Contra la economía autista
CARLOS BOUZAS
«Los números son muy duros» me dijo un economista muy respetado entre los capitanes financieros de nuestro país, para justificar su negativa cerrada a considerar cualquier tipo de solución que habilitara un paso adelante o, tan sólo, una detención en el proceso de pauperización de centenares de miles de compatriotas.
Hace unos meses pude leer como se reducía la reciente crisis económica sufrida por México, a una simple ecuación de segundo grado, según explicaba orgullosamente un alto funcionario de la Unión Europea, atribuyéndose, de paso, la paternidad.
Esos individuos son los que defienden –en nombre del pensamiento único– la necesidad de dejar todo librado a la sabiduría del mercado, por aquello de que con el andar del carro se acomodarán los zapallos. Pasan por alto las decenas o centenares de miles de personas que sufrirán terriblemente mientras ese acomodo no se produzca, existiendo incluso la posibilidad de que no ocurra tal acomodo.
Siempre parten de definiciones axiomáticas, que nunca contrastan con la realidad, porque no admiten ningún tipo de contraste con la realidad. No tienen en cuenta, en definitiva que «la realidad no es una metáfora que construimos a partir de las matemáticas, sino que aquellas son una de las metáforas que usamos para referirnos a la realidad».
Yo creo que toda norma o disposición que se adopte en materia económica, no tiene más remedio que darse una duchita, aunque más no sea, con la vida real, para saber si los propósitos perseguidos encajan en las expectativas, los deseos, las ambiciones y la especulación de las gentes.
Creo también que cuando edifican esas afirmaciones tajantes, lo hacen suponiendo interpretar, únicamente, las esperanzas de los especuladores que mueven grandes capitales, a los que identifican y llaman inversores. Es por eso que –por ejemplo– frente al durísimo ajuste recesivo (basado en la rebaja de salarios, jubilaciones y pensiones) que se viene aplicando en Argentina, las noticias no recalan en las respuestas de los indignados despojados, sino que elevan la vista a los pizarrones para saber si aumentó el riesgo país, o de qué manera ha evolucionado la bolsa donde se comercian los valores financieros. En función de esas dos variables –y solamente esas– dirán que el plan ha sido exitoso o que ha fracasado.
Esto que le digo no obedece a un razonamiento afiebrado. Es el reflejo de una opinión que viene abriéndose camino en las universidades del primer mundo: Es necesario abandonar la dictadura de la teoría económica, para dejar paso a la economía política, de manera de permitir la acción de los gobiernos, partidos, y organizaciones sociales, en carácter de protagonistas, en lugar de simple administradores y consumidores de fórmulas intocables, determinadas y decididas desde las grandes catedrales de los organismos que llaman internacionales, pero que gobiernan unos pocos.
Dos profesores norteamericanos pertenecientes a este enfoque, han acuñado la afirmación de que «la fuerte teorización del presente alcanza un grado de irrealidad que sólo puede compararse con la escolástica medieval».
La actual corriente dominadora, que debemos hacer retroceder y derrotar, adolece, además, de absoluta falta de fortaleza intelectual. Las medidas políticas que admite son unas pocas y malas (que invariablemente acarrean turbulencias sociales), al mejor estilo de esas fábricas de cosas que elaboran una talla única para todos, o una comida basura con el pretexto de rápida, dejando de lado toda la imaginación, creatividad y aplicación que hemos puesto los hombres, para saltar desde la alimentación a base de semillas y gusanos, hasta la elaboración de una buena paella.
¿O no? *
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