Emilio Frugoni y un grito de libertad para Raúl Sendic
H. GERARDO GIUDICE
En la permanente búsqueda de una sociedad más justa, el socialismo es la lucha de lo humano contra lo inhumano y la más difícil y hermosa tarea de ir moldeando «el hombre posible», como lo caracterizara el socialista español Fernando de los Ríos. Acaso el que encarnó Emilio Frugoni. No es suficiente asirse de una metodología interpretativa, una explicación de la historia, una sociología o una filosofía, sino exteriorizar en actitudes la coherencia que los principios imponen. El tema de la libertad pasa necesariamente por el tema de la ética. Y para Frugoni elegir implicó casi siempre renunciar. Renunciar a lo que pudiera apartarlo de su camino. Cuando fundó el Partido Socialista, en 1905, no lo hizo para que éste existiera por un día, sino para toda la vida. Lo consideró el arma idónea para sustituir a la sociedad salvaje capitalista por una más justa en la que no hubiera explotados ni explotadores. Claro, con el nacimiento del Partido Socialista, se ha transitado un largo camino propio del alumbramiento de un nuevo mensaje de redención social, y como todo proceso creativo e integrador, es optimista y con disidencias a la vez. Absurdo sería, pues, no reconocer momentos críticos en la historia partidaria. Pero, ante todo, la convergencia aun en la diferencia es la característica de los socialistas uruguayos.
Es hora que recordemos que las páginas de oro del Partido Socialista tendrán grabadas a fuego a figuras que han trascendido el exclusivo ámbito partidario. Y así, alguna vez, Emilio Frugoni recordó a sus antiguos compañeros de luchas y desvelos de la primera hora: «…el desinterés abnegado de aquellos compañeros que se vanagloriaban de sacrificarse por la causa sin retirar por ello ninguna retribución personal aunque robasen horas al sueño tras una intensa jornada de trabajo (…) No exigieron sueldo para ser activistas. Y lo eran cuanto podían, sin reclamar nada y aun contribuyendo con el sacrificio de su pobreza a los gastos de la Organización.
Y allí reviven Juan M. Lamas, Gandolfo, José Bazurro, Alejandro Garibaldi, José Capellán, Baccino, Alfredo Caramella –que hasta su vida diera–, entre otros, para mejor orgullo del socialismo nacional.
Conmovedor resulta constatar cómo aquellos hombres redoblaban su militancia para mitigar la falta de dinero, que ingresaba básicamente por la dieta de diputado que Frugoni rigurosamente volcaba mes a mes según consta en el Libro de Actas del Comité Ejecutivo de la época. Así, piedra sobre piedra, edificaron el Partido. Lo dotaron de imprenta propia.
Editaron «El Socialista». Lo hicieron digno y así trascendió. Pero se sucedieron discrepancias. Y de magnitud. Como la de 1920, la de 1938, y fundamentalmente la de 1962. Pero aun así, cuando en su última campaña electoral, el 12 de noviembre de 1966, en el momento de ascender al ómnibus en que con los demás candidatos del Partido Socialista (Lista 3000), iba a recorrer el interior del país, Emilio Frugoni se dirigió a la ciudadanía expresando: «(…) No es hora de recordar los motivos públicamente ventilados en su oportunidad, por lo que, junto a otros compañeros de ideales, me vi obligado a organizar la nueva Lista 3000 dentro del viejo lema partidario.
Con el horizonte al alcance de la mano, no es posible sentir rencores, y a todos los socialistas de verdad, aun a los adversarios ocasionales, extiendo fraternalmente la mano y los invito a dotar al país del gran Partido Socialista sin el cual no podrá avanzar ni será enteramente posible la justicia en la libertad.
Les recuerdo la consigna de un viejo político argentino: «Â¡que se doble pero que no se quiebre!» (…) En el Uruguay no hay lugar más que para un solo Partido Socialista. Creo en ese partido, porque creo en la ciudadanía, en el país y en su futuro.
Por eso, en medio de la fraternidad aun en momentos críticos, en esas páginas de oro, perdurarán otros nombres más recientes, también por mencionar a algunos. El del doctor Francisco Firpo, el doctor José Pedro Cardoso, Héctor Jaurena, Eduardo Jaurena, el doctor Arturo J. Dubra, Roberto Ibáñez, Vivian Trías, Jorge Andrade Ambrossoni, Germán D’Elía, el doctor José Díaz, Guillermo Chifflet, Hugo Pratto, Angel Valdés, Antonio Mañana, Hugo Giúdice, Gualberto Damonte, Andrés Cultelli y muy especialmente Raúl Sendic.
