La lección de la elección argentina

Los comicios realizados el domingo 14 en el vecino país pueden marcar un hito en su historia, un antes y un después en el comportamiento electoral y en el mapa político argentino. Como era previsible, la Alianza gubernista sufrió una derrota incuestionable que la obliga a rever la línea económica que ha abrazado y que no es otra que el continuismo del modelo aplicado por el gobierno de Carlos Menem.

Por primera vez se verifica una presencia contundente del voto castigo, bautizado como «voto bronca», que no se expresó solamente en el apoyo a la oposición –o a una alternativa diferente del oficialismo– como suele suceder en la dinámica electoral de las democracias. La abstención, el voto en blanco o anulado llegaron a porcentajes pocas veces vistos en Argentina.

Ello habla a las claras del descrédito en que ha caído el sistema político. En la capital federal y en la provincia de Buenos Aires –que en conjunto concentran a la mitad del electorado del país– el «voto bronca» se constituyó en la opción más votada. Si a estos votos castigo se suma el muy significativo crecimiento de la izquierda, representada por los sectores aliancistas críticos del oficialismo y por el novísimo desprendimiento de la Alianza liderado por Alfredo Bravo y Elisa Carrió (ARI), más el renacimiento justicialista, el resultado de las elecciones del domingo no puede ser visto de otra forma que como la más estrepitosa derrota de De la Rúa.

Una derrota debida en gran parte a la desilusión de las grandes masas postergadas que en 1999 vieron en la Alianza una alternativa creíble al modelo impulsado por el menemismo durante un decenio. Un decenio que vio el desmantelamiento progresivo del aparato productivo y la venta escandalosa de las empresas públicas. Un decenio de corrupción y de acomodos inaceptables. La Alianza entre la Unión Cívica Radical y el Frepaso fue presentada como la opción de cambio progresista ante el descalabro producido por la aplicación a rajatabla de un modelo nefasto y sus efectos trágicos sobre la población. En 1999 los argentinos votaron a favor de una política nacional y humanista que prometió De la Rúa, pero que él y su equipo de gobierno no supieron llevar adelante.

La renuncia de Chacho Alvarez a su cargo de vicepresidente precipitó el alineamiento del gobierno –alineamiento que ya se perfilaba– en posturas claramente continuistas del denostado modelo menemista; y la frutilla de la torta fue sin duda la convocatoria a la cartera de Economía de Domingo Cavallo, figura emblemática del gobierno de Carlos Menem. Como pocos, el gobierno de la Alianza se constituyó en un ejemplo especialmente claro de incumplimiento de las promesas electorales, y recibió la correspondiente condena del electorado.

El alto porcentaje de votos castigo no incide en la composición del Parlamento puesto que para la adjudicación de las bancas no se tiene en cuenta la abstención ni los votos en blanco. Pero sí debe operar como un serio toque de atención, como un llamado de alerta hacia todo el sistema político argentino. Los votantes que optaron por esa alternativa son ciudadanos a quienes no satisfizo ninguna de las propuestas y/o candidatos que se le ofrecieron. Desilusionados de la Alianza, con memoria suficiente como para no olvidar el decenio de corrupción justicialista, tampoco se vieron tentados por los nuevos agrupamientos de izquierda alternativa.

Cuando se verifica un comportamiento electoral como el que comentamos, toda la sociedad –y fundamentalmente las organizaciones políticas– deben hacer una pausa y reflexionar seriamente sobre este peligroso síntoma de descreimiento capaz de hacer prosperar ‘soluciones mesiánicas’ extra institucionales. *

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