A esta guerra hay que pararla

Estamos otra vez ante una guerra de carácter mundial, como reacción al ataque terrorista del 11 de setiembre contra la población civil de Estados Unidos.

Fecha que nosotros, los progresistas, ya la recordábamos vistiendo luto, debido a que un 11 de setiembre de 1973, la CIA y el Departamento de Estado bombardearon también desde el aire a La Moneda, provocando la muerte de Salvador Allende y de la democracia en ese país.

El mismo 11 de setiembre, cuando aún no salíamos del asombro de las imágenes que emitía la CNN de Nueva York, la Cámara de Diputados expresó su solidaridad, con nuestros votos, a las víctimas, al pueblo y al gobierno de Estados Unidos.

Condenamos el terrorismo, «cualquiera sea su forma» y manifestamos nuestro «más ferviente anhelo de que la humanidad toda sepa superar esta dolorosa circunstancia y recorrer los caminos de paz indispensables para su desarrollo». Ese fue texto aprobado.

El pasado 7 de octubre comprobamos que la humanidad no supo encontrar los caminos de paz, cuando el gobierno de Estados Unidos y algunos de sus socios de la OTAN atacaron por aire el territorio afgano, en busca de Osama bin Laden, el líder talibán responsable de los atentados del 11 de setiembre.

Con esas acciones militares que se están desarrollando, quedó marcada en la historia la fecha del 7 de octubre de 2001 como la primera guerra del siglo XXI.

Estos son momentos en que no hay lugar para las opciones fáciles, sin principios, amparadas en conveniencias menores. Son éstos, por cierto, momentos de grandeza espiritual.

El primer principio básico de cualquier organización humana civilizada, es el respeto a la vida. Nadie, ni persona ni poder alguno, tiene derecho a quitarle la vida a un ser humano, por más que ese individuo sea el más despreciable de los seres.

Este principio los uruguayos lo hemos desarrollado hasta las últimas consecuencias, en la medida que no hemos implantado la pena de muerte ni para la más cruel de las personas.

Este pequeño país se ha configurado y sostenido en el tiempo, para esa particular forma de sentir la vida y de construir proyectos colectivos.

Seguramente esta actitud venga de aquel grito de grandeza de José Artigas, quien al finalizar la batalla reclamó «Clemencia para los vencidos».

O tal vez sea parte, también, de esa escuela pública vareliana que aproximó clases sociales y razas, para hacernos comprender que en esta tierra se debe construir una sociedad donde nadie sea más que nadie.

Todos sabemos que las guerras se visten de ideas o de creencias, pero que en el trasfondo están siempre poderosos intereses económicos que arrastran a los pueblos a la confrontación y que terminan provocando baños de sangre y retrocesos en materia de derechos humanos.

Hoy tenemos una nueva guerra, la primera del Siglo XXI, que está sentada sobre grandes pozos petroleros y transita por las rutas del opio y de todo tipo de drogas.

Por encima de ideas religiosas, de formas de vestir y de hablar, por encima de las construcciones societarias que cada parte ha asumido, este enfrentamiento cruel y desalmado se dirime sobre las riqueza energéticas y el comercio de la droga.

Cada uno con su idioma, cada uno con sus costumbres, cada cual con sus formas de sentir la vida, pero los dos polos de esta guerra son la expresión de la competencia del gran capital que es capaz de todo, con tal de seguir acumulando riquezas, aunque el resto de la humanidad se muere entre el hambre, el sida y las bombas.

Por eso, entre los cañones de la maquinaria guerrerista, y de los aviones bomba del terrorista Bin Laden, nosotros seguimos apostando por la vida.

Hasta no hace mucho tiempo la guerra era entre naciones. La globalización mundial, la trasnacionalización de los centros de poder económico, han creado un nuevo escenario y, a la vez, generado nuevos actores.

Es así que han aparecido estos nuevos capitalistas terroristas de los desiertos, que no se están proponiendo la democratización de las sociedades, ni la independencia de los pueblos, sino que luego de haber sido entrenados para la muerte desde el centro del capitalismo mundial, se enfrentan a sus managers.

No fuimos de los que creímos que la globalización mundial, hasta el 11 de setiembre pasado, por si sola era negativa. Aspirábamos y aspiramos a que junto a otros pueblos, encontráramos la forma de darle un nuevo rumbo a la economía mundial. Por eso el atentado terrorista contra las Torres Gemelas fue un crimen contra la humanidad, que además reforzó las tendencias más negativas y reaccionarias de los centros de poder mundial. Con un solo acto de terrorismo Bin Laden le dio la más grande mano de la historia moderna a los halcones del Pentágono y de las trasnacionales, para que pudieran transformarse –con el apoyo de los gobiernos– en el gendarme mundial y amo y señor en cualquier rincón de la Tierra.

Los acuerdos y las alianzas se hicieron en secreto, colocando a los organismos internacionales como la ONU ante los hechos prácticamente consumados.

En las horas previas al ataque a Afganistán, no solo se comprometió la paz mundial, sino también se afectó la institucionalidad internacional, por más que el gobierno de Estados Unidos haya consultado a muchos. Lo cierto es que la ONU perdió su papel rector, sin que en sus solemnes salones se escuchara una sola voz.

Al terrorismo hay que combatirlo y derrotarlo con la fuerza concertada de todas las naciones y con la inteligencia de la humanidad. Jamás con la guerra.

A esta guerra hay que pararla porque hay que salvar las vidas de millones de seres humanos, pero también porque el mundo puede entrar en una espiral de violencia que puede llevar a la destrucción de nuestra civilización.

Cuando llegue la paz –porque la paz se impondrá a pesar de algunas claudicaciones de la hora–, la humanidad entera reconocerá a quienes se pusieron del lado de la vida, contra la guerra.

Y para ese día nuestro el país necesita que los cuatro partidos políticos hayan estado en la misma trinchera: la trinchera de la paz, de la tolerancia y de la creación de una nueva realidad mundial que permita a la humanidad avanzar por el camino del desarrollo, de la paz, de la justicia social y del apego a las instituciones. *

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