¿Quién ocupará nuestros valles fértiles?
Días pasados –y al pasar– escuchamos en un informativo una noticia de singular naturaleza y máxima expectación y alerta. Se trataba de variantes demográficas en el presente y futuro del continente europeo; el territorio, suelo que nutrió la sangre y cultura de la gran mayoría de nuestra población.
Escuchamos de refilón que Alemania necesitaría, el próximo año, el aporte de más de cincuenta mil inmigrantes, y como alternativa de fondo que incluiría a la totalidad de Europa, algo como que sus necesidades en la materia alcanzarían cifras cercanas a la cincuentena de millones en la próxima década.
Por supuesto, la necesidad es de población de relevo generacional y de individuos altamente calificados. De esos mismos que en estas exactas latitudes nacen, se reproducen y están emigrando, dando satisfacción al comienzo de la succión millonaria antes expresada.
Si la situación actual es alarmante, no sabemos cómo calificar una que se insinúa en el porvenir cercano. Y mucho menos sabemos, aun, qué decir de la conducta –o inconducta– de nuestros gobiernos al respecto. Aunque bien y responsablemente pensado, debemos decir que no existe conducta alguna, por cuanto no hay una política consecuente al hecho que, sin duda, afecta a la seguridad, permanencia y soberanía nacionales.
Hay estudios demográficos, hay estudiosos a disposición, pero no se ha visto erizarse las barbas de nuestros más augustos gobernantes por el hecho de que somos muy pocos, cada vez seremos menos en lo que hace a la cantidad de habitantes, pero seremos mucho menos en lo que refiere a la calidad de quienes quedarán. Pues sólo mano de obra, y no demasiado calificada, es lo que quedaría de nuestra población de seguir intensificándose la tendencia señalada.
Las grandes corrientes migratorias que dieron origen a la historia del hombre sobre la tierra señalan la búsqueda de los valles fértiles.
Hoy, es una corriente de muy distinto signo –por no decir de signo contrario– la que se demuestra en el planeta. Los corrimientos son hacia los grandes centros urbanos, considerados nuevos cuernos de la abundancia.
En lo que nos concierne, quisiéramos saber si aquel porcentaje de catorce habitantes por kilómetro cuadrado que nos enseñaban en la escuela sigue en pie. Preferimos no certificarlo, pues todo lo que sabemos que se nos puede decir, dice de malas cosas y de peores perspectivas.
Nuestros valles, verdaderamente fértiles, esperan. ¿Alguien reflexionará sobre quiénes y cuándo los poblarán como es debido? Porque si alguien de responsabilidad y poder no lo hace, las importantes –determinantes– corrientes migratorias del futuro cercano retomarán la ruta hacia aquellos valles fériles que quedan, y entonces los futuro hijos de los uruguayos no serán más uruguayos, y el territorio que nos legaron nuestros antepasados será objeto de una nueva conquista extranjera. *
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