Pinochet, el terrorista
El mundo está lleno de locos.
Está inundado de espíritus revanchistas.
Jueces y fiscales llenos de morbo, atiborrados de insolente curiosidad.
Gente incapaz de amar la paz del olvido.
Periodistas hurgadores, preguntones, que se le atreven al poder, que quieren saber lo que algunos poderosos quieren ocultar.
De toda esa clase de gente está llena el mundo y, siendo así, ¿cómo quieren que vivan tranquilos los terroristas de Estado, los verdugos, los desaparecedores y sus cómplices?
¡Cómo será la cosa que son las autoridades del Departamento de Justicia de los Estados Unidos las que insisten en reabrir las viejas causas de los crímenes de las dictaduras!
Y son esas mismas autoridades que califican a los crímenes de Pinochet como actos de terrorismo.
Es en esos términos que se ha reabierto en Washington la investigación sobre las responsabilidades del Estado chileno durante el régimen de Pinochet en el asesinato del diplomático chileno Orlando Letelier.
La prensa norteamericana y Clarín de Buenos Aires informaban ayer sobre las declaraciones del fiscal que actúa en el «caso Letelier», Eugene Propper quien ha dicho que «el objetivo final de la investigación es pedir la extradición de Pinochet».
En ese sentido ya se ha enviado a la Justicia chilena un exhorto pidiendo autorización para interrogar a 46 funcionarios civiles y militares del gobierno de Pinochet. El lunes pasado, la Justicia chilena autorizó los interrogatorios.
Una de las aristas más tremebundas que reaparecen en la cadena de horrores pinochetistas está relacionada con el caso Berríos.
El episodio de la llegada a Uruguay de este extraño personaje chileno, su alojamiento a cargo del Ejército uruguayo, la participación de militares uruguayos en su desaparición y las versiones diplomáticas destinadas a hacerlo «aparecer» en Milán así como su asesinato posterior constituyen un episodio oscuro, de los más enredados e incomprensibles de la historia judicial reciente en nuestro país.
Ahora la prensa vuelve a reunir testimonios sobre la trayectoria «científica» de este singular «Mengele» de los Andes.
Según el testimonio brindado a Clarín en Santiago de Chile por Mariana Callejas, la ex mujer de Michael Towley, el agente de la CIA que asesinó a Orlando Letelier, Eugenio Berríos alardeaba con haber fabricado un gas (sarín) capaz de liquidar al doble del ejército peruano o acabar con la ciudad de Buenos Aires en unas horas.
En lo que muchos han interpretado como una operación más en la lógica del Plan Cóndor, Eugenio Berríos fue sacado subrepticiamente de Chile cuando la Justicia norteamericana lo citó en la investigación del asesinato de Letelier, a principios de 1992.
La existencia de un «stock» considerable de este gas letal, cuyo emplazamiento, se especula, sea algún país oriental, es motivo de gran preocupación para funcionarios de distintos gobiernos, incluyendo a Israel y los EEUU.
Ahora bien, como es sabido la Justicia uruguaya decidió archivar las investigaciones acerca del caso Berríos, no obstante las implicancias de toda índole que el episodio contenía.
La semana pasada el semanario «Brecha» llamaba la atención sobre la circunstancia de que, por un lado, la Justicia laboral ha dado, en estos días, la razón a una ex funcionaria de la embajada chilena en Montevideo, sancionada por sus declaraciones en el caso Berríos y, por otro, en otra sede judicial, el expediente se cerraba por falta de elementos de juicio.
De todos modos, los «silenciadores» y los «asesinos de la memoria» no las tienen todas consigo en estos tiempos que corren y tarde o temprano la participación uruguaya en las nefastas andanzas de la operación Cóndor saldrá a luz y se conocerán los responsables.
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