El modelo cobra una nueva víctima

La crónica policial de ayer nos informa de un hecho desgarrador: la muerte de un niño de 13 años, víctima aparentemente de dos de sus compañeros de calle.

El drama de la violencia entre niños y jóvenes está tomando ribetes alarmantes y nos golpea a todos de manera descarnada como si fuera un llamado extremo a tomar conciencia de una realidad social desestructurada. No es la primera vez que un hecho de esta naturaleza conmueve a la sociedad: hace ya un tiempo se registraron amenazas con arma de fuego entre liceales no marginados, y los casos de violencia entre menores infractores se han venido repitiendo con relativa frecuencia.

La llamada «infantilización de la pobreza» –aunque tal vez sería más acertado hablar de «pauperización de la infancia»– es un fenómeno relativamente nuevo en nuestra sociedad todavía acostumbrada a la siesta liberal y de bonanza que vivió el país hasta el último cuarto del siglo pasado. Los niños y adolescentes que hoy son protagonistas de esa desgarradora crónica roja son los «nietos del siglo XX», al decir de la novelista francesa Christiane Rochefort. Son el producto inevitable de la fractura social, de la acelerada marginalización de la sociedad uruguaya, del empobrecimiento de la clase media. Son aquellos para quienes el precepto constitucional de la igualdad de oportunidades no es más que una bonita expresión de deseos convertida en letra muerta desde hace ya bastante tiempo.

Son los niños que vieron la luz en hogares ya francamente carenciados, en medio del creciente desempleo, sin asistencia sanitaria y con una escolaridad que no llegó a tres años. Son los niños educados en el sistema de valores imperante en la selva de cemento, que maduraron mendigando en ómnibus y esquinas y que sin proponérselo se fueron convirtiendo en infractores, empujados por un sistema inicuo.

Sin dejar de reconocer la loable –y muchas veces eficaz– tarea desarrollada por las organizaciones no gubernamentales e incluso por el Iname, es imposible no advertir que tales respuestas no son sino paliativos al drama de la niñez abandonada.

Los tres protagonistas de la tragedia de ayer (13 años contaba la víctima, y 12 y 14 sus supuestos victimarios) eran niños «en situación de calle» y prófugos del Iname, donde habían sido recluidos en razón de su precoz actividad delictiva. ¿Puede existir alguna otra forma de evitar situaciones como ésta que no sea atacar las causas verdaderas del mal?

El gobierno se muestra incapaz de corregir las iniquidades del sistema económico que él mismo impulsa como la panacea. Es hora entonces de revisar los dogmas que lo guían y de proceder, con humildad, a reconocer su fracaso y dar un profundo cambio de rumbo.

Lo está reclamando la sociedad toda: los asalariados, los productores, los pequeños y medianos empresarios, y estos niños marginados y ajenos por completo a cualquier elucubración política o socioeconómica.*

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