Candidaturas
LEOPOLDO AMONDARAIN
Hay una vieja máxima que reza que cuando alguien asegura que no es candidato y no es hora electoral sino de gobernar la Patria, es justamente al revés. O sea, empezaron a disputarse posiciones y candidaturas a tarascones.
A los candidatos ya cantados en el Partido Nacional se está concretando una nueva fórmula impulsada, según voceros bien informados, por el diario El País.
La referencia indicaría al doctor Sergio Abreu y al senador Gallinal. Quién va adelante o detrás se ignora aún. Hagamos un análisis.
Mi viejo y apreciado amigo Abreu, con quien nos conocemos de muchachos en las luchas partidarias duras de la década de los sesenta, en un hombre hecho en la forja del doctor Washington Beltrán de quien fue su secretario político. Supo –y es un mérito personal de buen amigo– serle leal hasta en los momentos difíciles en que Wilson despega de la lista 400 y surge arrolladoramente en su candidatura presidencial.
Fiel a su padre político, que estaba alejado de Wilson como era notorio y público, no participó de la creación del Movimiento por la Patria. O sea, no fue wilsonista. Comienza una larga y exitosa carrera como funcionario internacional en la vieja ALALC, manteniéndose como es obvio en la órbita política del diario. Cuando adviene el gobierno de Lacalle, la 400 ya no funcionaba como lista electoral y el doctor Washington Beltrán dedicado al periodismo como prestigioso pope intelectual y moral del Partido no era candidato; Abreu se enrola en Renovación y Victoria del doctor Gonzalo Aguirre y accede al Senado.
Al poco tiempo Lacalle lo lleva como canciller. Nadie le puede discutir sus conocimientos, experiencia, profesionalidad diplomática y honradez administrativa que lo hace un muy eficiente ministro de Relaciones Exteriores.
Vuelto el Partido al llano, el actual presidente lo designa ministro de Industria, a pura cuota de coalición hasta nuestros actuales días.
Salvo error menor, a grandes rasgos es su trayectoria política. Comete, a mi juicio, al final un error muy grave. El aceptar un Ministerio batllista.
De quedarse quieto en un olímpico ostracismo hubiese sido un hombre de reserva de la colectividad. Lo digo con dolor de viejo amigo. Hoy es un ministro colorado. Un blanco de Batlle. Y eso a la ortodoxia blanca nos rechina. Tampoco creo le haga demasiado bien la «sombra» del diario El País.
Lo compromete con una línea demasiado conservadora y afín a la coalición colorada no obstante ser él un blanco de toda la vida.
La otra figura es el senador Gallinal. Un político nuevo. Hombre de Lavalleja, tiene el mérito de «parársele de manos» a Lacalle y frontalmente se la juega. Hay que verlo. Poseedor de un apellido patricio nadie le puede tampoco negar prosapia familiar y blanca. No comparto su posición, periodísticamente publicitada hace unos días, de pedir una «tregua» en el Partido para no abandonar el Gabinete coalicionista colorado.
Según lo expresado, no es el momento de tomar «cierta» distancia nada menos que de los batlilstas. La verdad, yo no tomaría «cierta» sino «toda la posible» distancia de semejante monstruosidad evitando me identifiquen con ellos. En buen romance, de ser cierta esta nueva fórmula no merece objeciones éticas, funcionales o intelectuales. Sí, se puede observar, quizás, una «fragancia» demasiado conservadora. Votarlos sería votar al diario El País.
El Partido debe buscar la izquierda blanca que perdió. Los 300.000 votos que se fueron, no son los que disputan Abreu ni Gallinal. En el mejor de los casos se divide la ya actual derecha que votó a Lacalle en los últimos comicios nacionales.
Ni un voto más ni un voto menos. Se me ocurre que el único candidato que presentamos los blancos que ocupa el vacío progresista o de izquierda dejada por Wilson, salvo que pueda surgir «otro» que no visualizo, es el gaucho Larrañaga. Los demás, con Lacalle inclusive, son variantes de una misma partitura. La derecha en el partido está más que bien cubierta y prolijada. Falta la brisa fresca de lo nuevo, progresista y revolucionario que dio Wilson.
Aquellas ideas que nos llevaron, a la juventud de la época, a ensillar el «tordillo a guerra» y salir a lo Aparicio a defender reformas revolucionarias enfrentando oligarquías privilegiadas que habían abortado el staf político nacional.
Reformas agrarias, nacionalizaciones de la banca y el comercio exterior entre otras promovidas por Wilson, hoy también son historia.
Sólo subsiste el fúnebre tedio de la coalición esperando que Cavallo en sus «lúcidas y progresistas» soluciones porteñas nos pueda salvar. La decadencia progresiva, la pobreza, la angustia y falta de horizontes que obliga a la juventud a irse de la Patria es el denominador común.
Contra todo esto deberá combatir la izquierda blanca con Larrañaga y los que puedan ir apareciendo para crear esa ilusión revolucionaria real que haga renacer esperanzas de vida y patria mejor y más justa. *
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