Gallegos
¿Dónde está tu abuela? Es la respuesta de un cubano, cuando un compatriota le dice negro con intención aviesa.
Otro tanto podríamos contestar los montevideanos cuando recibimos el mote de gallego. Porque no menos de la mitad de nuestra gente proviene de esa cepa.
Sin embargo, esta colectividad tan extendida en nuestra ciudad, constituye uno de los tres grupos étnicos –junto con los judíos y los negros– que son mencionados con la infaltable coletilla «de mierda».
A esa mochila despectiva se le agrega el aderezo de «ingeniosos chistes» en los que –inevitablemente– el gallego es ignorante, bruto, burro, sucio, o las cuatro cosas al mismo tiempo.
Cuando practicamos esa descalificación genérica, ignoramos unas cuantas cosas.
Pasamos por alto, por ejemplo, que los cientos de miles de inmigrantes gallegos que poblaron nuestra ciudad a partir de la segunda mitad del siglo XIX colaboraron en la civilización de este país y posibilitaron que aprendiéramos a fabricar el pan, construir casas con técnicas modernas, trabajar la madera, la piedra y el hierro, pescar, armar cigarros de hoja, levantar galeras y escribir en las linotipos, entre otros oficios obreros, nobles y sabios.
Pasamos por alto la influencia decisiva que tuvieron aquellos inmigrantes –exiliados algunos– socialistas y anarquistas, en la construcción peldaño a peldaño, de las bases del movimiento obrero uruguayo. O que fueron ellos los que iniciaron el amplio movimiento social con fines solidarios, del que tanto nos enorgullecemos los orientales.
Pasamos por alto la sabiduría en la utilización de los productos de la huerta y el mar, para la alimentación humana, tejiendo ese delicado arte de la gastronomía.
Pasamos por alto, por último, que muy distintos de la imagen estereotipada que hemos construido de ellos, son trabajadores, fuertes, nobles, solidarios y tienen esa pizca de introversión y desconfianza genérica ante cualquier situación nueva, que tanto nos caracteriza a los montevideanos. Aunque, también, como todo colectivo, cuenta con sus excepciones más o menos numerosas.
Pasamos por alto que, a diferencia de otras colectividades que conviven en Uruguay, se integraron plenamente a la vida y las costumbres nativas. Intercambiamos con ellos mate amargo por puchero de gallina, jotas por milongas, morriña por tango. Adoptaron nuestro fanatismo futbolero y se sintieron como en su casa con nuestros montes de eucaliptos, prados de un verde brillante, abundante agua, clima húmedo y cambiante, como el que dejaron en su tierra natal. Fueron generosos en el cruzamiento amoroso y la generación de abundante descendencia.
No han iniciado hasta ahora una reivindicación masiva de su cultura milenaria, ni un ataque en regla contra el destrato de que son objeto, como lo hace, la colectividad judía, desde siempre, y la negra, desde hace un par de décadas.
Pero últimamente he observado que estamos llegando a algunos colmos que no considero admisibles. Sobre todo, porque ponen de manifiesto que estamos echando mano a un doble discurso que no nos hace bien.
Por ejemplo, desde hace unos cuantos años, nos indignamos con el mote de «sudaca» con que nos designan algunos, en las sociedades madrileña y catalana, sin darnos cuenta, quizás, que a ellos los tratamos de «gallegos» con la misma intención denigratoria.
Nos indignamos hace unas pocas semanas por la leva de jóvenes uruguayos para las fuerzas armadas españolas. Culpamos a España, comenzando por el mismísimo Rey, pero pasamos por alto que la principal responsabilidad es nuestra, comenzando por nuestro gobierno, por no dar alternativas a esos jóvenes, impulsándolos a que se vayan, aunque sea como reclutas.
Y, para mí, el colmo se ha dado en estas mismas páginas, cuando un columnista –que se proclama vasco– reivindica la unicidad de su pueblo, su idioma, su historia; admira la grandeza y el simbolismo del árbol de Guernica, adhiere a la consigna de independencia de la patria vasca, al extremo de justificar las acciones terroristas de un grupo que, en nombre de esos mismos ideales, demuestra un olímpico desprecio por los derechos humanos de todos aquellos que no beban de su misma fuente, a propósito de escribir una nota crítica referida a la gestión e idoneidad del ministro de Deporte, así como la opinión vertida por un castellano de Valladolid en casa de gobierno respecto del fútbol uruguayo y su crisis, no ha encontrado mejor manera, para descalificar al disertante, que tratarlo de «gallego», «gaita» y «galaico». Porque con esos adjetivos, ya se sabe, todos comprenderán que se trata de un burro, bruto, sucio e ignorante.
Muchas veces razono en torno a la dosis de xenofobia que puede esconderse en un discurso, a veces victimista, otras, altisonante, otras, burlón.
Debo confesarle, por último, que siento siempre un enorme regocijo interior cuando algún compañero de militancia –en AEBU principalmente– se refiere a mí designándome «El Gallego». En esos momentos, miro hacia donde está mi abuela y le hago una guiñada.*
Compartí tu opinión con toda la comunidad