La represalia antiterrorista y el petróleo

Decíamos en nuestro editorial del jueves 13 de setiembre, dos días después del ataque terrorista contra Washington y Nueva York: «Si hay un ganador, ése no es otro que la derecha recalcitrante; las acciones del martes 11 no operarán otro efecto que el de un acicate para los sectores conservadores belicosos y belicistas, a los que se les ha servido en bandeja una especie de justificación de por vida para todo tipo de tropelías disfrazadas de legítimas represalias».

Quien sea que esté detrás de los ataques, ha regalado un inestimable pretexto para que los halcones se lancen furibundos a la venganza. Y estamos asistiendo a un alineamiento prácticamente mundial de naciones que apoyan la solución bélica impulsada por esos halcones, por esa derecha recalcitrante y ensoberbecida que no vacila en sembrar muerte y destrucción so pretexto de castigar a los supuestos culpables de los atentados. En realidad, lo que buscan Bush y los suyos no es otra cosa que establecer de manera definitiva y oficial la supremacía mundial en todos los órdenes que de hecho ejercen los EEUU.

Desde los tiempos más remotos, la historia es pródiga en ejemplos de pueblos, naciones, Estados, que crearon imperios en su afán expansionista económico y militar. El imperialismo moderno, que es un fenómeno surgido en el siglo XIX y cuyo máximo exponente fue la Inglaterra de Disraeli, no ofrece demasiadas diferencias con los imperios de la antigüedad. Se caracteriza por la tendencia de los grandes Estados a extender su poderío político, económico y militar por los medios que sea: conquista de territorios, anexiones, protectorados, imposiciones comerciales, golpes de Estado, etcétera. Las guerras de la historia reciente, contando las dos guerras mundiales, no son sino la pugna entre las grandes potencias por extender su supremacía mundial. Ya a principios del siglo pasado, Hobson y Lenin advirtieron –y demostraron– la relación existente entre el imperialismo y los intereses económicos. El líder bolchevique veía en el imperialismo el resultado de la existencia de cierto número de grandes capitalistas que rivalizan por conquistar mercados y por acceder a materias primas.

Los EEUU, ya desde mediados del siglo XIX, practicaron una política exterior que encaja claramente en el concepto de imperialismo. Su expansión territorial a expensas de México, la anexión de otros territorios y las intervenciones militares ya suficientemente recordadas por estos días, son una forma de actuar típicamente imperialista.

Pues bien, esta última acción que se desarrolla actualmente, disfrazada de legítima defensa emprendida contra Afganistán, no es sólo una respuesta prepotente; es también una acción que apunta a dominar política y militarmente una región pobre y montañosa, con un mercado consumidor en ruinas, pero con un subsuelo rico, nada menos que en petróleo.

La riqueza petrolera de la región le asegura a EEUU el suministro de crudo por cincuenta años. Y no sólo eso: el costo de extracción es sensiblemente menor –y sin incómodos controles ecologistas– que en Alaska o el Mar del Norte.

Por más que se intente disfrazar el ataque contra Afganistán con el ropaje de cruzada antiterrorista para salvar al mundo libre de esa amenaza bárbara, los verdaderos intereses imperialistas asoman nítidamente a poco que se analice la situación.

Es una razón más para condenar el método elegido –la guerra– y para insistir en que la paz es la única alternativa que podrá salvar al género humano. *

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