Algo para recordar

El proceso de unidad del movimiento sindical uruguayo fue trabajoso y lento, construido ladrillo a ladrillo, sobre la base y estudio de las alternativas que iban viviendo los sindicatos.

Como contrapartida, en cada paso fueron marcándose los principios necesarios para llegar a una unidad de carácter estratégico, porque se trata de una herramienta que ha sido esencial para encarar todos los desafíos que ha debido afrontar la clase trabajadora de nuestro país, en su rica historia. Valga como único y suficiente ejemplo, el papel de vanguardia que correspondió a los trabajadores organizados sindicalmente en el período de la dictadura (1973-1984) que se inauguró con la huelga general y la ocupación de los lugares de trabajo y aceleró su retirada a partir del gigantesco acto del 1º de mayo de 1983.

Esos principios comenzaron por la práctica del respeto, humildad, paciencia y condescendencia, dado que siempre existió   aún en las más duras polémicas   una confianza genérica entre los militantes sindicales pertenecientes a las distintas corrientes ideológicas.

La primera finalidad, fue la de evitar el aislamiento de los conflictos, actuando solidariamente, aunque con el delicado equilibrio de –si bien se respeta el derecho último de cada sindicato respecto de un conflicto– se reserva el derecho del resto para expresar sus opiniones sobre el mismo por las vías orgánicas correspondientes, evitando atacar públicamente a los gremios en conflicto.

Permanentemente se ha llevado a cabo la lucha ideológica, que siempre tuvo, como único límite, la vigencia de la unidad. En ese clima se fueron resolviendo los asuntos más espinosos, sobre la base de acuerdos dinámicos que rigen hasta que nuevos acuerdos sobre el mismo asunto se ponen en marcha.

Dentro de esa práctica, los puntos más conflictivos han sido siempre los que refieren a la adopción de las medidas de lucha conjuntas y la elección de las autoridades de la Central.

En el primer asunto, las resoluciones del congreso constitutivo de la CNT establecía que solamente podrían decretarse por la Mesa Representativa, ante casos de extrema gravedad para la vida del movimiento sindical. De lo contrario se ponían a consideración de los gremios y luego se votaba. Si la votación resultaba unánime se decretaba, de lo contrario se convocaba, simplemente. Aunque, una vez resuelta la medida no se podía hablar contra ella.

Respecto del segundo asunto, la comisión de candidatos en cada congreso, debía buscar una fórmula de consenso sobre la base de que en la Mesa Representativa –máximo organismo de dirección entre congreso y congreso– estuviesen representados los trabajadores de las grandes ramas de actividad (funcionarios del Estado, enseñanza, finanzas, industria, servicios, asalariados rurales), atendiendo, en segundo término que no quedase excluida ninguna corriente sindical que dirigiese al menos un sindicato.

Las diferencias a la hora de la elección de la Mesa Representativa, habían ocasionado dos enfrentamientos difíciles.

El primero de ellos ocurrió en el congreso realizado en 1971. En esa oportunidad, La Unión de Obreros, Empleados y Supervisores de Funsa, se negó a ocupar su lugar en la Mesa Representativa, en protesta por la no inclusión de UTAA. La crisis se saldó en la víspera del golpe de Estado de 1973, cuando León Duarte ocupó su lugar en la Mesa Representativa y el Secretariado Ejecutivo atendiendo a la situación de especial emergencia que estaba viviendo la República.

El segundo enfrentamiento ocurrió en el congreso del año 1985, cuando el cuarenta por ciento de los delegados, se retiró, en protesta por lo que consideraron actitudes sectarias y antiunitarias del sector mayoritario. Este asunto se zanjó con la elección de una Mesa Representativa provisoria, paritaria, a la que se encomendó dirigir la Central hasta la realización de un congreso extraordinario que se celebró al año siguiente.

Todas estas consideraciones vienen a cuento por la situación que se ha creado en el PIT-CNT al culminar el séptimo congreso ordinario, el domingo 29 de julio. En esta oportunidad, un grupo de nueve sindicatos ha optado por no ocupar un lugar en la Mesa Representativa en desacuerdo con la resolución del congreso de conformar un organismo de dirección de cuarenta y un miembros.

El número aprobado responde a que esos son todos los sindicatos que presentaron candidatos para integrar la Dirección.

La situación guarda similitudes y diferencias con las dos crisis anteriores. La referencia a ellas por lo tanto, pretende señalar, simplemente, que no se trata de una situación nueva, ni que estemos ante un callejón sin salida.

No creo yo que sea muy adecuado quitarle trascendencia al asunto, afirmando que la unidad del movimiento sindical es indestructible. Nunca fui ni soy partidario de las afirmaciones basadas únicamente en la fe. La unidad es una construcción de hombres y mujeres, que puede quebrar, por la acción de los hombres y las mujeres.

Para construirla hubo que tejer, discutir, conceder y acordar, sucesivamente y reiteradamente. A nadie se le exigió que renunciara a lo que piensa. Pero para discutir es menester el respeto, la humildad, saber escuchar y saber proponer. Nunca es aconsejable hacer que el aire sea irrespirable para el otro.

Si se atienden todas esas condicionantes, que fueron acumuladas por sucesivas generaciones de sindicalistas a lo largo de medio siglo, aprendiendo siempre, entonces sí, estoy de acuerdo en que la unidad es indestructible.

Y yo deseo que lo sea. *

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