Por la paz y contra el terrorismo

Al día siguiente de los bombardeos a Kabul, Kandahar, Jalalabad, Mazar-i Sharif, Farah y Kunduz se lanzó desde estas páginas la consigna: «No a la guerra, exigimos el derecho humano universal de la paz». Corresponde a la exigencia de la hora. Involucra a todas las naciones, a todos los pueblos, a cada habitante del mundo. Porque los bombardeos iniciados por EEUU y Gran Bretaña contra Afganistán el domingo 7 (que ya provocaron muertos civiles, y están seguidos de amenazas contra otros países), abren un ciclo ominoso de muertes y destrucción de proyecciones incalculables, que puede abarcar una amplísima región e irrumpir en cualquier geografía, en un juego trágico de acciones y reacciones, de venganzas y represalias, en una espiral de sangre cuyo término no se avizora. Ninguna zona de nuestro hogar común planetario quedará al margen. En las pancartas de manifestaciones por la paz realizadas en diversas ciudades después de los bombardeos pudo leerse este anuncio premonitorio: «El ojo por ojo nos dejará a todos ciegos». Además, la inseguridad reinará por doquier. Nadie estará a salvo. Sentimos hoy que está en juego el destino de la humanidad, cuando menos por un período dilatado.

Desde que cayeron las Torres Gemelas –en verdad, desde mucho antes– reiteramos nuestro rechazo absoluto, sin medias tintas ni ambigüedades, al terrorismo en todas sus formas: al practicado por individuos, grupos, sectas, organizaciones que proliferan por todos lados, y al que han ejercido y ejercen los Estados, en particular algunos de ellos, en forma pertinaz y obcecada. Nuestra posición se basa en razones de principio: filosóficas, políticas y humanitarias. Lo que resulta demencial, en la nueva situación creada, es la pretensión de enfrentar las vituperables acciones terroristas del 11 de setiembre –condenables sin vuelta de hoja, carentes de la más mínima justificación o atenuante– mediante un terrorismo guerrero en escala inconmensurablemente superior, iniciado por los misilazos a Afganistán desde el aire y desde el mar, la amenaza de su extensión a una región sin fronteras determinadas y la mayor acumulación de armamentos desde la IIª Guerra Mundial, como si estuviéramos viviendo los prolegómenos de la IIIª. Esto no guarda ninguna relación con el fin proclamado (capturar a Bin Laden) y sólo servirá para extender el incendio por el mundo.

A lo largo del último mes, voces sensatas se levantaron para reclamar que el terrorismo fuera enfrentado por un movimiento mundial, en los marcos del derecho internacional y a cargo de la ONU en su máxima expresión. EEUU desoyó todos los llamados. Desde su discurso del 20 de setiembre ante el Congreso –una virtual declaración de guerra a un número indefinido de naciones– el presidente Bush se dedicó a preparar la guerra y a arrastrar el mayor número posible de gobiernos a la aventura bélica, hasta detonarla. Ahora estamos sentados sobre un volcán. EEUU utiliza su posición dominante y su superioridad militar, sin rivales a la vista en este mundo unipolar, para extender esas prácticas terroristas encubriéndolas en una prédica de apariencia antiterrorista, como el ladrón que grita al ladrón.

Es vergonzosa la actitud de los países que se plegaron con armas y bagajes a esta política belicista, y en primer término la Gran Bretaña de Tony Blair.

En este cuadro apocalíptico se destaca, por contraposición, la actitud asumida por Cuba, abogando desde el principio de la crisis por una solución de paz y por una movilización mundial contra el terrorismo en el ámbito de la Asamblea General de las Naciones Unidas, las que deberían reasumir plenamente las funciones que le han sido arrebatadas en cuanto a la preservación de la paz.

Antes del 7 de octubre decíamos que había poco tiempo para detener la guerra. Ahora que el plazo se agotó, que empezó una guerra que se anuncia como prolongada, no hay otra que enrolarse en la campaña por la paz, por el cese de la agresión. *

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