¿Jorge Batlle es el convidado de piedra?
En la época anterior a la dictadura los cambios presidenciales solían conllevar un período de amargos reproches de parte de los nuevos titulares del Poder Ejecutivo acerca de la «herencia maldita» que le habían legado sus antecesores, esta suerte de público «juicio de residencia» se aplicaba incluso con gobiernos salientes de su propio partido.
A partir de 1985 –y entre las muchas mutilaciones a la democracia que impuso la dictadura– la situación cambió.
La fragilidad de los partidos conservadores, la falta de respaldo popular fervoroso, unido al crecimiento ininterrumpido de las fuerzas progresistas, creó las condiciones para que se fuera imponiendo la llamada «estrategia de la gobernabilidad».
Sobre la base de una hipotética amenaza que asedia a las instituciones democráticas, se produce la unión de todos los que quieren que todo siga como está.
Ahora bien, esta pasión por la inmutabilidad, este rechazo visceral a los cambios se da en un contexto donde no abundan los liderazgos conservadores.
Por eso hay que evitar que se desgasten. De lo contrario ¿cómo enfrentar al desafío progresista?
De ahí que, a partir del primer gobierno de Sanguinetti, cada gobernante hará «mutis por el foro» con relación a la «herencia maldita» y se empeñará en convidar al país «a hacer sacrificios y mirar hacia delante».
Así fue cuando, cumplido el primer ciclo de gobierno colorado presidido por Sanguinetti, la administración dejó un pesado déficit fiscal. No fue reconocido. Ninguna crítica al elenco que –aunque sea parcialmente– se iba.
Eso sí, como ahora, la primera medida de gobierno de Lacalle fue un ajuste fiscal, recorte del gasto público y la implantación, «provisoria» se dijo, del impuesto a las retribuciones personales, es decir, el impuesto a los sueldos y a las jubilaciones.
El estilo melindroso inherente a la estrategia de la gobernabilidad, las exigencias del «pacto de transición» hacían imposible que Lacalle mostrara con claridad a la ciudadanía el lado oscuro de la administración Sanguinetti.
Entre otras cosas éste debía seguir en carrera.
Algo similar ocurrió en el 95: a Lacalle no se lo podía desgastar demasiado, debía seguir en carrera.
Ambos ex presidentes poseen entrenamiento, edad y ambiciones como para seguir prestándole servicio al sistema. A un sistema que poco fértil en la generación de liderazgos.
Siendo así ¿por qué quemarse mutuamente?
Lo mejor es callar. Un pacto de silencio. Un acuerdo de mutua indulgencia sobre las actuaciones al frente de la conducción política del país. Un pacto, salvada las distancias, de impunidad.
¿Qué es lo nuevo ahora?
¿En qué se viene diferenciando, en estos primeros pero significativos días de gobierno?
Todo parece indicar que Batlle, por razones generacionales o lo que sea, no se siente un pasajero permanente más en la fila de los que quieren subir a la opulenta calesita del poder.
Batlle, por ahora, no se está alineando en el sistema de silencios y buenos modales de quien aspira a salir de la Presidencia para volver a ser postulante a ella.
De ahí que sus primeros movimientos, y el de algunos de sus ministros, apunten a denunciar las irregularidades y «los curros» que se vienen practicando en la órbita estatal.
Cuando el ministro de Salud Pública entrante, Horacio Fernández Ameglio, anuncia que tiene la orientación de Batlle de terminar con el clientelismo y la politiquería y establecer un sistema de concursos y méritos para los ascensos en la función pública ya se está en medio de otra situación, mucho más democrática.
Cuando el presidente Batlle anuncia que «hay que terminar con todos los curros que andan por ahí» estamos en un terreno de sinceramiento y transparencia política inusual en las últimas décadas, jalonadas por lo opaco de las acciones políticas en el poder, por la hipocresía y el pacto de silencio que mancomunaba al elenco entrante con el saliente.
Los taciturnos y voraces operadores políticos del Foro Batllista y del lacallismo ya han reaccionado con presteza.
Ya han ladrado los cuzcos de la burocracia situacionista que ven con alarma todo lo que sea transparencia y sinceramiento. Esperemos que lo nuevo se afiance y se empiece, por fin, desde arriba a terminar con todos los curros que hay por ahí.
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