Paradojas de un sistema excluyente

En un artículo aparecido en O Globo, el político y periodista brasileño Cristovam Buarque analiza con fina ironía la vida de lo que él llama «los pobres ricos», en lo que viene a constituir un lúcido análisis de la realidad social de aquel país.

Vale la pena compartir con los lectores algunos pasajes del artículo en cuestión para que se advierta la agudeza de sus reflexiones: «Los brasileños ricos son pobres. Son pobres porque compran sofisticados automóviles importados, con todos los exagerados equipamientos de la modernidad, pero se quedan horas atrapados al lado de los ómnibus suburbanos. Y, a veces, son asaltados, secuestrados o muertos en los semáforos. (…) Pagan fortunas para construir modernas mansiones, diseñadas por arquitectos de renombre y se ven obligados a esconderlas tras murallas, como si viviesen en tiempos de los castillos medievales.(…) Los ricos brasileños son pobres de tanto miedo. Por más riquezas que acumulen al presente, son pobres en la falta de seguridad para usufructuar el patrimonio en el futuro.(…) Los ricos brasileños continúan pobres de tanto gastar dinero apenas para corregir los desaciertos generados por la desigualdad que sus riquezas provocan».

Como pocos, el artículo de Buarque resulta particularmente elocuente para demostrar el absurdo definitivo de una sociedad construida sobre la injusticia. ¿Qué sentido tiene la acumulación desmesurada de riquezas para vivir en el terror de perderlas y de perder la vida por tenerlas? Y sin embargo, ésa es la realidad por más que se intente presentárnosla vestida con los ropajes vaporosos y sofisticados del desarrollo y de la tecnología.

Razona con acierto el periodista brasileño que quizá lo más dramático de esta realidad demencial es que los ricos –o al menos aquellos que tienen acceso a un buen nivel de consumo– no son conscientes de esa situación paradojal y no advierten que merced a la gran mezquindad con que se han manejado las clases dominantes en su afán desmedido de lucro es que las cosas han llegado al estado actual. En efecto –y esto es válido no sólo para el Brasil– la prescindencia de los privilegiados respecto de las condiciones de vida de los postergados se ha transformado en un bumerán. Ellos mismos son los responsables de que los desamparados hayan optado por la delincuencia en la medida que, por ese individualismo que ya es egoísmo, jamás se ocuparon del bienestar de toda la sociedad: sólo se preocuparon por su propio bienestar, sin importarles si ello implicaba el sufrimiento y la exclusión de las clases bajas generadoras de la riqueza. Dice Buarque: «Fue esta pobreza de visión que impidió a los ricos brasileños percibir, cien años atrás, la riqueza que había en los brazos de los esclavos libertos si se les hubiera dado derecho a trabajar la inmensa cantidad de tierra ociosa de que el país disponía.(…) La pobreza de visión de los ricos impidió también ver la riqueza que hay en la cabeza de un pueblo educado». Prefirieron construir viaductos para sus automóviles sacrificando para ello el acceso al agua potable y al saneamiento de las clases bajas. El resultado son las pésimas condiciones sanitarias en que viven los pobres; y esas condiciones son las responsables de enfermedades y de epidemias que amenazan a toda la sociedad, incluidos los ricos.

Tres elementos aparecen entonces como característicos de un sistema excluyente: a) Injusta distribución de la riqueza; b) Carencias educativas; y c) Mala atención de la salud. Mientras los gobiernos no adviertan la imperiosa necesidad de atacar esos aspectos clave para el funcionamiento correcto de una sociedad, no habrá posibilidad de recuperación, de reactivación ni de despegue, y los ricos vivirán cada vez más aterrados tratando de disfrutar de sus riquezas en medio de la pobreza y de la hostilidad. *

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