Prepararnos para lo peor
CARLOS SANTIAGO
El Fondo Monetario Internacional (FMI) otorgará a la Argentina un crédito de ocho mil millones de dólares, con el fin de evitar el total cese de pagos en el país vecino. Recordemos que la deuda externa pública es de 130 mil millones de dólares. Esa «generosidad» está vinculada a otras medidas de ajuste. El FMI plantea que las provincias pierdan el tope de coparticipación y que reciban fondos en función de la recaudación del gobierno. Así ocurre, desde la aprobación de la Ley de Déficit Cero, con funcionarios públicos y jubilados.
Los gobernadores con mayor peso dentro del marco político argentino, como el cordobés José Manuel de la Sota, o el santafesino Carlos Reutemann, han advertido que el gobierno jugará con fuego si decide tocar la ley de coparticipación. El dilema argentino es que sólo después de este nuevo ajuste llegará el dinero fresco que se necesita para evitar la suspensión de pagos. El nuevo acuerdo con el FMI multiplicará las deficiencias en un país cuya producción sigue cayendo en picada por la creciente destrucción del mercado interno. Recordemos que los vencimientos que encara argentina para 2002 alcanzan a 17 mil millones de dólares.
Tres años de recesión se han convertido en una muralla inexpugnable para un gobierno que ha dejado en el camino a buena parte de quienes lo apoyaban. Sin crecimiento económico, con una deuda impagable, un déficit inmanejable y la convocatoria de elecciones a la vuelta de la esquina (15 de octubre próximo), el equipo que acompaña a De la Rúa no ha conseguido, después de siete ajustes, enderezar la situación porque los efectos de sus medidas –al igual que lo que ocurre en Uruguay– sólo han servido para multiplicar el déficit fiscal como consecuencia de un proceso de pobreza que se generaliza. Ahora, ante la inminencia del desbarranque, algunos economistas coinciden en aconsejar un recorte de la deuda, que podría estar entre 30 y 40 por ciento.
Obviamente ese «nuevo» neoliberalismo ni siquiera apunta a que el mercado resuelva la problemática.
Es lamentable esta situación que provocará mucho más sufrimiento. Y ni hablar del reflejo que tendrá sobre nuestro país, especialmente por la pasividad y falta de imaginación de nuestro gobierno.
Para al presidente Batlle, las siete pestes que afectan a la economía son el producto de la acción del «demonio», de una multiplicada «mala suerte», que se desencadenó sobre el país. Sostiene que, para modificar el rumbo y sortear el abismo, debemos esperar que los «dioses» del Olimpo se conjuren a nuestro favor.
No se le ocurrió que sufrimos el resultado de una brutal política económica que, de seguir adelante, nos hará a todos vivir horas dramáticas. Las «soluciones» que aplican siempre son las mismas: achicar los salarios, desregularizar la actividad laboral, suprimir o retener partidas para la salud, educación, etc. El otro caballito de batalla es el remate, al mejor postor, de activos estatales.
Ahora viene la unificación del IVA, medida que si bien produciría el mejoramiento de algunos indicadores, no puede ocultar su regresividad. Los sectores más pobres serán los más afectados. En el primer decil de consumidores, de acuerdo con lo establecido por el Instituto de Estadística (canasta de consumo) se produciría un aumento tributario del 6,25% sobre el IVA que hoy pagan, disminuyendo ese guarismo hasta llegar al último decil, (mayores ingresos) donde el aumento de la imposición será 1,009 %. Pueden aparecer diferencias en estos cálculos, pues no se conoce cada detalle de la aplicación de esta nueva modalidad tributaria. Esta unificación está en la línea regresiva de toda la política económica.
Seguir con la usina de ideas apagada, sin medidas para buscar la reactivación y, además, sin poner coto a viejas prácticas clientelísticas, es grave. El mensaje que se está enviando es negativo, desquiciante, especialmente cuando todos debemos prepararnos para el derrumbe final del proyecto neoliberal más adelantado del continente: el de Argentina. *
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