Estado. Hoy los dados están echados. Lo que ocurra esta semana, luego de este resultado electoral en Argentina, indudablemente nos afectará.

Y cuando ello ocurra, ¿a quién le deberemos pedir responsabilidades? *

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