Cuando todo lo distinto los irrita
El gobierno ha recibido de muy malas pulgas las propuestas del Plan de Emergencia del Encuentro Progresista. Y con peor talante todavía la receptividad con que las propuestas fueron tomadas por varios y representativos sectores empresariales.
Las respuestas dadas por el ministro Alberto Bensión y por el presidente Batlle se vieron respaldadas luego por expresiones propaladas por dirigentes del Partido Colorado, después de la reunión de su Comité Ejecutivo Nacional.
Como la recesión se agudiza, y no se avizoran perspectivas de ningún cambio inmediato que lleve a la reactivación económica, el gobierno tiende a responder a sus críticos con expresiones cada vez más lacónicas e irritadas.
Todo parece indicar que la actitud de interés hacia las propuestas progresistas demostrada por las entidades empresariales que asistieron al acto de presentación del Plan de Emergencia han provocado cierto desconcierto en filas gubernistas.
En realidad, asistimos a una situación en la cual el gobierno parece desconocer las dimensiones de su propio fracaso. Y, por tanto, carecer de cualquier insinuación de rectificación de rumbos.
En medio del debate, el ministro de Economía reconoce dramáticamente que «en los últimos diez días (el país) debió utilizar cien millones de dólares de sus reservas para mantener la estabilidad bancaria», o que » en los últimos dos años nos hemos endeudado a un ritmo anual de ochocientos millones de dólares», dos hechos que podrían empujarlo a una visión menos autoindulgente acerca de sus orientaciones en materia de política económica.
No obstante, no es esa la actitud de los conductores de la economía del país.
La reacción asumida ante la presentación del Plan de Emergencia muestra a un gobierno irritado y poco receptivo a los cuestionamientos y a las propuestas alternativas.
El contenido de las réplicas gubernistas es preocupante. No en el sentido que defienda sus propuestas y convoque a la ciudadanía a apoyarlas, sino en el sentido de la descalificación sistemática de todo lo que tiene otro signo.
Las airadas manifestaciones de Batlle y de Bensión, cuando sostienen públicamente que las propuestas progresistas conducen a la «desestabilización del país«, tienen un tufo crecientemente amenazador.
Así formulados, los reproches a quienes proponen otras metas y otros instrumentos tienden a construirse sobre los envejecidos y endebles cimientos del pensamiento único, cuyo lema regional o mundial se podría resumir en la consigna «o las propuestas del monetarismo ortodoxo o el caos».
Cuando se replica a las propuestas de rebajar los encajes bancarios sosteniendo, como hace el presidente Batlle, que tal medida, de aplicarse, traería aparejada una «inflación terrorífica«, cuando todo impuesto o área de protección a tal o cual sector de la actividad productiva es calificado de «peligroso», se están construyendo en torno a las políticas económicas unas formas de condicionamiento que estrujan como un dogal confinando las posibilidades ciudadanas de optar por otros caminos.
En la aldea global no habría, a partir de esta concepción, más que un pensamiento y unas políticas viables: las que practican las corrientes neoliberales hegemónicas.
El alto índice de impermeabilidad e irritación exteriorizado por el elenco de gobierno y el coloradismo en este episodio pone de relieve una paradoja característica de los tiempos: la intolerancia de los «liberales» de hoy, el estrechamiento del «menú» de opciones que –según estos apóstoles de las libertades civiles y políticas– gozan de legitimidad para circular libremente por la polis. Todo lo que no los espeja es desestabilizador. *
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