Ofensiva contra viejos fantasmas
Desde la página editorial del matutino de la Plaza Cagancha se ha desatado una sorprendente embestida baguala que, por su forma y por su contenido, tiene un fuerte toque nostálgico. Los furibundos embates anticomunistas exhalan un aroma que nos retrotrae proustianamente como en un trompo del tiempo a los años cincuenta y sesenta, cuando la guerra fría promovía por estos lares duras confrontaciones ideológicas.
El colega parece haber quedado fijado en aquellos tiempos, petrificado en su sacrosanta cruzada anticomunista que en los años de plomo subsiguientes se convirtió en espléndido pretexto para cantar loas al régimen dictatorial que se entronizó en el país. Pero como aquí no se trata de emular la nostalgia del editorialista, soslayaremos toda otra referencia a la ominosa posición asumida entonces por el colega.
La página de opinión de El País vuelve, con machacona insistencia, a ocuparse de un hecho menor pero que ya a esta altura se ha visto convertido en Los Sucesos de Melo: la charla que sostuvieron Tabaré Vázquez y Nin Novoa con un grupo de jóvenes melenses.
La gran irritación de la derecha parece originarse en dos cosas: la reivindicación del derecho a la rebeldía que asiste a los jóvenes y la recomendación de leer ‘Las venas abiertas de América Latina’, el ya célebre libro de Eduardo Galeano. Ambos «exabruptos» (así los califica el periodista) son presentados como pecados capitales, de acuerdo con la curiosa óptica de El País.
Parece que está mal recordar a los jóvenes –y a los no jóvenes– que la rebeldía es un derecho inherente a la condición humana; sin duda el colega sueña con una sociedad de corderos, de individuos sumisos, obedientes y resignados, como lo pretenden los regímenes totalitarios entre los cuales se incluyen precisamente aquellos que el editorialista dice odiar.
En cuanto al segundo punto, cada cual está en su legítimo derecho de leer lo que le venga en gana, pero nadie debería alarmarse porque alguien recomiende la lectura de un libro clave de un escritor compatriota que ha trascendido fronteras. ¿Añora acaso el escriba los buenos viejos tiempos en que algún oscuro coronel –versión moderna de Torquemada– procedía con fruición a proscribir libros?
Creyéndose en el deber de hacer frente al arrollador avance del marxismo internacional y el stalinismo encarnado en Vázquez y Nin, la vibrante pluma paisana se aboca a recomendar, a su vez, a ambos dirigentes políticos, ciertas lecturas que servirían de antídoto a la toxina galeaniana. Es así que sugiere algunas obras de Jean François Revel, un analista francés de cuya objetividad, independencia e imparcialidad es razonable dudar en virtud de su proclamado anticomunismo cerril. Es como si a alguien se le ocurriera recomendar la lectura de Marcuse o el Libro Rojo de Mao al doctor Ramón Díaz para que éste advirtiera el error de su adhesión al neoliberalismo…
El propósito del editorialista no es otro que demostrar la identidad entre nazi-fascismo y comunismo, que Ravel considera primos hermanos. Ante este discurso destemplado y fuera de época, parece imposible no recordar cómo esa misma página editorial lanzaba terroríficos anatemas contra el comunismo, el socialismo, el marxismo y en general toda posición cuestionadora del establishment. Fue así que desde esa página editorial de El País de comienzos de los sesenta, surgió un neologismo que mereció más de una aparición en la sección La Mar en Coche de Marcha: los criptocomunistas. Se trataba de aquellos ciudadanos que, disfrazados de demócratas, servían fielmente a los propósitos disolventes del comunismo internacional.
Más allá del jocoso recuerdo de hasta dónde puede llegar el ridículo, no deja de llamar la atención el resurgimiento de viejos fantasmas. *
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