Ramón Díaz contra Sam Mendes
El doctor Ramón Díaz, egresado de la Facultad de Derecho, reputado economista (fue presidente del Banco Central durante la administración Lacalle) y agudo analista político, acaba de descubrir un nuevo oficio: la crítica cinematográfica. Como puede fácilmente advertirse, un hombre realmente multifacético.
En su columna sabatina de El Observador, este novel émulo de Hat, de Sheppard y de Alfaro propone una reflexión sobre los valores y los ideales éticos desvirtuados, según su percepción, en el recién estrenado filme Belleza americana.
Con el pretexto de analizar la obra, el doctor Díaz despliega toda su sapiencia y su cultura para hacer un patético llamado de alerta sobre el peligro que supone para la civilización occidental una película como la de marras.
Entiende el doctor Díaz que esta obra –desde su realización hasta el éxito de público y de taquilla– es un síntoma de una «perturbadora enfermedad que tal vez haya contraído nuestra civilización». Un lector desprevenido podría pensar que, finalmente, el abogado y economista Ramón Díaz acaba de advertir que la cultura, la civilización occidental que tanto admira está en crisis. Como nadie duda de la inteligencia de que está dotado este hombre es razonable suponer que se haya iluminado súbitamente y que sus convicciones ideológicas hayan sufrido un vuelco.
Pero no. Se dedica a resumir el argumento del filme: «Así como Virgilio a Dante, el director, Sam Mendes, toma al espectador de la mano y lo pasea por un infierno de insondable sordidez». En ese aspecto estamos de acuerdo, nada que objetar. Sin embargo, en el doctor Díaz pesa más su adhesión al modelo encarnado en los Estados Unidos que su espíritu crítico. Y eso lo lleva a abominar del filme sencillamente porque muestra una realidad que a él no le gusta.
Con todo, es capaz de darse cuenta de que la película es «una radiografía de la sociedad norteamericana, de su clase media al menos, de la civilización occidental tal vez», pero lo que a él le molesta profundamente es que exhiba «una tremenda sordidez». Quizás el doctor Díaz crea inconveniente exhibir las cosas feas, con lo cual se asemeja a los niños que cuando la realidad no les gusta, la niegan sin más trámite: eso es mentira.
Si alguna virtud tiene la sociedad estadounidense es la capacidad de autocrítica, de introspección, de toma de conciencia de sus lacras, y además, de mostrarlas sin ocultamientos reflejándolas en el arte. Piénsese en Orson Welles, Kazan, Arthur Miller, y otros muchos que, ya en la literatura, ya en el cine, han sabido reconocer las características más negativas del sistema y criticarlas sin piedad.
El abogado-economista-cinéfilo se alarma y se ofusca porque la disección que hace Mendes muestra una sociedad ya sin valores, o con los valores trastocados y sustituidos por antivalores, algo que –para un devoto admirador del modelo estadounidense– debe resultar por demás incómodo.
Se agravia el doctor Díaz porque uno de los protagonistas, al renunciar a su pasado de hipocresía, se convierte en un emblema del «repudio a la ética del trabajo y la responsabilidad», confundiendo –¿deliberadamente?– el mensaje del realizador que en modo alguno propone a ese personaje como modelo.
Como broche final a estas sesudas reflexiones y en contraposición a una propuesta decadente, el doctor Díaz exige reivindicar «los valores éticos derivados de la excelencia, el heroísmo y la santidad» (sic).
Así vamos.
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