Terror y caos en la sociedad tecnológica
IRMA MARIA OLIVERA
La explosión que en febrero de 1993 provocó muertos y heridos en el World Trade Center, símbolo de la ciudad de Nueva York y de la pujanza financiera de EEUU, expuso la fragilidad de sus torres de cristal, en las que trabajaban y circulaban, diariamente, más de 100 mil personas. Así como las fallas de su elaborado sistema de emergencia, y los perjuicios que su paralización ocasionaban al mundo de la economía.
Jacqueline Sullivan, experta financiera, quien escapó en los primeros momentos, resumió lo ocurrido diciendo: «Era el pandemónium». Y Joseph O’Neil, presidente de la bolsa de algodón, consternado, habló de los daños a los mercados en Rusia, China y Pakistán.
En tanto, Bruce Hoffman, especialista en terrorismo, advertía que el atentado marcaba «una divisoria de aguas», puesto que se trataba «del primer ataque en suelo norteamericano análogo a los ataques en Beirut ya que parece haber sido deliberadamente calculado para influir en la política de los Estados Unidos».
Se tomaron medidas para proteger las centrales nucleares, blancos extremadamente peligrosos, rodeándolas de barreras contra coches bombas. Y el Nuclear Control Institute señaló que se debía abandonar la idea de que las agencias gubernamentales de inteligencia fueran capaces de detectar un ataque inminente.
El trust de cerebros de la CIA, del FBI, del Departamento de Estado y del Pentágono, creado por la administración Reagan, enfocaba los nuevos problemas de seguridad nacional desde el ángulo de los conflictos de baja intensidad. Pero, la lucha contra enemigos sin rostro ni localización territorial se hacía difícil.
Durante el gobierno de Clinton, el terrorismo, convertido ya en el «enemigo fundamental», luego del desmoronamiento del «socialismo real», exigía una estrategia a nivel hemisférico. La reunión, a esos efectos, realizada en agosto de 1995 en Buenos Aires, terminó con una condena a los «brutales atentados contra la Sede de la Embajada de Israel y de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires y del World Trade Center en Nueva York». Y con el compromiso de realizar esfuerzos para combatirlo a nivel regional.
En setiembre de 2001 un segundo atentado destruyó las torres del World Trade Center y una sección del Pentágono; dejando bajo sus escombros miles de cadáveres y un sentimiento nacional de angustiosa inseguridad.
Los medios empleados no fueron, como en 1993, bombas cuyos secretos de fabricación pudieron ser obtenidos de la lectura de Mecánica Popular y cuyo costo, por unidad, no superó los 2.500 dólares. Dos aviones comerciales fueron usados como misiles, por terroristas suicidas, armados de cuchillos.
Los sofisticados sistemas de vigilancia, dentro del Pentágono, que le permiten reconocer a sus empleados por la voz, el iris o el olor y sus satélites espía que, desde el espacio, pueden leer el número de matrícula de los automóviles, resultaron inútiles. Como también lo fueron las precauciones tomadas en la construcción de las Torres Gemelas; lo que hacía decir, perplejo, a quien las proyectó: «No comprendo qué sucedió.
Tal vez hace 30 años los aviones eran más pequeños, pero la estructura había sido pensada para resistir una eventualidad de ese tipo». Lo único indemne parecen ser los lingotes de oro en las bóvedas subterráneas; de acuerdo con Jonathan Potts, presidente de una empresa de inversiones que trabaja con metales preciosos: «Ahora están más seguros que nunca, sepultados bajo 107 pisos de desechos».
La incertidumbre, en cambio, cunde en los mercados bursátiles, cuyo refugio más importante son activos inmateriales muy volátiles, sensibilizados por el temor a los efectos de los atentados sobre la economía.
Al que se añade la duda sobre los resultados de la denominada, por el presidente Bush, «primera guerra del siglo XXI» que, a diferencia de las de siglos anteriores, ignora quiénes son los enemigos y en qué territorios se librarán las batallas. Por más que, en primera instancia, la cabeza visible de aquellos sea Osama bin Laden y el campo de combate, Afganistán.
