Los reencuentros tristes
ESTEBAN VALENTI
Nos pasa con demasiada frecuencia. Un grupo de amigos, de compañeros, nos encontramos en la última despedida de Juan José Montano. Se murió con poco más de 50 años. Se estaba muriendo de una enfermedad de olvidos y desmemorias desde hace algún tiempo.
Cada día me cuesta más escribir sobre estos temas. Antes, era un accidente. Ahora, es la crónica de nuestras soledades irreparables. Me gustó lo que escribió Jorge Jauri sobre Juanjo. Fuimos de la misma generación, de la misma UJC, del mismo sector en secundaria y de la misma CESU. El artículo de Jauri es desgraciadamente –en su final– demasiado optimista: nos seguiremos despidiendo, y para peor en la soledad.
Juanjo fue de los primeros. Y de eso queremos hablar, ahora que ese moho verde y pegajoso de una historia mal hecha, mezquina e irrespetuosa nos cubre a todos. Fue de los primeros que formuló preguntas incómodas, que se atrevió a subirse a una tribuna no a comentar o a discutir tan, pero tan sutilmente las ideas y los problemas, que incomodaba poco. El se atrevió a incomodar, a dudar en serio. Y en esta época de mezquindades es bueno recordar a los primeros.
Juanjo era y fue siempre un personaje incómodo, de esos que animaban la vida política que transcurría fuera de las columnas y los casilleros, en sus noches de boliches, aquí en Montevideo o en la selva, allá en Nicaragua. Pero que resultaban molestos dentro de los locales, dentro de los organismos, dentro de los esquemas.
No era fácil encasillarlo, ni cuando estaba dentro de todas las estructuras, ni cuando salió a todas las intemperies. Siempre tuvo esa rebeldía intelectual espontánea y floreciente. Por eso fue más cruel su enfermedad.
Para recordarlo con justicia, en la verdad del ser humano, en sus contradicciones, debemos apelar a más charlas que escritos, a más aventuras compartidas que a documentos. Era un hombre de proyectos, aun en los momentos en que la dispersión y la derrota habían calado tan hondo. El siempre estaba pronto a emprender cruzadas, a arriesgarse. Así compartimos también la lista 700, aquella quijotesca y divertida «armada Brancaleone» de 1994, nacida en cierta medida de aquellos ñoquis irreverentes donde nos reencontramos para tratar de recuperar el humor y reírnos de nosotros mismos.
Con Juanjo nos veíamos poco. Porque en realidad casi todos nos vemos poco, encerrados en nuestros cubículos, en nuestras pequeñas parcelas de vida. Pero los encuentros siempre eran para planificar algo nuevo, lejano, ambicioso y muchas veces imposible. Eso era lo diferente, Juanjo ayudaba a darle alas a la voluntad y a los sueños.
Hace más de una década, –que parece un siglo– se cayó un muro, de concreto, de piedras y alambres de púas, que como todos los muros de la historia fueron siempre el presagio de una gran derrota. Nosotros asumimos nuestra cuota de responsabilidad. Algunos primero, embistiendo con sus preguntas irreverentes –como Juanjo– otros después. Pero lentamente se fue levantando otro muro, más sutil, casi invisible, porque es un muro de ideas, un cerco enorme que pone límite a las preguntas y los cuestionamientos. Es el muro del pensamiento único y dominante.
El «gran hermano» con su voz en «off» y en forma casi protectora nos señala los límites que no debemos superar. Es el muro que se ha levantado para proteger el sistema. Algunos rebeldes con las mejores buenas intenciones, han pintado en las grises paredes de este muro los gruesos y coloridos trazos de las utopías. Y es posible que algunos se conformen, y les alcance con la irreverencia de un gigantesco grafiti. Los que preguntan en serio, como lo hacía Juanjo, creo que difícilmente se conformarían con esas ilusiones y con la lírica de una sociedad más justa y más humana. Seguirán empeñados en construirla.
Los que hicieron implosionar el muro desde adentro, fueron los que se animaron a preguntar y los que serán capaces de astillar el actual muro de las ideas limitadas. Son los que no le tienen miedo a ninguna pregunta. Por ello extrañaremos más a Juanjo. Y porque en definitiva, en su adiós, se nos fue un retazo más de nuestros sueños de juventud. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad