Viejo "neo"-liberalismo, vieja globalización
Durante largo tiempo se enseñó que la historia europea se dividía en edades bien delimitadas. Así, se decía que la Antigüedad había muerto en 476 DC (derrocamiento del último César romano, Rómulo Augústulo); habría comenzado entonces la Edad Media, finalizada en 1453 (toma de Bizancio por los turcos); etcétera. Estas divisiones eran totalmente convencionales y sin el menor valor científico, por lo que apenas podrían haber sido admitidas –y aun así, ello es muy dudoso– como simplificación didáctica (torpe, por cierto).
Al contrario de la referida división de la historia, ésta es un devenir continuo (no confundible, por otra parte, con el Progreso permanente e ininterrumpido que creyeron ver y prever los positivistas y sus seguidores), con avances, estancamientos y retrocesos, pero de tal modo que cada momento histórico lleva en sí antecedentes que a menudo tienen larga data, y simultáneamente contiene ya profundas raíces de acontecimientos posteriores. Además, en un mismo lapso histórico coexisten elementos que lo identifican, con otros que le preexistían en períodos anteriores, y también con otros que marcarán su propia impronta de manera primordial a etapas futuras. Todo ello se da tanto en la historia política como en la económica, social, científica, cultural, etcétera, las cuales –por otra parte– se encuentran entrelazadas, aunque no de modo mecánico como concibe un determinismo rudimentario, sino bajo formas que van desde la vinculación más estrecha a la más laxa.
Trasladando estas consideraciones a nuestros días, primeramente observemos que, según muchos, los conceptos ahora tan en boga de neoliberalismo y globalización son muy modernos y habrían comenzado a más tardar en la década de 1980 aproximadamente. Incluso hay quienes se aventuran a fijar fechas, por ejemplo 1989 (caída del Muro de Berlín) o 1991 (implosión de la Unión Soviética).
El principal propósito de esta nota es ilustrar las consideraciones que preceden, con algunos ejemplos concretos. Así, cuando el siglo XIX todavía no había arribado a su fin, un discípulo y admirador de Marx (marido de su hija Laura), el francés Paul Lafargue (1842-1911), decía textualmente: «… con la propiedad impersonal (ocurre) que un ferrocarril, una mina, un banco, etcétera, son poseídos por centenares y millares de capitalistas, y un mismo capitalista puede tener juntos, en su cartera, títulos de deuda pública de Francia, de Prusia, de Turquía, de Japón, y acciones de las minas de oro del Transvaal, de los tranvías eléctricos de China, de una línea de transatlánticos, de una plantación de café de Brasil, de una hullera de Francia, etcétera» (…) …»Esas propiedades de industrias diversas y con situaciones geográficas diferentes se identifican para el capitalista en una propiedad única, (…) cuyos títulos, circulando en la Bolsa, llevan nombres extraños de industrias y países» (subrayado nuestro).
«La propiedad impersonal, que abraza todos los oficios y se extiende sobre todo el globo, alarga sus tentáculos armados de ventosas… » (subrayados nuestros).
«… A medida que la producción mecánica se desarrolla, la propiedad se despersonaliza y reviste la forma colectiva e impersonal de las sociedades por acciones y obligaciones, cuyos títulos terminan por ser arrastrados por el turbión de la Bolsa. Allí pasan de mano en mano, sin que los compradores y vendedores hayan visto la propiedad que representan ni sepan exactamente el lugar geográfico en que está ubicada. Los cambian, los pierden y los ganan de una manera que los aproxima tanto al juego, que las operaciones de la Bolsa llevan el nombre de juego. Todo el desarrollo económico moderno tiende de más en más a transformar la sociedad capitalista en una vasta casa de juego internacional…» (subrayados nuestros).
Es asombroso que un investigador que escribía esto antes del siglo XX, haya visto con tanta claridad algo que hoy, entrado el siglo XXI, parece a algunos una novedad a la que adjudican un nacimiento muy reciente (una o dos décadas atrás, aproximadamente). Pero lo cierto es que Lafargue, hace más de cien años, ya había demostrado con nitidez absoluta cómo el capitalismo convierte a la propiedad en algo impersonal y globalizado, y cómo el mercado sin control devalúa el concepto de materialidad de los bienes sustituyéndolo por un juego de casino. Viviane Forrester, hoy en día, dice en «Una extraña dictadura» (2000): «La única función de esta economía virtual es allanarle el terreno a la especulación, a sus ganancias provenientes de ‘productos derivados’, inmateriales, donde se negocia aquello que no existe» (subrayados nuestros). Y agrega que el modelo de mercado que preconizan el ultraliberalismo y la mundialización que nos afligen, es metaforizable con un gigantesco casino.
No estamos, pues, viviendo una edad histórica nueva, con una partida de nacimiento que pueda fecharse hacia 1980, 89 o 91. Al igual que a lo largo de toda la historia, no ha habido ningún corte neto y delimitante entre dos edades, mal que les pese a quienes creen (¿creen?) o dicen que vivimos una «new age». Sustancialmente, el capitalismo sigue mostrando características iguales a que Lafargue estudiaba tan bien respecto a la hoy lejana realidad de su tiempo.
A falta de cambios esenciales y cualitativos, desde entonces el capitalismo ha tenido –en particular en los últimos años– una mera aceleración cuantitativa (vertiginosa, es verdad), basada en los adelantos tecnológicos ultramodernos. Pero lejos de superar los perversos rasgos de fondo que estudiaba Lafargue (despersonalización, desmaterialización, globalización) los ha envilecido llevándolos a extremos que hace sólo poco tiempo, parecían inalcanzables hasta para el capitalismo más poderoso. El sistema capitalista contemporáneo, pues, aparentemente muy distinto al de hace más de una centuria, en lo fundamental no se diferencia de éste. *
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