La inconsistencia de Michele Santo
El país, por obra y gracia de la política económica, vive una de las crisis que todos percibimos como inédita. Ni el ministro Alberto Bensión ni alguno de los ideólogos del dislate, como el comentarista Michele Santo, pueden negar que la venta de los combustibles ha caído entre el 16 y 20 por ciento, ni que la red de supermercados se encuentra preocupada por su situación. El actual nivel de comercialización no justifica las inversiones realizadas en crear una red de bocas de venta masiva. Además, los feriantes aseguran que las frutas y hortalizas se comercializan entre un 40 y 50 por ciento menos. Leemos en los diarios de estos días de la caída en la venta de vehículos, de la situación de la agropecuaria, que no puede exportar ni vender su producción en el mercado interno. De la industria viviendo una de sus crisis más agudas, con incontables cierres. Veamos lo que ha significado el desplome de la industria textil (hoy funcionan sólo tres plantas de lo que otrora fue una pujante actividad). Podríamos seguir dando pinceladas de lo que significan estos tres años de paralización productiva, de retroceso en lo económico y social, proceso que hoy se ha convertido en crisis y que sigue avanzando.
La magnitud del desplome uruguayo es asignada, por los liberales ortodoxos que nos gobiernan, a los vaivenes de la macroeconomía (devaluación brasileña, epidemia de aftosa, crisis argentina y otros males), que por obra del Señor se han convertido en las siete pestes que no dejan avanzar al país.
No es necesario hablar de las consecuencias sociales que ha tenido este proceso, de quienes han quedado por el camino, de los que han perdido el trabajo y engrosado los bolsones de pobreza en los que habita una tercera parte de los uruguayos.
La crisis está instalada y el ministro Bensión, preocupado por el «default» que pueda tener el país dejando de pagar los intereses de la deuda externa, sigue ideando formas de continuar reduciendo aun más la calidad de vida de los uruguayos. Además, con Michele Santo, tiene quien lo azuce en el peor camino, utilizando para ello un razonamiento tan despistado que asombraría a los propios artífices del neoliberalismo. Propicia la destrucción total del mercado interno, sin decir nada de sus consecuencias sociales.
Si antes de escribir, Santo mirara las cifras, se enteraría de que, como los neoliberales quieren –por indicación impositiva de los organismos multinacionales de crédito– Uruguay desde hace varios años sigue abriéndose a la política de resolver todo sobre la base del endeudamiento. Aquí se pidió dinero para realizar la reforma previsional (se decía que se compensaría la masa dineraria que se llevan las AFAP con dinero fresco venido del exterior), para iniciar la llamada reforma del Estado (otros préstamos que se han diluido en los vericuetos de la burocracia), para erradicar los asentamientos precarios y para cualquier tarea en la administración central, hasta para la aplicación del «expediente electrónico».
Hoy solamente por intereses se deben pagar 444 millones de dólares, cifra que ha ido creciendo de año en año (en el 99 fueron 359, en el 2000, 396 millones de dólares). A la banca financiera le sobran los dólares y su gran negocio es colocarlos en países como el nuestro, con gobiernos que para pagar son capaces de rematar todos los bienes del Estado. Lo hizo Argentina, y así le está yendo: llegó a la cesación de pagos y, primeramente, recurrió al «blindaje». Simplemente un cambio en la anotación de estados contables, que postergó para más adelante los vencimientos, pero que sirvió para que los intermediarios se hicieran por comisiones de casi 150 millones de dólares. Como allí el Estado es mastodóntico, plagado de prebendas y remuneraciones faraónicas, que siguió adelante en su vicioso funcionamiento, sin que ninguna empresa estatal pueda ayudar (como ocurre en Uruguay) para que el déficit no sea mayor, se presentó el «default». En la Argentina de Cavallo y Marx (integrantes también en el listado de la diputada Carrió), el camino que quedaba para seguir cumpliendo con los acreedores, era comenzar la demolición definitiva de su país. Para ello recurrieron a la rebaja de sueldos de estatales y jubilaciones, colocando a más sectores de la población en un marco de desesperación, impulsando a la gente a un estallido social cuyos primeros elementos están comenzando a aparecer.
Claro, como Santo también piensa que lo primero es pagar a la banca financiera por los créditos que se dieron a Uruguay, sobre cuya utilización se debiera pedir cuentas, no tiene una mejor idea que proponer recorrer el camino hacia la destrucción final del país.
Dice en su columna de Búsqueda que nuestro país tiene todavía acceso al mercado internacional de capitales y a tasas muy favorables, un régimen cambiario mucho más flexible y «su sector público mantiene la gran cantidad de ‘activos’ que podrían ser movilizados de diferente manera», y agrega:» Si existiera la voluntad política como para generar una drástica reducción del gasto público, lo que al igual que el caso argentino, implicaría une reducción inicial más o menos importante de sueldos y jubilaciones», las cosas andarían mejor.
Hasta aquí la afirmación del comentarista, que aplaude las medidas adoptadas por el equipo económico argentino, especialmente las acciones para resolver la coyuntura que timonean el ministro Cavallo y su subsecretario Marx, que resguardan sus espaldas con participación en empresas financieras en las Islas Caimán, o siendo intermediarios en «maniobras dolosas», tal como está dejando el claro el «informe Carrió»
Santo tampoco toma en cuenta el proceso de achicamiento del mercado interno. ¿Por qué no le pregunta al distribuidor de su semanario sobre los niveles de caída de venta que está sufriendo? O mejor, ¿por qué no lo hace con el propietario de una estación de servicio, un feriante, un mozo de bar o cualquier empresario uruguayo?
Tal vez Santo cree, por los ambientes donde se mueve, que la ética no se debe tener en cuenta en materia de política económica y que se puede proponer cualquier tipo de medida, aunque sean moralmente deleznables e imposibles de aplicar.
Estos señores, sentados tras su computador, hacen sus mezquinos juegos malabares con propuestas metidas en una lógica perversa, salteándose además elementos como la política. ¿Santo habrá llegado a pensar que una rebaja de sueldos y jubilaciones necesita, en democracia, de apoyos políticos, que al no obtenerse en las instituciones del sistema –como obviamente ocurrirá– sólo pueden encontrarse luego de un quiebre institucional?
Si no lo pensó, que comience a hacerlo, porque es allí donde culminan sus elucubraciones que, digámoslo bien claro, son también compartidas por integrantes del equipo económico de gobierno.
En una nota anterior manejamos el concepto de que el camino de la pobreza es el que lleva al «default». ¿Qué es lo que está planteando este malabarista de la inconsistencia, cuando expresa siempre el pensamiento de la banca financiera y de quienes por aquí, no se han dado cuenta que los tiempos han cambiado?
Ello, además de inconsistente, es irresponsable. *
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