Asimismo, otros «actos de guerra», similares o peores a los de Nueva York y Washington, pueden perpetrarse en EEUU. El ex senador Gary Hart advirtió: «Es sólo el principio y habrá otros ataques en este país. El próximo no será mediante aviones comerciales. Será químico, biológico o nuclear, contra ciudades como Denver, Seattle o Nashville»; añadiendo que EEUU «no está suficientemente preparado para hacerle frente».
Como, tampoco lo están sus aliados en esta campaña punitiva internacional, por ejemplo, Europa occidental y Rusia. Vladimir Galin, periodista bielorruso, decía, en 1989: «Es paradójico que a medida que aumenta el número de instalaciones peligrosas, pierden su razón de ser los armamentos nucleares concentrados en suelo europeo. Sería suficiente atacar dos o tres centrales atómicas».
Rusia, a su vez, es rehén en su propia casa. A pesar de atentados tan graves como los que, en 1999, destruyeron un centro comercial frente a las murallas del Kremlin y edificios de vivienda, también en Moscú, y de una opinión pública que apoyaba el uso de la bomba nuclear para «acabar con el cáncer checheno», no se recurrió a ella. Se temió la reacción de grupos musulmanes, que habían visto su tierra arrasada, y amenazaron con la voladura de depósitos de materiales radiactivos, diseminados en el vasto y poco controlado territorio de la ex URSS.
Tras los atentados del World Trade Center y el Pentágono, y en momentos en que el gobierno de Putin movilizaba tropas en las ex repúblicas soviéticas vecinas a Afganistán, rebeldes chechenos derribaron un helicóptero ruso, provocando la muerte a dos generales y ocho coroneles.
Baranov, máximo jefe militar ruso en Chechenia, dijo, refiriéndose a los atentados en EEUU: «Allí fueron árabes y aquí hay mercenarios árabes».
El contexto regional en que se desarrollaría la operación Justicia Infinita encierra peligros que, aun finitos, son capaces de alcanzar al mundo entero.
China tiene, dentro de fronteras, militantes musulmanes separatistas, India y Pakistán, mutuamente hostiles, siguen una carrera armamentista desde comienzos de los años 70, y están lejos de contar con el apoyo de sus poblaciones musulmanas si colaboran con EEUU. Y, todos estos países poseen capacidad nuclear.
Si el conflicto se extiende al Medio Oriente, aunque sólo Israel cuenta con un poderoso arsenal nuclear, países vecinos tienen la «bomba de los pobres», química o bacteriológica. Poco se puede hacer para controlar sus efectos y casi nada para evitar que sea empleada por terroristas. Porque, como lo señala Andrés Fontana, especialista argentino en Seguridad Internacional, «se trata de actores que se mueven en sigilo y en la clandestinidad y su «racionalidad» se desconoce. «Ya en 1981 el investigador francés Patrick Lagadec advertía, además, que una fuerza militar de disuasión no aseguraría la defensa contra el terrorismo porque estaba inserta en una sociedad que generaba, cada día, elementos suficientes para aniquilar en pocas horas los costosos esfuerzos de los estados mayores: gases tóxicos, productos químicos muy peligrosos, sustancias radiactivas. Los que, en caso de catástrofes, accidentales o provocadas llevarían a la muerte a poblaciones enteras y ocasionarían daños gravísimos a generaciones sucesivas.
Por lo cual concluía que: «En el momento de la historia en que la racionalidad científica alcanza su pleno desarrollo en una forma industrial y social, de esta misma racionalidad surge también la amenaza del caos, la posibilidad de un desorden total del que está aus
ente la razón».
Actualmente, la sociedad tecnológica convertida en un sistema cuyas redes controlan áreas clave de su funcionamiento, tanto civiles como militares, hace que esta reflexión cartesiana adquiera el tono de una profecía inquietante. *
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