Solamente amor sintió don Emilio por este luchador social. Y seamos contundentes para que nadie se llame a engaño. Cuando el 1.12.67 la prepotencia arbitraria del Poder Ejecutivo de la época incautó la Casa del Pueblo, quedaba en evidencia, por la prensa adicta que ese mismo Poder Ejecutivo hubiera estado dispuesto a entregarla a Frugoni para que la administrara. Hubiera sido un modo de rescatar la sede partidaria para la lucha por el Socialismo. Pero en materia de conducta, a Frugoni le gustaban las actitudes cristalinas. Su definición fue concluyente: «No aceptaremos ni una migaja del despojo, ni admitiremos que nuestras discrepancias en el campo de la izquierda, el gobierno o alguna de sus dependencias se transforme en árbitro». Y no aceptó las llaves de la sede. Expresó su solidaridad para los compañeros que se dispusieron a sobrevivir en la clandestinidad.
Estrujada el alma por tantos dolores vio extinguirse lentamente su vida, convencido que los derrotados de hoy serán los triunfadores de mañana. Había cumplido cabalmente su consigna. «Ser un gran derrotado antes que un pequeño vencedor». Para él estaba llegando la hora.
Seguía escribiendo y pensando en un Uruguay más justo. Erguido en su alma limpia esperaba el momento final.
«(…) y ahora siento que me ronda/la Intrusa, y siento su aliento/en la cara como un vaho/de estepa y ya su sombra/viene prendida a mis pies/haciendo guardia a la presa/que impaciente está aguardando/la campanada postrera/del vagón que ya se fue», dice en uno de sus últimos poemas inéditos. Y la Intrusa vino para llevarlo el 28 de agosto de 1966. A la noche, sucedió la noche, y después sobrevino la muerte del país todo cuando la barbarie militar conculcó las libertades públicas en el asalto de 1973. Libertades públicas por las que don Emilio diera mil batallas. Pasarían once años. En 1984 la democracia volvía para quedarse.
Frugoni reaparecía con sus vigorosas e invictas condiciones. El drama padecido y las experiencias frustrantes de la izquierda generaban la apertura para el reconocimiento unánime del fundador del socialismo nacional. El 12 de abril de 1988 la Asamblea General Legislativa le tributa un homenaje a Frugoni. De las distintas bancadas brotan encendidos discursos recordatorios de las bondades del fundador del socialismo.
Las barras están nutridas de asistentes. De pronto las miradas del público y de los propios legisladores comienzan a converger en un punto. Ha entrado Raúl Sendic junto a tres compañeros.
El legendario guerrillero toma asiento dispuesto a brindar testimonio fraterno a quien fuera su compañero de ruta durante tantos años en su juventud.
Allí estaba el reconocimiento al que levantara la primera voz solicitando una amnistía política el 9.6.66 en carta dirigida al Secretario General de la FEUU: «Ignoro dónde se halla a estas horas Raúl Sendic. Sé, eso sí, que allí donde se encuentre, está sufriendo las mayores privaciones; que ha debido interrumpir la lucha por los trabajadores en cuya defensa ha ennoblecido su vida (…) Sé además que Sendic no es un delincuente, sino un luchador social, abnegado (…) que trata de evitar la acción represiva que en su caso sería tan implacable como tolerante y benigna es con los verdaderos delincuentes sociales, no pocos de los cuales hasta se dan el lujo de erigirse en sus entigrec
idos fiscales (…) Es hora de organizar la defensa del perseguido hasta restituirlo a la vida normal de relación. En esta tarea ninguno de nosotros tiene derecho a sentirse inhibido por discrepancia alguna (…) Si continuamos en silencio y cruzados de brazos, terminaremos por transformarnos en verdugos inconfesos de un luchador social». Y el recuerdo a que juntos, habían elaborado un proyecto de Reforma Constitucional que con las firmas de ambos habría de ser propuesto a consideración de la ciudadanía.
En el Palacio de las Leyes se producía el reencuentro. Pasado prudencial tiempo, Sendic se pone de pie y en silencio se aleja. Del mismo modo que lo había despedido más de 26 años atrás.
Ahora marchaban juntos, compartiendo el mensaje de redención social por el que el maestro bregara hasta su último aliento. *
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