Calentamiento global y energía nuclear
IRMA MARIA OLIVERA
La preocupación mundial por el aumento de la temperatura, notoria a nivel de organismos internacionales en los años 80, se reflejó en la Cumbre de la Tierra, de 1992, en Río de Janeiro, y se concretó en el Protocolo de Kyoto, elaborado en la ciudad japonesa del mismo nombre, en 1997.
Mediante él, se intentó formular una política aceptable para los países industrializados, principales emisores de los gases denominados de efecto invernadero.
Las medidas a adoptar consistirían en una reducción de la emisión de 6 de esos gases que, para EEUU sería del 7%, por debajo de los niveles de 1990, durante el período comprendido entre 2008 y 2012. Reuniones posteriores a la de Kyoto: Buenos Aires, La Haya, Accra y la que acaba de finalizar en Bonn, ésta sin apoyo o de EEUU, han puesto de manifiesto las dificultades para obtener no ya la detención del proceso de calentamiento global sino, apenas, su desaceleración.
Sin embargo, como lo había señalado el vicepresidente de EEUU, Al Gore, en Kyoto, las consecuencias humanas y los costos económicos de dejar de actuar son inconcebibles. Más inundaciones y sequías sin precedentes. Enfermedades y pestes que se extienden a nuevas áreas.
Cosechas perdidas y hambrunas. Glaciares que se funden, tormentas más intensas y mares que suben de nivel.
Para evitar este futuro apocalíptico, ejecutivos de la industria nuclear, en retroceso desde el accidente de Chernobyl, presentaron al actual vicepresidente estadounidense Dick Cheney, propuestas para su expansión. La energía nuclear permitiría reducir las emisiones de dióxido de carbono, producido por la quema de combustibles fósiles, causante principal del efecto invernadero.
En Uruguay, en 1991, el jerarca de la Dirección de Tecnología Nuclear, ingeniero Carlos Riet, señalaba que la diferencia de las condiciones climáticas en la Antártida, en un lapso de 3 años, había sido tremenda, con un ascenso en la temperatura de 3 grados, lo que significaba hielos derretidos. Cambios que lo habían impresionado durante sus visitas a ese continente. Y abogaba, como lo hacían otros funcionarios vinculados al área nuclear en otras partes del mundo, por la instalación de centrales nucleares, para frenar el efecto invernadero.
Dos cuestionamientos importantes pueden hacerse a esta aparente solución hace más de una década planteada y ahora resucitada. El primero, se refiere al paradójico incremento de los combustibles fósiles que el desarrollo de dicho plan requeriría; el segundo, a sus costos financieros, económicos y ambientales.
Si bien las centrales nucleares, durante su funcionamiento, no emiten gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, dado que su combustible usual es el uranio, otras etapas de su ciclo utilizan grandes cantidades de energía provenientes de la quema de combustibles fósiles. Así la minería del uranio, el enriquecimiento de éste, su transformación en combustible, su reprocesamiento y las operaciones de manejo de los residuos nucleares. Sin olvidar que la fabricación de cemento, empleado en las construcciones, es la mayor fuente industrial de dióxido de carbono.
Dejando, teóricamente, de lado estos aspectos, quedaría en pie la viabilidad financiera y económica de este programa faraónico de construcción de centrales nucleares. Implicaría, nada menos, que la edificación de una central cada 3 días, durante 4 décadas, para que la disminución de los gases de efecto invernadero, en particular el dióxido de carbono, fuera importante. De estas más de 5.000 plantas nucleares (de 1.000 MW de capacidad cada una) casi la mitad estaría ubicada en países del Tercer Mundo, cuyas deudas alcanzarían niveles insostenibles. A comienzo de los años 90, se calculó que llegaría a duplicarse. Incluso los países industrializados se verían en aprietos para desarrollar dicho plan nuclear sin comprometer sus, aparentemente, sólidas economías.
En Kyoto, Al Gore expresó que los comportamientos humanos son los causantes del problema del cambio climático y que sustituirlos requerirá humildad porque las raíces espirituales de nuestra crisis están en la soberbia y en la falta de respeto hacia la Tierra y nuestros semejantes.
Los proyectos de la industria nuclear, aún cuando fueran realizables, no contribuirían a cambiar estos comportamientos por otros menos autoritarios y dañinos para el ambiente y sus habitantes.
Por el contrario, como la realidad lo ha demostrado en Chernobyl, un error humano o una falla técnica pueden tener consecuencias devastadoras para el presente y el futuro.
A lo que se suma el trasiego de tecnología del área civil a la militar, tentación en la que han caído países como Israel e India.
El intento por salvar a la humanidad de los efectos del calentamiento global bien podría llevarla a sucumbir a los del cambio climático, conocido como invierno nuclear, que una conflagración con armas de ese tipo desencadenaría. Y que el astrónomo Carl Sagan, uno de los autores del informe que acuñó dicha expresión, consideraba que, en caso de producirse, sería una «catástrofe sin precedentes en la experiencia humana sobre la Tierra». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad