Un dÃa sà y otro también, por diversos medios se nos recuerda –obstinadamente– la crisis brutal que vivimos. Desde estadÃsticas e informes oficiales hasta testimonios comprobables en la relación cotidiana con nuestras amistades, dos fenómenos fuertemente interrelacionados –puesto que uno de ellos es consecuencia directa del otro– aparecen como datos implacables de la realidad: la desocupación creciente (más la precarización del empleo y la caÃda de los salarios) por un lado, y la sangrÃa emigratoria, resultado inevitable del primero.
Sin olvidar el drama que viven quienes optan –o no tienen otra opción– por permanecer en el paÃs tratando de mejorar su situación, los compatriotas que deciden tentar fortuna en lares lejanos viven también –a su modo– el drama del desarraigo.
Los lectores podrán apreciar por medio de las cartas y mensajes que llegan desde el exterior y que se publican en este medio, la dolorosa vivencia de quienes eligieron el camino del exilio. No es sólo la ‘saudade’, la añoranza del pago, de los amigos y de la familia; es también el desafÃo azaroso e incierto de insertarse en el mercado laboral de paÃses donde el emigrante percibe –porque sà y porque el entorno muchas veces hostil se lo hace saber– que es un forastero. Salvo los casos excepcionales de espÃritus particularmente aventureros, nadie elige el exilio. Nadie elige el desarraigo, es decir el trasplante. Por mejores que sean las perspectivas de trabajo y de realización personal en tierras extrañas, la radicación en otro pago es siempre dolorosa.
Basta con echar un vistazo a los europeos que en el siglo XIX y durante la primera mitad del XX vinieron a estas tierras, y se advertirá que las causas que los impulsaron a abandonar su tierra son las mismas que ahora mueven a nuestros compatriotas a emprender el camino inverso. Lo hicieron no por capricho ni por frivolidad sino sencillamente porque su patria no les brindaba posibilidades de trabajo digno y de desarrollo personal.
Esto que afirmamos parece bastante obvio. No obstante, es posible leer una columna aparecida en la página editorial del matutino El PaÃs con la firma del doctor Gonzalo Aguirre que nos llena de asombro. En ella, el ilustre jurista (y lúcido analista) expone la singular idea de que los uruguayos que emigran lo hacen en razón de una misteriosa ajenidad respecto de su patria. Según el criterio del ex vicepresidente, los uruguayos son quejosos y se refieren al Uruguay como “este paÃs”, donde “pasa tal o cual cosa, generalmente de signo negativo”. Parece que está mal opinar con espÃritu crÃtico y señalar las carencias y defectos que uno advierte en su patria.
Dice el doctor Aguirre más adelante: “Los paÃses crecen y prosperan cuando sus pobladores asumen responsabilidad por su destino y se sienten orgullosos de construirlo. Y dejan de progresar y hasta retroceden, cuando sus habitantes desertan de esa responsabilidad y viven en la queja cotidiana y no en el esfuerzo, esperando (…) que un Estado munificiente les garantice el bienestar a cambio de poco estudio, poco trabajo y menos esfuerzo”.
Esta afirmación, propia de la estulticia o de un razonamiento sofÃstico, se alinea con la doctrina según la cual “el uruguayo es haragán”, o “en este paÃs no trabaja el que no quiere”.
Cuesta creer que el doctor Aguirre atribuya la penosa situación del Uruguay a la idiosincrasia indolente de sus habitantes.
Es una falta de sensibilidad y de respeto a los compatriotas excluidos por un modelo perverso. *
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