El discreto encanto de las palabras
El título de este artículo es una paráfrasis del de un gran filme de Luis Buñuel realizado en 1972, «El discreto encanto de la burguesía», en el cual el feroz aragonés desnudaba con su demoledora ironía las apariencias engañosas que puede tener la sociedad burguesa, y mostraba las debilidades que aquéllas escondían, su vocación de barrer la basura sólo para ocultarla bajo la alfombra.
Nos proponemos ilustrar esta nota con dos pasajes de discursos cuyos autores aparentan en ellos ser todo lo contrario de lo que fueron en la realidad, para demostrar que un discurso político nunca debe tomarse a la ligera, sino analizarse en profundidad, en sus circunstancias, en sus antecedentes, en la personalidad conocida de sus autores y divulgadores, en la forma en que sus conceptos fueron y son aplicados en la práctica por los mismos que los pronunciaron y sus seguidores de toda índole, etcétera.
Uno. «Los patrones tienen un interés objetivo en elevar lo más posible el tipo de vida de los obreros, porque significa mayor tiempo de reposo en los talleres, el trabajo es mejor y más productivo… Un capitalista inteligente no se ocupa sólo de los jornales, sino que piensa en casas, escuelas hospitales y en campos de deporte para sus obreros».
¿Estas palabras (aunque quizá su contexto parezca un poco anticuado) provienen del PSOE español, del Partido Laborista británico, del Partido Socialdemócrata alemán? Lo veremos más adelante.
Dos. «Los jóvenes camaradas pertenecientes a la universidad» están dispuestos a tender «un puente viviente» entre «el trabajador manual y el intelectual» y así «lo que pensamos en los términos del saber y la ciencia adquirirá otro significado», «otro sentido» de «lo que entendemos por ‘trabajador’ y ‘trabajo'».
La ciencia no puede ser «propiedad de una clase privilegiada de ciudadanos»; «los trabajadores y los que poseen un auténtico saber científico no son categorías opuestas», pues el saber de un científico «no se diferencia en lo más mínimo en su esencia del saber de los campesinos, del leñador, de los trabajadores de la tierra y las minas» (subrayado en el original); «cada trabajador, a su modo, es alguien que tiene un saber auténtico» y «sólo en la medida en que tiene ese saber puede trabajar». ¿Esto fue pronunciado en los famosos círculos izquierdistas del París de los años sesenta? ¿Fue extraído del discurso de Sartre ante los trabajadores de la Renault en el tan recordado mayo del 68? ¿Proviene de los «Cursos de Filosofía para científicos» dictados por Louis Althusser en la Ecole Normale parisiense durante 1966?
No. Nada de eso. El discurso señalado como «uno» fue pronunciado en la creación de la institución del Dopolavoro (1926), por Benito Mussolini. El individualizado como «dos» es el «Discurso a los obreros» sobre el «llamamiento a los docentes alemanes» acerca de «la forma moderna del trabajo», pronunciado el 22 de enero de 1934 por quien el hecho de haber sido uno de los principales filósofos del siglo XX no le impidió su adhesión fervorosa, abyecta, ininterrumpida y sin reservas al nazismo, con el que colaboró con todos sus medios sin mostrar ni siquiera después de la caída del Tercer Reich el más mínimo arrepentimiento o la menor autocrítica hasta su muerte en plena ancianidad: Martin Heidegger.
Por todo ello: ¡ojo con las retóricas falsas y sofísticas, con lo que hoy es denominado «doble discurso»! *
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