Pinochet sobreseído o la indignidad de los asesinos

La resolución de la Suprema Corte chilena por la que se suspende el juicio iniciado al ex dictador en razón de su demencia senil ha causado honda decepción en todo el mundo civilizado. Es, ni más ni menos, una claudicación que ensombrece el prestigio y la independencia del Poder Judicial del país trasandino.

Después de los airados reclamos de jurisdicción en que se invocaba la soberanía chilena para juzgar al terrorista de Estado –al tiempo que se negaba esa potestad al juez español Baltasar Garzón– el mundo entero esperaba que el trámite judicial desembocara en la condena al anciano genocida; había pruebas más que suficientes que lo señalaban como el responsable número uno de la «Caravana de la Muerte».

No obstante, parece haber primado la tesis recurrente de la defensa según la cual el estado de salud del acusado impedía toda acción judicial en su contra. El mismo recurso a que apelaron los abogados británicos para hacerlo zafar de su comparecencia ante el tribunal español. La misma deleznable excusa para ocultar la cobardía esencial de los asesinos uniformados. La misma indignidad de otros responsables de delitos similares, que no tienen prurito alguno en ampararse en un orden jurídico que ellos mismos desconocieron para eludir la acción de la Justicia.

¿Qué sentido tiene para ellos la palabra honor? ¿Qué entienden por dignidad? ¿Qué es el famoso pundonor que siempre se encargaron de enarbolar como supremo valor cuando alguien osaba cuestionarlos? Son preguntas que se responden solas cuando se formulan a quienes demostraron toda su valentía en el ‘combate’ contra mujeres y hombres indefensos, sustrayendo niños, torturando y violando a sus madres, haciendo desaparecer opositores. Esa fue la ‘guerra’ que libraron los militares del Cono Sur y durante la cual cometieron los ‘inevitables excesos’ que en toda guerra se cometen…

Augusto Pinochet presenta un cuadro de demencia que lo inhabilita a ser juzgado. A todos nos consta que no es sino una burda maniobra para eludir una condena inexorable. Pero paradojalmente, el hecho confirma la insania que es componente esencial de su alma.*

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