Vigencia de una obra maestra
ALBERTO DI CANDIA
Hoy no tiene gran arraigo leer muchos clásicos de la literatura, pues por lo común se prefieren las últimas novedades editoriales, con olvido de que la mayoría de aquéllos tienen una sorprendente actualidad que contrasta con algunas obras escritas no hace mucho tiempo y que ahora muestran graves signos de irremediable vetustez. Una de las cumbres aún muy vigentes de la literatura italiana es la novela ‘I promesi sposi’ (Los novios) de Alessandro Manzoni (1785-1873), publicada en su versión definitiva hace ya 159 años y que se desarrolla en la Lombardía de 1628 y años siguientes.
Monzoni nació en el seno de una familia noble de Milán y desde muy joven adoptó las ideas de la Revolución Francesa, que en lo esencial mantuvo siempre, pese a haber abrazado con fervor el catolicismo a los 25 años y haber integrado en lo artístico el movimiento romántico. En la novela, el azaroso amor del tejedor Renzo y la aldeana Lucía es un mero hilo conductor de la grande y de la pequeña historia dentro de las cuales aquél tiene lugar, y así vemos cómo la psicología y los sentimientos de todos los personajes coexisten magistralmente con los ambientes y costumbres de la época, la iniquidad social, los abusos del poder económico y político y los sufrimientos y luchas del pueblo, cuya personería y la de quienes lo forman es revelada por una narración que deja muy atrás las tradicionales peripecias de príncipes y potentados y las acciones gloriosas, para refugiarse en el drama de los humildes oprimidos.
Una selección quizás arbitraria y seguramente incompleta de unos pocos y breves pasajes de ‘I promesi sposi’, demuestra la vigencia de una obra que sólo para una superficial y frívola apreciación está lejos de nuestros ‘aquí y ahora’. Veamos dichos ejemplos.
*Entre 1538 y 1627 el gobierno milanés había promulgado ocho edictos tipificando y sancionando cada vez más severamente las actividades de los «bravos» –ejecutores a sueldo de todas las arbitrariedades ordenadas por los potentados–, no obstante lo cual, en 1628 seguían tan campantes. No hay mejor prueba que ésta de que la proliferación de normas penales más y más duras no es un medio idóneo para combatir la delincuencia si no se atacan las verdaderas y profundas causas del delito. Nuestros políticos oficialistas parecen desconocer esta realidad.
*Tomando como tema un levantamiento popular ocurrido en Milán en ocasión del acaparamiento y la carestía de harina, durante el cual se saquearon depósitos, Manzoni pone en boca de Renzo –joven poco ilustrado pero inteligente– unas palabras que distinguen bien la rebelión espontánea e inmediatista de la lucha por modificar conscientemente los males de fondo de una sociedad: «…no sólo en lo del pan se hacen canalladas. Dado que hoy quedó demostrado que con hacerse oír se obtiene lo que es justo, debemos proseguir por ese rumbo hasta que hayamos remediado todas las demás perversidades…»
*Acerca de la terrible peste de 1630 en Milán, Monzoni reflexiona: «…en los públicos infortunios y en las largas perturbaciones de cualquier orden de cosas, siempre se nota un aumento, una sublimación de la virtud. Pero, lamentablemente, no falta también el generalizado aumento de la perversidad.» Hoy, estando nosotros inmersos en una peste de crisis económica, degradación del trabajo y el salario, desocupación, persecución sindical, pobreza, marginalidad, etcétera, no puede dudarse de que hay muchas voces y acciones solidarias que cabe calificar sin vacilación como virtuosas. Pero también hay quienes se encierran en sí y ni se acercan a los ‘agitadores’ por temor al contagio, hasta que la epidemia también alcanza a esos pusilánimes y/o indiferentes. Y por fin, hay otros que no sólo no son solidarios, ni siquiera temerosos aislacionistas, sino que se dedican a lucrar con imperdonable perversidad al amparo de la pandemia, y logran un suculento rédito económico de las necesidades y la debilidad de las mayorías; dejemos al lector la sencilla tarea de individualizar quiénes son. *
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