La guerra tan anunciada
El tigre herido –herido en su orgullo por el aguijón aleve de la insania terrorista– sacó sus garras y lanzó el ataque tan largamente anunciado (y pretendidamente justificado).
Desde luego que no se trata de la Tercera Guerra Mundial que el mundo temía en tiempos de los dos bloques. Pero, al igual que los episodios de la llamada Guerra Fría o las acciones bélicas contra Irak o en los Balcanes, es una guerra con todo lo que ello implica de barbarie.
El poeta argentino Jorge Luis Borges –quien entre sus múltiples virtudes cuenta la de hallar siempre el adjetivo justo– cada vez que se refiere genéricamente a la guerra, la califica de incestuosa. Es que toda guerra –y no sólo las llamadas guerras civiles– es fratricida en la medida que quienes se matan unos a otros son congéneres, pertenecientes todos a la misma especie. Como sostiene nuestro director, el doctor Federico Fasano, en su llamamiento de ayer, de lo que se trata es de «salvar la unidad antropológica de la humanidad y la igualdad indestructible de los seres humanos.»
Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, cabría preguntarse qué recursos políticos (o diplomáticos, más bien) se agotaron antes de desencadenar la ofensiva vengadora. Hace ya demasiado tiempo que la situación del Cercano Oriente es lo suficientemente inestable y potencialmente generadora de conflictos de envergadura. Y no obstante, el mundo occidental y cristiano, las naciones ricas de Europa, EEUU y Canadá no han sabido (¿no han querido?) a pesar de considerarse a sí mismos los depositarios de la cultura y los representantes de la única civilización válida, no han sido capaces, repetimos, de encontrar una solución a los problemas que aquejan a esa región del planeta.
Parece inconcebible que los países desarrollados no hayan previsto hasta qué punto la situación en el Cercano Oriente era explosiva. Porque a ninguna cabeza sensata puede ocurrírsele que Bin Laden exhiba ese odio ni esa vocación nihilista sin razón alguna. Nadie puede razonablemente adherir al maniqueísmo que no ve sino a Satán en el fundamentalismo islámico, como si se tratara de uno de esos asesinos psicópatas –tan del gusto del cine negro hollywoodense– que son presentados como bestias sedientas de sangre.
Así como sería de necios no reconocer la insania de todo fanatismo religioso, ingrediente insoslayable en el terrorismo fundamentalista, tampoco parece razonable atribuir todo a ese componente e ignorar las profundas causas de orden material que están en la base del conflicto. Ese Tercer Mundo postergado, excluido, cuidadosamente mantenido al margen de los beneficios de los avances tecnológicos y del crecimiento económico, ha ido acumulando un rencor que el ciudadano medio estadounidense no alcanza a comprender pero que los líderes mundiales y los analistas deberían tener en cuenta.
En este contexto y hechas estas puntualizaciones, es de lamentar la actitud del gobierno uruguayo. Apartándose de la línea pacifista y respetuosa del derecho internacional exhibida en un principio, el doctor Batlle no vaciló en apoyar la decisión de Bush, Blair y la OTAN. Nuestro país –en razón de su tamaño y de su vulnerabilidad– debe necesariamente mantener su apego a los organismos y a las normas internacionales y rechazar enérgicamente las soluciones de fuerza.
A menos, claro está, que este súbito viraje gubernamental no obedezca sino a la peligrosa estrategia de esperar la obtención de réditos comerciales. Sería muy lamentable que haya prevalecido el afán por lograr hipotéticas migajas económicas, y que, a cambio de ello, se haya abandonado la tradicional vocación pacifista del país.
Compartí tu opinión con toda la comunidad