Un espaldarazo a Elisa Carrió
MARCELO JORGE FILOMENO
Se lo ha dado, sin duda, el periodista Mariano Grondona, de larga trayectoria –en democracia y en dictadura– en su programa televisivo del día 17, mirado por toda la Argentina, que dejó por un momento los bodrios habituales, en tanto el «deschave» aparecía más atrayente que Tinelli o el «Gran hermano» por supuesto. Mientras los argentinos, los uruguayos, y el resto del mundo, estamos atentos a esta cruzada contra la corrupción y sus secuelas, llevada adelante por la diputada Elisa Carrió, la puesta en escena de Grondona, complementando de hecho la denuncia en el recinto parlamentario, contribuirá a fortalecer a aquélla y a debilitar a las mafias y personas incursas en delitos, mientras la diputada gana a vastos sectores de opinión pública. Ya es mucha la fuerza que ha adquirido, acumulando el apoyo de sectores del poder político y financiero norteamericano, con sus propias luchas y contradicciones, la adhesión de la ciudadanía argentina, y apelando, por si fuera poco, al sentimiento religioso del pueblo, con algo de misticismo, cual moderna Juana de Arco.
Un operador mediático del poder
Es lo que ha sido siempre Grondona, lo que prueba la fuerza que ha adquirido «Lilita» apareciendo dominante frente a aquél, interesado, más que en las denuncias, en la biografía de Carrió y en la exégesis de sus dichos.
A los corruptos, otrora por él respetados, les dejó solamente expresarse a través de una carta del «famoso» Moneta, y una ridícula argumentación del hermano de Menem, desmintiendo vínculos con militares genocidas, que no tocaba el fondo de las denuncias referidas a la corrupción menemista. Subido en la ola se dio el lujo, asimismo, de cuantificar, al barrer, en un 70% de culpables, contra un 30% de inocentes, dentro del pelotón de gente involucrada por la denuncia. De reverenciador pasó también a acusador y juzgador, salteando olímpicamente al Poder Judicial, que también existe en su país.
Para los que hemos seguido la trayectoria de Grondona, primero como columnista de «Visión» y luego en la TV argentina –que hace muchos años vemos en el litoral uruguayo– no podemos dejar de inferir, por su apoyo a la diputada, al menos dos cosas: una, que la mayoría de las denuncias –como dijo saber y tiene cómo saberlo– debe ser cierta; la otra, que hay un cambio en la correlación de fuerzas en los ámbitos del poder y que la diputada, con fuertes apoyos externos e internos, encabeza un intento a fondo de renovación política. ¿Por qué estas conclusiones? Porque están ligadas con la afición de Grondona por la gente del poder y su deseo de servirla, en concordancia o en desacuerdo con sus convicciones ideológicas. En 1975, un año antes del golpe militar, desarrollaba «La ambivalencia militar», desde su columna en «Visión», exponiendo acerca de que los golpes militares no eran necesariamente «de derecha», tomando como ejemplos los casos portugués, griego y peruano.
En tanto formador de opinión pública predisponía, poco antes de la debacle peronista, a aceptar el futuro reinado del terror. Algo similar a quienes aquí, en el Uruguay, elogiaban, en febrero de 1973, los comunicados 4 y 7. En 1982, durante la campaña de las Malvinas, junto con su entonces compadre, Bernardo Neustadt, llevaron adelante una agitación chauvinista que tuvo su clímax cuando los pilotos argentinos hundieron al destructor inglés «Sheffield». En ese momento llegó a decir por TV que los ingleses saldrían de Las Malvinas colgados de los helicópteros, al igual que años atrás los marines estadounidenses en Saigón. Luego, nuevamente en democracia, el consentido anticolonialismo y antiimperialismo del personaje dio paso a la figura del analista político funcional a la «república imperial» –como define a los EEUU–, el cual, enancado en la corrupción galopante, pretendió erigirse en algún momento en fiscal de la nación argentina. Con esa actitud descalificaba hasta hace muy poco tiempo a Carrió, por su característica de «outsider», al no ser aparatista y estar dotada de un estilo político exuberante, antítesis de los serios y doctos corruptos de todos los pelos –o sin pelos– y colores que desfilaban por sus programas. Ahora se sube al carro, lo cual es buena señal, para la diputada Carrió y para la Argentina. *
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