Argentina en la hora del ajuste y de los piquetes

Todo parece indicar que la segunda jornada de protesta contra el ajuste realizada en Argentina, convocada por las centrales sindicales, culminó con gran amplitud y sin violencia.

La intensidad de los sacudimientos argentinos hace que la situación de ese país sea motivo de honda preocupación en todo el mundo: desde la reunión del Grupo de los 7 en Génova hasta la presencia de altos funcionarios norteamericanos discutiendo con el gobierno aliancista, la crisis argentina importa en las más diversas esferas. En particular las que se interesan en los avatares de la calidad de vida y de la democracia argentina.

En los últimos decenios, un prodigio parece haberse logrado: el país más rico y más lleno de promesas del mundo a principios del siglo XX, se ha convertido en región de incertidumbres y tensiones sociales, donde se generaliza el hambre, la desnutrición y la violencia.

¿Cómo se logró? ¿Quién lo logró? Responder a estas preguntas, tan ilustrativas, excede los límites de esta nota. Pero sin duda, los ataques a las estructuras sociales y políticas durante el período de la dictadura militar, el incremento inaudito de la deuda externa y la dependencia y el inquietante crecimiento de la corrupción han contribuido a socavar los cimientos de un estado nacional vigoroso y democrático.

En ese cuadro, el crecimiento de la protesta social ha tomado el cauce de las formas tradicionales (como las manifestaciones y ollas populares) y de acciones nuevas, como son los cortes de rutas y avenidas mediante piquetes.

El crecimiento de esta modalidad de contestación directa y profunda ha levantado en aquel país toda clase de comentarios políticos. No han faltado quienes, quizá algo imprudentemente, se han lanzado a reclamar con fervor la imposición del principio de autoridad y la aplicación de medidas de alta densidad represiva.

Hasta el momento, en medio de grandes pulseadas políticas y con alguna excepción grave, como la de Salta, ha tendido a prevaler en el gobierno una actitud de búsqueda del diálogo con los piqueteros.

Los cortes de avenidas y rutas promovidos por los sectores más combativos del sindicalismo y la oposición aparecen anunciados con anticipación, la policía no interviene para reprimir y la actividad de la región y de las ciudades tiende a normalizarse.

Las valoraciones del significado de las movilizaciones son diversas. Para el gobierno han participado menos de diez mil personas y la protesta «se desmaya»; para los organizadores, han sido más de ciento cincuenta mil y el movimiento se amplía.

El hecho es que, además de los desocupados y los trabajadores -estatales y de la actividad privada- organizados, a las últimas medidas se han sumando miles de estudiantes y docentes universitarios.

La conciencia de las enormes dificultades que el país tiene para salir de la situación de recesión económica y deterioro social, como es frecuente, tiene un impacto directo sobre cómo la mayoría de la población se sitúa frente a la acción política, la legitimidad de sus prácticas y los desafíos a los que está expuesta.

A propósito de esta cuestión, en su edición de ayer miércoles, Clarín de Buenos Aires publica una nota de opinión del destacado jurista Raúl Zaffaroni donde sostiene que no faltan quienes en Argentina impulsan, a partir de la situación de crisis, el desarrollo del «autoritarismo corrupto».

Para lograr la sustanciación de ese proyecto de Estado corrupto-autoritario, quienes lo impulsan pretenden «impedir que la política cumpla su natural función de mediación y arbitraje entre las fuerzas productivas y financieras. Los beneficiarios de la dictadura y de la descapitalización (…) quieren sólo un armazón policial que imponga el silencio por el miedo». *

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