La moral es una práctica y no un mito

Escribe Alicia Topolanski

Reflexiones a partir de lecturas de «Pensamiento y Cultura», revista de la Universidad de La Sabana.

Desde mediados del siglo XX el materialismo y hedonismo fueron factores dominantes de la sociedad, de la comunidad global. Esto nos ha llevado a que se adormecieran los espíritus, lo cual derivó en la deshumanización del hombre. Nos hemos ido olvidando de la escala de valores. Uno de los valores más fuertemente sacudidos ha sido el respeto por la dignidad de la persona humana. Materia y espíritu no son realidades contrarias, opuestas, no existe tensión entre materia y espíritu. Podemos pensar que se ha confundido oponer con distinguir.

Si el lenguaje nos lleva a estas confusiones, es lícito creer que son los contenidos los que están en crisis. Alguien decía que cuando los pueblos y los hombres se alejan de la verdad, su lenguaje se hace cada vez más confuso. Esto es índice de una cierta marginación de la tradición formativa cultural de los hogares, que se traduce en pobreza intelectual y moral, dejando el espíritu de los jóvenes y adolescentes abrevar en el pozo de banalidad, que ofrece la sociedad moderna.

La moral y la ética son parte de una estructura compleja. Spengler sostenía que la tensión entre los «valores» constituye los momentos fundamentales de la cultura. Hay que saber distinguirlos para vivir armónicamente. Estamos anulando nuestro poder creativo, nihilizamos la realidad, no ejercemos dominio sobre nuestra propia vida, no somos dueños de nuestros propios actos; y así la vida se nos convierte en un caleidoscopio de actos sin dueño.

Hemos perdido los ideales, no vamos en busca de la verdad. Nos dejamos arrastrar por el poder, la codicia, el placer. La jerarquía de valores es la que revela la vivencia de los antivalores.

La libertad nace en el interior del ser humano, y se proyecta en servicio y amor para los demás, y en apertura al mundo de las cosas para dominarlas, respetándolas, conviviendo, y no destruyéndolas. La práctica de los antivalores lleva a la desesperanza y a la falta de aprecio y sentido de la vida, a no asumir la dignidad de la persona.

Estos elementos son síntomas representativos de esta sociedad que refleja la debilidad de las estructuras sociales y los sentimientos de desorientación. Recordemos que la moral es una práctica y no un mito. La dignidad humana es un criterio objetivo de bondad, y de la legitimidad de los actos del ser humano en relación consigo mismo y con los otros.

Reflexionemos acerca de nuestro devenir y el de nuestros hijos. Familias espiritualmente sanas serán una hermosa base para nuestra sociedad.

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