Lo que no se perdona
CARLOS BOUZAS
En los últimos diez días un hecho –ocurrido en el campo de la actividad sindical– conmovió una buena parte de la sociedad biempensante, la que tiene llegada a los medios de difusión. Me refiero a un altercado vivido entre un dirigente de AEBU y un grupo minoritario de empleados de una aseguradora que se opusieron de manera militante a la ocupación de las instalaciones de la compañía, medida aprobada en asamblea. El conflicto se había iniciado cuando el patrón decidió una decena de despidos intempestivos, entre los que se encuentran (¡oh casualidad!) cinco trabajadores impulsores de la organización sindical, que hasta hace muy poco no existía en la empresa. Una parte del episodio fue captado por un canal de televisión y transmitido urbi et orbi.
Y allí comenzó la macumba.
El diario El País realizó una entrevista flechada al ministro de Trabajo, y le hizo decir cosas que no dijo. La bancada de diputados del partido socio minoritario de la coalición enjuició al sindicato. Un abogado de renombre (por ser hijo de su padre) inveterado defensor de patronales se desmelenó y protestó histérico en una tertulia semanal, de la que participa, en Radio El Espectador. Un grupo de estudios jurídicos, asiduos compinches de «inversores», ora desde el gobierno dictando decretos, ora desde el bufete, se solidarizó con el abogado en cuestión en carta dirigida a El Observador. Mientras que en su última edición, el semanario Búsqueda recogió tres cartas de indignados corresponsales que protestan por el atropello al derecho constitucional de trabajar.
De los despidos, nada. De la nueva muestra de la sañosa persecución sindical, nada. Del exabrupto de la empresa negándose a concurrir al Ministerio de Trabajo cuando fue citada, nada. Del engaño furibundo a unos uruguayos que confiaron en nuestra democracia y decidieron ejercer el derecho a organizarse, nada. Del desconocimiento al derecho al trabajo de doscientos mil compatriotas desocupados, nada.
Solamente importa el instante captado por la cámara, para, desde allí y llegando nada más que hasta allí, hacer todas las invocaciones huecas que sean necesarias.
Acciones, discusiones, polémicas y hasta enfrentamientos han jalonado y jalonan la vida diaria de los sindicatos, que deben abrirse paso en el reconocimiento de los derechos de sus afiliados, amparados, únicamente, en la fuerza que lleva implícito el reconocimiento de su representatividad por parte de los trabajadores en cada rama y cada empresa.
Porque donde no hay fuerza, o ella es insuficiente, todos los derechos del trabajador son desconocidos. Aunque, claro, sin que lo registren las cámaras de televisión.
Entonces, me pregunto y le pregunto a usted ¿por qué tanta alharaca en esta oportunidad? ¿Por qué tanto despliegue informativo y formativo en este episodio?
Yo creo, fíjese por dónde, que lo que preocupa a todos estos portavoces oligárquicos es el mal ejemplo que está dando AEBU, cuando acoge en su seno a grupos de trabajadores de la actividad financiera que nunca habían podido organizarse y los apoya, para que ganen la oportunidad de discutir de igual a igual. Me permito recordarle que lo mismo que está ocurriendo ahora con esta aseguradora sucedió hace un par de meses con Abitab.
AEBU cumple, en estos casos, el papel de aquellos agitadores de que tanto habló y escribió don Domingo Arena, y que está ínsito en la existencia misma de cualquier sindicato y de la Central PIT-CNT.
Y eso, mi amigo, no están dispuestos a permitirlo ni perdonarlo. Menos aun, en estas épocas de globalizadores y globalizados, en la que intentan que triunfe definitivamente el egoísmo y muera la solidaridad. *
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