DEMONIZACIÓN

Disparen contra la educación

«Hay que hacer algo con la educación», dice todo el mundo. «La educación es un desastre», dicen muchos. Y no faltan visiones autorizadas que señalan que los problemas de la educación descansan, enteramente, en los gremios «corporativos» de la educación, o en la ineptitud de quienes dirigen los organismos.

Todo el mundo dispara contra la educación, y unos y otros opinan sobre el ausentismo docente, los gremios indomables, las madres que no cuidan a los hijos y los jóvenes que no quieren ni estudiar ni trabajar. Todos hablan sobre la educación, y hablan mal de la educación; unos se la agarran con Primaria, otros con Secundaria, otros con la Universidad. Otros, nunca faltan, critican a toda la enseñanza pública, sin hacer mayores distingos.

No está mal hablar sobre educación, ponerla en el centro de todas las preocupaciones y de todos los debates. Pero la forma en que se ha demonizado al sistema educativo para transformarlo en el gran responsable de todos y cada uno de los fracasos de la educación, como mínimo, no ayuda. Prueba de ello es el porcentaje de aprobación que tiene la política educativa en el actual gobierno, a pesar de que el porcentaje del Presupuesto destinado a educación es hoy infinitamente superior a lo que fue en el último cuarto de siglo. Pero el «disparen contra la educación» ya ha surtido efecto: en la última encuesta de opinión disponible, la mayoría de los entrevistados dice desaprobar la gestión del gobierno en educación. Esta desaprobación no es consecuencia de la política «real» implementada, sobre la cual se sabe poco o muy poco, sino de un cierto ánimo (o más bien desánimo) que parece haber encarnado no solo en las filas de la oposición, sino en las de la propia izquierda.

Mientras tanto, ¿cuánto sabemos sobre la educación? Un representante del gobierno al que le fuera ofrecido un alto cargo en la conducción de la educación, se rehusó a ejercerlo, aunque su extensa trayectoria universitaria parecía autorizarlo expresamente para ello. Cuando los medios le interrogaron sobre el punto, preguntando ¿cómo un universitario de reconocida trayectoria como usted dice que la educación no es su tema?, la persona en cuestión respondió humildemente: «El que yo haya estudiado veinte años y dado clases otras veinte no me autoriza a saber nada sobre políticas de educación. La educación es un tema más complejo». Asistía la verdad a esta persona. Como ya dijo Sócrates, para saber que sabemos poco (o muy poco) sobre las cosas, hay que tener autoconciencia de la propia ignorancia. Y la conciencia de la propia ignorancia, es la primera fase de la sabiduría. Esa, que con respecto a la educación, brilla por su ausencia.

Tres mitos sobre la educación son frecuentes en los análisis que se hacen, y vale la pena señalarlos.

El primer mito sobre la educación es que los resultados en materia de educación (por ejemplo, la deserción estudiantil en secundaria) son de entera responsabilidad del sistema educativo. Error: los resultados en materia de educación son solo en parte responsabilidad del sistema educativo. Hace diez años apenas, la mitad de los niños nacía en hogares pobres (este porcentaje ha descendido al 35% ahora): los niños pobres de ayer son los adolescentes rezagados de hoy. Las formas que asume la pobreza en Uruguay (en especial el fenómeno de la infantilización de la pobreza) son responsables por los logros educativos: los déficits de la primera infancia dejan secuelas para toda la vida. También influyen los nuevos arreglos familiares: es difícil tener un ambiente familiar adecuado si una joven treintañera de un asentamiento tiene que atender la crianza ­a menudo sola­ de tres o cuatro niños. ¿Dónde están las madres que otrora hacían el seguimiento de las tareas y deberes escolares? Hoy trabaja, la mayoría. Y el aumento de la tasa de divorcialidad en nuestro país las coloca solas, y en desventaja (el porcentaje de padres deudores alimentarios tiene proporciones escandalosas entre nosotros), para dar cuenta de la crianza de los hijos. Y en los hogares más pobres, o de más precaria constitución: ¿quién convence a un joven de que trabajar (cuando hay trabajo) no rinde más que hacer un año más de liceo, cuando faltan tantos para terminar, y tan poca confianza o autoestima se tiene?

Así que, sin sacarle méritos o responsabilidades a los liceos, los profesores y sus autoridades, para que alguien termine el liceo hace falta mucho más que buenos profesores. Hace falta familia, comida en la mesa, afecto, y la expectativa de que ese esfuerzo me servirá para algo. Entre muchas otras cosas.

