Cuando un programa periodístico es visto como un peligro

Es de sobra conocido el feliz retruécano del conductor de las emisiones en español de la CNN, Jorge Gestoso, en alusión directa al oligopolio de la televisión uruguaya: «No constituyen el cuarto poder sino un poder de cuarta«.

Por cierto que el notorio desprestigio de la censuradora TV uruguaya en el exterior no es de la incumbencia de los responsables del Canal 12. Su «higiénico» esmero apunta a su público cautivo, el sufrido espectador del sistema de televisión abierta.

El hecho resulta tan insensato y aparatoso, tan flagrante, que cabe, sensatamente, preguntarse por qué. ¿Por qué se expone al ridículo un medio periodístico?

Profundizando la reflexión, el ciudadano podría razonablemente inquirir por qué es tan cerrado, tan controlado, tan monocorde, tan unilateral el sistema de la televisión uruguaya.

Ese medio, con su portentosa capacidad de creación de estados de opinión, no es en ninguna parte un modelo de apertura democrática.

No obstante, en la mayoría de los países de la región hay más resquicios, pequeñas fisuras por donde se cuelan periodistas preguntones, gente que se le atreve al poder con críticas salerosas y verdades que incomodan.

No es el caso de Uruguay. Aún así, la actitud asumida por los conductores de Canal 12 sobrepasa todas las estacadas.

Volvemos al principio, ¿por qué una censura tan expuesta? Quizá no sea ajena a este tipo de actitudes la singular situación de equilibrio político que vive el país, con la presencia inocultable de una fuerte opción política que conlleva una alternativa de cambio.

Según esta hipótesis, la mayoría, cada vez más rabona con que han contado los intereses conservadores, empieza a vislumbrarse como precaria, el juego tradicional de recambios dentro del modelo cada vez más incierto.

Desde esa sensibilidad, bien poco democrática por cierto, no resulta adecuado ilustrar sobre las tachas del sistema, en este lance las contundentes denuncias de la diputada radical argentina Elisa Carrió sobre el papel que cumplen una buena cantidad de empresas uruguayas en operaciones de lavado.

Tal como ha venido informando LA REPUBLICA, la proliferación de las sociedades anónimas fundadas en Uruguay que se conectan con macizos delincuentes internacionales muestra el rostro habitualmente oculto de la realidad uruguaya.

Empresas que aparecen en coautoría de delitos, en algunos casos repugnantes, con personajes del submundo de la vida política de la región.

El programa de la señora Mirtha Legrand, censurado el lunes, constituía la reiteración de uno anterior que ya el Canal 12 había presentado con recortes, en una primera tentativa de silenciar las denuncias que provienen del exterior.

Fue justamente el éxito del programa lo que determinó que la señora Legrand decidiera repetirlo.

Ahora, en un esfuerzo que no deja de tener algo patético en su alevosía, se decidió censurar todo y no, como se había hecho antes, sólo a las referencias a Uruguay.

Hay algo patético, hasta infantil en esta conducta oscurantista de las autoridades de Canal 12. No sólo por que existen otros caminos (diarios, radios y hasta canales del sistema de abonados) por los que la ciudadanía uruguaya se irá enterando. Entretanto, el saldo del episodio es el papelón de un medio de comunicación que le teme a la verdad, que convive mal con la transparencia y la franqueza.

Los intereses de los fabricantes de SAFI y sus aledaños son poderosos en el país. Pero en la lucha contra el blanqueo no está sola la Dra. Carrió, ni los periodistas argentinos que difunden sus mensajes. Tarde o temprano esos vientos soplarán también entre nosotros. Y se verá hasta qué punto ha sido ridículo pretender tapar el cielo con un harnero, un destartalado harnero con dilatados orificios. *

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