Acierta Larrañaga
Hay un ala progresista del Partido Nacional que se va identificando paulatinamente con el senador Larrañaga, que desde que arrancó este gobierno «divertido» batllista estuvo en desacuerdo con la coalición que la mayoría del Honorable se desmelenaba por concretar con los colorados. Esa vieja ala, que podríamos afirmar siempre existió en el partido y con las evoluciones naturales de los tiempos, desde Carnelli hasta Wilson, vio con lucidez lo que tantas veces dijimos. O sea, la satanización para el nacionalismo del compromiso por «carguetes» ministeriales, con un gobierno neoliberal descarnado, sin iniciativas propias, dependiente absoluto de una política económica globalizada incluso en su propia área «casera» de influencia, sumisa a un Mercosur que depende pura y exclusivamente de los «grandes» y que sólo nos resta junto con los paraguayos el papel molestoso de «cuzcos» ladradores. Ausentes de toda idea original y de avanzada independiente que nos pueda sacar del pozo. Un gobierno que está limitado y encorsetado a lo que pase en la Argentina. Y la pobrecita, para peor, está con «malaria» aguda. No está en que Cavallo nos solucione nuestros problemas, sino dentro de lo posible, nosotros mismos, buscando con tiempo, otros mercados que se han perdido por incompetencia y desidia, y otras oxigenaciones económicas en el mundo que nos dé independencia en el área.
Seamos justos, Larrañaga lo vio y si bien supongo que por disciplina partidaria acató circunstancialmente una decisión puntual, puso «distancia» desde el «vamos» no aceptando ministerios y marcando discrepancias cuyos resultados se empiezan a ver ahora. No tiene compromiso con Batlle, ni se le puede enrostrar deslealtades con un gobierno con el cual nunca se identificó. Los cuatro ministros del «acuerdete», la mayoría buenos blancos, excelentes personas y amigos, no dejan de ser, les pido discupas por el «tilde», ministerios de Batlle o sea ministros colorados, en el mejor de los casos «rosadotes». Alguna vez lo dije, algo parecido a los viejos calepinos de Acevedo Díaz, que desobedeciendo el mandato de Aparicio votaron por la presidencia de don Pepe Batlle. Cien años después, si bien la historia no es idéntica pues no está el Aguila del Cordobés, la situación tiene un «tufo» parecido.
Ningún blanco bien parido con pensamiento progresista aceptaba estas coaliciones que se nos quieren mostrar como una necesidad fisiológica desde épocas del gobierno de Julio María. Así nos ha ido. Larrañaga en el Directorio planteó la apertura de ese tratado ruinoso. Y tiene razón. Sin embargo, leíamos con asombro, en el diario autodefinido como el de «mayor tiraje», que un senador blanco joven pide «tregua» en la interna del Partido para no abandonar el gabinete. Según su tesis no es el momento de tomar «cierta» distancia de los colorados (tácito reconocimiento que ahora están unidos. ¡Oh cielos qué horror!) para que el partido tome su propio perfil.
El remate no puede ser más lamentable. Admite, a mayor abundancia, que ahora el Partido carece de perfil propio y el que tiene es el mismo que el de Batlle. ¡Espléndida conclusión para quien se considere blanco!
Señores del Directorio, pregunto: ¿qué esperan para irse? Como la famosa imagen del naufragio, siguen tocando en la orquesta mientras el Titanic se va al fondo… ¿Tienen tanta fuerza los «carguetes» ministeriales que no dejan ver el monte?
El gaucho de la Heroica tiene la bandera ganada legítimamente. Desde los inicios estuvo en desacuerdo con la coalición. Vamos a no perder la iniciativa y oportunidad. ¡El Partido Blanco jamás tuvo alma de cipayos ni de ladero del coloradismo entreguista! ¡A lanza y bola como Aparicio en la cuchilla! ¡No se me quede, Larrañaga! ¡Hay que rescatar el más puro cerno partidario para salvar la colectividad! ¡Nunca se debió entrar y es hora más que suficiente de irse! *
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