La industria en crisis

HECTOR ACOSTA GARCIA

 

La grave situación denunciada por la Cámara de Industrias en documento de reciente difusión, se suma a las voces de productores, exportadores, granjeros y agricultores, reclamando la instrumentación por el gobierno de medidas de apoyo a la exportación y defensa de la actividad nacional.

Elevación de la Tasa Externa Común, reintegros y devolución de impuestos; subsidios y tasas preferenciales de interés; seguros de cambio y hasta tipos de cambio diferenciales, son algunas de las exigencias que soslayan el verdadero dilema que el país debe resolver de una vez, y que hace a la política industrial y comercial que debe llevar adelante.

¿Cuál es la política del país en tal sentido? ¿Cuál es la más conveniente? ¿Aquella que supone la protección por el Estado de determinados intereses que hacen a la propia economía nacional, o aquella otra que lleva a dejarlo todo librado al puro juego de las leyes del mercado?

Desde la conducción nacional, las visiones sobre el tema se presentan contradictorias. Mientras el ministro de Industria, Sergio Abreu, analiza el lanzamiento de una fuerte defensa del sector productivo nacional, que incluye el incremento al barrer de los aranceles intra y extra Mercosur, «para que el país deje de ser el hijo de la pavota», su par de Economía, contador Alberto Bensión, sale prestamente a responder la interrogante, confirmando la orientación aperturista del modelo y negando la instrumentación de medidas de reintegros y/o subsidios que contrarían la filosofía del mismo.

Apenas si promueve el aumento transitorio de la tasa de importaciones de 1,1% para 3%, pero destinando los U$S 60 millones de nuevos recursos generados al bolsón de las Rentas Generales, en una clara demostración de la prioridad fiscalista del equipo económico.

La apresurada respuesta del contador Bensión se produce al mismo tiempo que el ministro de Agricultura brasileño denuncia que durante el pasado año 2000, los países más desarrollados del mundo nucleados en la OCDE concedieron subsidios por un monto de U$S 380 mil millones.

Al mismo tiempo, el panorama regional muestra a nuestros socios del Mercosur adoptando medidas proteccionistas por la vía de acciones cambiarias e impositivas, que contribuyen al impacto altamente negativo sobre sectores de la producción uruguaya, en especial los vinculados a la cadena agroalimentaria.

Esta añeja práctica comercial de los países poderosos en perjuicio de los restantes, a través de medidas de proteccionismo, configura el denso entramado que dificulta el acceso a sus mercados, de los productos manufacturados y aun materias primas y alimentos provenientes del mundo en desarrollo.

En contrapartida, la falta de una política industrial auténticamente nacional, en la que estén determinados los sectores de la producción protegidos y alentados por el país, conjuntamente con la alocada apertura de nuestras fronteras a los productos provenientes de esos mismos países desarrollados, han contribuido a la destrucción del aparato industrial que la Cámara de Industrias denuncia.

Es así que, mientras los supermercados se saturan de productos chinos, japoneses, estadounidenses, de la Comunidad Europea, y aun de nuestros vecinos, el 40% del aparato industrial y las fuentes laborales consecuentes se perdieron en tan sólo 10 años. El déficit de la balanza comercial en el período se ubicó cercano a los U$S 8.000 millones y el volumen de las importaciones creció un 158%, contra apenas el 36% de las exportaciones.

Tal como la CIU apunta en su documento, es imprescindible la elaboración y puesta en funcionamiento de un proyecto de desarrollo elaborado con la participación activa de la sociedad, que contemple la realidad y el interés nacional. Concebidos estos conceptos no como oposición u hostilidad a lo extranjero, sino en legítima y sensata defensa de lo nuestro, en un mundo en el cual –como vemos– todos los demás defienden lo suyo.

En síntesis, dando cumplimiento al artículo 50 de la Constitución de la República que establece: «El Estado orientará el Comercio Exterior de la República, protegiendo las actividades productivas cuyo destino sea la exportación o que reemplacen bienes de importación».

Hace treinta años un entonces editorialista del diario El Día y más tarde por dos veces Presidente de nuestro país, escribía: «Se plantea en naciones como la nuestra, cuál política es más conveniente, si la proteccionista o la absolutamente liberal. Este planteo o discusión puramente teóricos, pueden ser válidos. Incluso dentro de él, tenemos posición muy clara a favor de un grado importante de proteccionismo, de intervencionismo y de planificación económicos.

No obstante, el planteo no debe hacerse en abstracto. Y la pregunta a formular es ésta: ¿puede un país pequeño y no desarrollado impulsar una política aperturista, dentro de una sociedad económica internacional en la que reina el proteccionismo y en la que, precisamente, son los más fuertes y poderosos los que imponen en su beneficio ese proteccionismo?

La ausencia de esta ubicación concreta lleva a que el aperturismo de los débiles contribuya, con el proteccionismo de los poderosos, al mejor servicio de los intereses de los segundos.

Lo ve un ciego.

Pero no lo ve la pasión de la intolerancia doctrinaria.

¡Y cuándo lo ve, ya es tarde!» *

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