El derecho a la vida
EDGARD BELLOMO
Invitado por los compañeros de ASU participé días pasados, junto a destacados panelistas, en un tan interesante como necesario seminario que procuró encarar y abarcar temas tales como los vinculados al Derecho a la Vida, al Desarrollo y al Futuro con Dignidad.
Mi participación allí tuvo que ver con el Derecho a la Vida, donde se realizaron valiosos aportes que sería conveniente colectivizar.
Más allá de algunas costumbres religiosas antiguas o de estado, como fue el caso de las sociedad espartana, que no respetaban en forma irrestricta la vida, o al menos no del modo que podemos entenderla hoy, aparecen tanto en el cristianismo como en otras religiones, doctrinas y corrientes de pensamiento contemporáneas y aún anteriores, claras manifestaciones de lo que luego sería el vigente e indiscutido derecho a la vida y de otros derechos «naturales» que forman parte de lo que hoy reconocemos como Derechos Humanos.
Derecho a la vida que aparecerá, como culminación de un largo proceso, nítida y definitivamente estampado en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la Asamblea General de la Naciones Unidas del 10 de diciembre de 1948.
Posteriormente, convenciones y tratados como el denominado «Pacto» de San José de Costa Rica, amplían y brindan garantías sobre todo en lo que refiere a juicios, tratamientos recibidos en los centros de detención, etc.
Actualmente nadie osa discutirlos, pero las preguntas surgen y nos obligan a pensar: ¿son ejercidos realmente?; ¿gozamos todos por igual de esos derechos?
En materia carcelaria, por ejemplo, se sostiene que la mayor utopía consiste en que simplemente se cumpla la ley ya consagrada…
Obviamente esta aseveración procura impactarnos y creo que lo consigue.
Pero eso no quiere decir que no debamos continuar legislando, que no haya aún mucho por hacer. Por el contrario, varias son las asignaturas todavía pendientes.
En este sentido, y a modo de ejemplo, hemos presentado un proyecto de ley que establece la realización de exámenes de enfermedades infecto-contagiosas previo al ingreso de los reclusos a los centros de detención. El propósito perseguido es fundamentalmente ganar en salud, para no mezclar –que puede resultar más grave aún que discriminar– sanos y enfermos y, mediante la realización de controles periódicos, preservar la salud. En definitiva, intenta proteger la vida misma de los reclusos.
Seguramente en todas las áreas falta legislación. La necesidad de actualizar, de llenar algún vacío, es permanente. Pero nuestros países no están arruinados, hundidos económicamente y en la desesperanza, por carencias o ausencias legislativas. El gran problema es cómo garantizar el ejercicio de los derechos ya consagrados, fruto de cientos de años de lucha.
La cuestión es asegurar realmente que se respete y se cumpla la voluntad establecida en el papel y aceptada por casi todo el mundo, como pueden ser normas, tratados y convenios con participación de la OIT u otros organismos, que los hay en abundancia.
¿Cómo podemos sostener con convicción que tienen derecho a la vida, durante toda su vida, los que nacen, viven o mueren en situación de pobreza o exclusión?
La anunciada aplicación del IVA a la salud, ¿no constituye en definitiva un atentado real contra el derecho a la vida?
Pero aun en la noche más oscura se encienden luces de esperanza.
Porque si bien es cierto que venimos retrocediendo, perdiendo en estos últimos 10 años conquistas sociales que demandaron largos decenios de luchas y costaron miles de vidas, no es menos cierto que los progresistas no estamos solos, que seguimos sumando voluntades.
Que día a día los pobres del mundo –que cada vez son más– van comprendiendo la necesidad impostergable de los cambios.
Que debemos luchar, juntos, por la reactivación de la economía para ponerla al servicio del hombre; no como sucede hoy, exactamente al revés.
Porque vale la pena vivir no sólo para ejercer plenamente los derechos; también para amar, soñar y luchar que, más que derechos, me atrevo a proclamarlas necesidades vitales. *
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