El estallido de la generación gris

Escrito por: ARTURO FERNANDEZ

Jueves 11 de octubre de 2001 | 12:00
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El título de esta nota, obedece a una expresión de alerta que se dio en Viena en 1982, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ante el crecimiento demográfico de la llamada tercera edad.

Este llamado da cuenta de un fenómeno previsible, pero muchas veces intencionalmente ignorado, dado que su recurrencia implica una información adecuada a sus involucrados y ello a la vez requiere que se apliquen políticas sociales de adecuación a las nuevas circunstancias, las que en nuestro país son escasas o nulas.

Los mayores de 65 años en Uruguay, pasaron de ser el 3% en 1908 al 14% en 1995 en el caso de las mujeres. Los hombres que en ese mismo eran el 2,50% de la población, pasaron a ser el 10,40% también en 1995. Hoy los mayores de 65 años en este país significan el 13,14% del total de habitantes.

Seguramente el avance de las generaciones actuales y futuras, incrementarán estos porcentajes y ello marca que, al ser “pioneros inconscientes” tal cual lo señala un informe de Serpaj de 1997, disponen de amplio caudal de experiencia y capacidad de adaptación.

Pero es necesario darles un espacio vital para que prosigan con su integración a la sociedad y también ello es responsabilidad del Estado. El adulto mayor es hoy una realidad, lo que no debe confundirse con un problema, alguien a quien hay que asistir o una persona a la que debe radiarse de la sociedad.

Las generaciones van a darle al país cada vez más adultos mayores, por lo que es imprescindible que ya ahora, el Estado se ocupe de diseñar políticas que contemplen su existencia, que es una realidad. La Facultad de Adultos Mayores en Córdoba, Argentina, es un ejemplo. Allí los mayores de 55 años tienen la hermosa oportunidad de “revivir la placentera experiencia de estudiar”, lo que les permite sean ellos mismos los responsables de generar una nueva situación social donde desarrollen sus capacidades y encuentren la orientación, las herramientas y el apoyo necesario para volcar toda su capacidad y experiencia adquirida, a la vez de envejecer comprendiendo los cambios e integrándose a tareas de la comunidad.

En Uruguay hasta ahora la protección al adulto mayor ha sido una tarea ineficaz e incomprendida. La suma de factores que no ayudan a la felicidad, como lo son las prestaciones de Seguridad Social inadecuadas, el deterioro de la Salud Pública, donde se asisten un gran porcentaje de gente enferma que no puede pagar asistencia privada, los altos índices de marginación y pobreza para el caudal de este sector al que se considera una carga para la sociedad, hace impredecible el futuro ante el crecimiento de la franja de edad más alta.

Debemos comprender que el adulto mayor, en un país que proclama no tener discriminación, debe tener una vida digna, con seguridad, sin temores y sentir que su utilidad para la sociedad es respetada y valorada como corresponde. De lo contrario estaríamos olvidando que si el Uruguay tiene hoy muchas cosas de las que nos podemos sentir orgullosos, ello es el fruto del esfuerzo de ese trabajador de ayer, hoy con menos músculo, pero con el vigor de la inteligencia acumulada en el saber que aportan los años y que también forman parte del capital humano de una nación. *

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