Los pontífices romanos y el liberalismo jurásico

RUBEN MARTINEZ HUELMO

 

«En el mundo el único dios que rivaliza con los valores, con la moral, con la ética, es el dios del mercado como único y exclusivo regulador de la vida de todos.»

Juan Pablo II

Dijimos aquí que la doctrina que hoy aparece en tela de juicio es el liberalismo económico, como ideología motriz del proceso globalizador contemporáneo. Sin embargo, este viejo actor en el siglo XIX ya dominaba el escenario mundial en términos absolutos. Y al igual que en el presente las secuelas eran graves y marcaban profundamente a las diferentes sociedades del mundo. Así fue que se acudió a otro proceso globalizador, de la mano de las potencias europeas, especialmente Inglaterra, que en la época victoriana llegó a dominar un tercio de las tierras del planeta y todas las rutas de navegación. Ello estaba en relación directa con su flota de guerra y marina mercante, el ferrocarril, la máquina de vapor, el telégrafo, su revolución industrial y su capacidad financiera, a cuyos empréstitos acudían los gobiernos de la época. Era una época en que la concepción de la economía negaba toda relación entre la moral y los efectos que aquélla pudiera producir. Diríamos, como en ciertas novelas, «cualquier similitud con nuestro presente es mera coincidencia». Su único fin –según el papa Juan XXIII– era el provecho individual, y la ley suprema de las relaciones entre los factores económicos era una libre competencia sin límite alguno. Intereses de los capitales, precios de las mercancías, de los servicios, ganancias y salarios, se determinaban pura y mecánicamente por virtud de las leyes de mercado. Y el Estado debía abstenerse de cualquier intervención en el campo económico.

Un mundo concebido de esta forma propiciaba que la ley del más fuerte encontrara justificación en el plano teórico y también en el terreno de las relaciones concretas entre los hombres. Y así, mientras riquezas incontables se acumulaban en manos de unos pocos, las clases trabajadoras se encontraban en condiciones de creciente malestar. Salarios insuficientes o de hambre, condiciones agotadoras de trabajo y sin consideración alguna a la salud física y a la moral. Condiciones inhumanas de trabajo a las que se sometió a los niños y a las mujeres, siempre presente el espectro del desempleo, y la familia siempre al borde de la desintegración. Este era el clima universal del siglo XIX y así lo describió en la encíclica «Mater et Magistra» aquella gran personalidad mundial que fue el papa Juan XXIII, en 1961, tiempo del Concilio Vaticano II, años de renovación. Esa expoliación tenía como eje ideológico al viejo liberalismo económico, al que adhiere nuestro Presidente de la República y la tecnocracia de la coalición gobernante aquí en Uruguay.

La visión de la Iglesia Católica a que hago referencia no está alejada de infinidad de insucesos que provoca el dogmatismo de esta doctrina, aplicada como panacea universal, inexorable e inmutable. Así fue que la Iglesia en 1891 reacciona tajantemente y el papa León XIII en una recordada encíclica, Rerum Novarum, rechaza la doctrina liberal económica, ante los escandalosos contrastes sociales que provocaba; doctrina cuya expresión histórica original se atenuó luego en algunos países, debido al influjo de una necesaria legislación social y de precisas intervenciones del Estado, tal como certeramente consignaron las conclusiones de Puebla en 1979, con motivo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Son insospechados los personajes que traigo a colación, pues es notorio el profundo enfrentamiento que han sostenido los pontífices romanos, como figuras angulares de la Iglesia Católica, en el plano filosófico y político con el colectivismo marxista y su principio histórico de la lucha de clases. Son dos cosmovisiones diferentes, sin duda. Pero insistimos en que la caída del bloque soviético, en los hechos, ha dejado un único actor en el plano mundial. Juan Pablo II percibe que «la crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de injusticia y opresión», para inquirir ¿de dónde derivan todos los males si no de una libertad que en la esfera de la actividad económica y social, se separa de la verdad del hombre?

Pero el enfrentamiento moral con el liberalismo no es nuevo como hemos visto: Pablo VI, en 1967, ratificaba por enésima vez el juicio pontificio sobre el capitalismo liberal como una doctrina que persigue sus objetivos «sin limitaciones ni obligaciones sociales correspondientes«. No hay manera de reprobar tal abuso, decía Pablo VI, que recordando solemnemente una vez más que la economía está al servicio del hombre. Y adelantándose a nuestro presente señalaba que bajo los nuevos sistemas de producción se vienen abajo las fronteras nacionales y se ve aparecer nuevas potencias económicas, las empresas multinacionales, que por la concentración y la flexibilidad de sus medios pueden llevar estrategias autónomas en gran parte independientes de los poderes políticos nacionales y por consiguiente sin control desde el punto de vista del bien común. Hoy ya es notorio que estos organismos privados conducen a una nueva forma abusiva de dominación económica en el campo social, cultural e incluso político. Como vemos, nuevas las formas; jurásica la doctrina. *

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