Globalización y cambalache
JULIO MATOS
Nadie, absolutamente nadie se atreve a discutir la gravedad de la situación que vive el Uruguay. Especialmente en el gobierno y la coalición que lo respalda. ¿Sinceridad? ¿Sensibilidad? ¿O quizás instinto de conservación? Porque para sobrevivir en cualquier ámbito, pero especialmente en el político, es imprescindible un mínimo de credibilidad. Y ¿quién podría tenerla si niega ya no lo que todos vemos, sino simplemente lo que casi todos sufrimos?
La realidad que nos rodea es tan dramática que resulta imposible soslayar, y contraproducente negarla. Aunque siempre queda el recurso de inventar excusas, las más variadas, para diluir responsabilidades. La tan mentada Globalización es la madre de todas las disculpas, a la que se agrega –complementa podríamos decir– una visión de la política como un inmenso cambalache. Y en ancas de esta estrafalaria pareja (globalización y cambalache) cabalga la intención de los políticos tradicionales, conservadores y profesionales, de eternizarse en las posiciones que tan buenos dividendos les vienen proporcionando. La primera aprovecha la generalización del concepto de que asistimos a un proceso en el que, vertiginosamente, se borran las fronteras y las diferencias entre los países. Entonces la malaria, dicen, nos llega de fuera: crisis mexicana (efecto tequila), crisis rusa, crisis del Lejano Oriente, aumento del precio del crudo, devaluación del real, aftosa, déficit «cero» en Argentina, etcétera. Y podríamos seguir indefinidamente, cosa que seguramente haremos de creer –¡qué inocentes!– en el argumento. Si los problemas son exógenos, su solución también, por lo cual sólo nos quedaría esperar, pacientemente, que los demás (¿quienes, si todos razonamos igual?) hagan lo que deben, mientras nosotros en forma pasiva nos limitamos a confiar en lo que ellos (¿?) puedan o quieran hacer. Claro que sería prudente preguntar ¿entonces para qué hay gobierno, especialmente si cuesta lo que cuesta? Un «sudaca» que carece de papeles para radicarse en Europa o Estados Unidos ¿entenderá que las fronteras se diluyen? Los norteamericanos, que siguen estableciendo cupos para importar nuestros productos, y los europeos, que continúan subsidiando su producción agrícola para competir deslealmente con la nuestra, ¿se habrán enterado de las ventajas de la libre circulación de las mercaderías a través de esas fronteras? ¿Los siete países más ricos lo serán menos, aunque fuera un poco, y el centenar y medio restante será menos pobre como consecuencia de la alegada desaparición paulatina de las diferencias entre las naciones?
El cambalache, por su parte, en la versión discepoleana, mezcla de Biblia y calefón, refiere al efecto que produce la falaz generalización de que todos son iguales, aludiendo a los políticos. Como si fueran una clase, la tan mentada «clase política». Se busca que aparezcan entreverados, sin excepciones, los que gobiernan y los que no lo hacemos, quienes toman decisiones y quienes nos oponemos a ellas, aquellos que desde el Poder insisten en recorrer los viejos y gastados caminos que escogieron, cuyos resultados a la vista están y de los cuales quieren desentenderse, y aquellos que proponemos alternativas. En fin, quienes, ganando o perdiendo, siempre viven del Estado, y quienes no dependemos del mismo para subsistir.
Su predominio absoluto sobre los medios de comunicación contribuye significativamente a extender y casi perpetuar la confusión, y les permite –cual apéndices de brujos– que al ritmo tocado por las transnacionales expanden calamidades infinitas sobre nuestros compatriotas, continuar su obra con impunidad
Piensan que así será siempre. Pero se equivocan. Cuando los pueblos conocen la verdad, obran en consecuencia. *
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