Un segundo mito es el de que los buenos resultados de la educación se miden por la excelencia de sus educandos. Es la idea de que un buen liceo es un liceo de alumnos sobresalientes. Este mito es uno de los más poderosos, y el más elitista de todos los mitos. Desde el momento en que Uruguay empezó a ser un país desigual, con una pobreza y marginalidad crónicas y difíciles de erradicar, con generaciones de uruguayos desvinculados del mercado de trabajo y las disciplinas mínimas que entraña el trabajar durante la vida, se generaron al menos dos tipos de alumnos: los que vienen de las familias pobres y muy pobres, y los que vienen de las familias de clases medias. A estos primeros no les va bien en la educación. Repiten, desertan, les lleva el doble de tiempo todo. En la medida en que la educación media se masificó (pasó de atender cien mil estudiantes en los años 60 a atender a todos los estudiantes que egresan de primaria: unos 300 mil), se produjo una invasión de estudiantes pobres a los liceos. El criterio ya no puede ser más la excelencia: el criterio tiene que ser la inclusión. Y si los niños de las clases medias y medias altas tienen que soportar un nivel un poco por debajo de las exigencias educativas a las que ciertamente pueden atender, para que todo el grupo (que incluye a los pobres) salga adelante, este será el precio. Y que nadie se engañe respecto a la educación «vareliana»: era esto mismo. Claro está, se me dirá: el efecto de la masificación de la enseñanza media (y la entrada a ella de esos adolescentes pobres, a los que todo cuesta más) es que las clases medias optan por una educación privada, donde sus hijos se junten con pares de similar condición y no tengan que rezagarse porque el resto del grupo no consigue ponerse a la par.

Este es el tercer mito: que las clases medias mandan a sus hijos a los colegios privados, y que estos funcionan con «excelencia» mientras los públicos funcionan mal. Este es un mito muy extendido, muy montevideano, y que refleja mal o poco la realidad. La inmensa mayoría de los estudiantes uruguayos lo es en establecimientos públicos. El 88% de los estudiantes de liceo lo es en el sistema público y solo el 12% lo es en el sistema privado. De cada diez estudiantes de secundaria, solo uno va al liceo privado. Este porcentaje aumenta en Montevideo, pero no llega al 30%.

Este mito va de la mano con otro mito bien asentado en la elitista mirada de los muy poco socráticos detractores de la educación: la idea de que la educación privada funciona mejor que la pública. Error: cuando se comparan desempeños educativos en liceos públicos y privados del mismo contexto socioeconómico, los liceos públicos son mejores que los privados. Este error es doblemente falaz por cuanto una de las consecuencias «prácticas» del mismo es que el Estado debería apostar más a la educación privada que a la pública. Y los intereses respecto a esto son poderosos. No es verdad: la educación pública funciona igual o mejor que la privada. Pero el problema es que la educación privada, por su misma condición de tal, es más accesible a los estratos socioeconómicos de mayor poder adquisitivo. Por consiguiente, y salvo excepciones, la oferta de educación privada es una que es aprovechada por aquellos estudiantes que en el sistema público también andarían bien, porque vienen de las clases sociales más protegidas socialmente.

El tema es,
como siempre, el de los ricos y de los pobres. Los que repiten, los que abandonan, los «expulsados» de la educación, son siempre los más pobres. Esto es de hoy y de siempre. Pretender que el sistema educativo «iguale» lo que en la sociedad nació tan profundamente desigual, es demasiada exigencia. Si no corregimos una desigualdad social que en Uruguay se encarnizó especialmente con la infancia, la brecha educativa tenderá a mantenerse, por mucho que mejoremos el sistema educativo. Y sobre esto, las recetas básicas se están aplicando: más recursos para la educación (el 4,5% es lo básico y no hemos llegado a eso), mejor salario y condiciones para el trabajo de los docentes, más energía (plata, recursos humanos, infraestructura) aplicada a los centros educativos en los barrios más pobres a la par de una gestión de los mismos que sea más eficiente y efectiva. Esto último interpela a la gestión en todos sus niveles. Todo ello, con dificultades, aciertos y errores, y resultados desparejos, se está haciendo. Todo el resto será responsabilidad de todos, ahora, mañana y siempre.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje