Errores y omisiones de Gelman

ace ya un tiempo que apareció en Brecha (30 de marzo 2001) una nota de Juan Gelman titulada Del estado del Estado de Israel, nota que mueve a necesarias precisiones y obligadas reflexiones.

Empecemos por la parte testimonial y positiva de tal escrito donde Gelman da cuenta de los atropellos de que fue objeto al llegar a Israel, adonde iba para asistir al entierro de su hermana. Cuenta Gelman los excesos de algunos funcionarios del aeropuerto y posteriormente –extrapolando la temática inicial– se refiere a las brutales persecuciones de que son objeto los palestinos por parte de los judíos de Israel, para acabar su escrito con algunas vagas generalizaciones sobre una supuesta humanitaria tradición hebraica. Opinión esta refutada hasta por el propio Marx como ya veremos.

Lamentablemente se le queda mucho en el tintero y pasa por alto la condición espuria, racista, discriminatoria e ilegal del Estado al que llega de visita de duelo.

Gelman no hace presente que aquel «Estado» adonde llega, está habitado –todo él mayoritariamente– por ocupantes ilegales; que su propia hermana –con los debidos respetos– usurpaba el lugar que le hubiera correspondido de pleno derecho a algún palestino de los tantos a los que se ha despojado de sus tierras. Porque es imposible soslayar que no deja de ser infame que diversos ciudadanos de diversos países vayan y se alojen en tierras robadas y usurpadas a los palestinos con el mero argumento de reinvindicar la condición de su pertenencia al mundo judío y sus tradiciones.

Gelman se olvida entonces de que ese Estado que no cuestionó o por lo menos no cuestiona explícitamente, en lo esencial fue creado en condiciones ilegales y antidemocráticas hace ya más de medio siglo. Porque el 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU (bajo presión de EEUU, Inglaterra y el lobby judío) adopta la Resolución 181 que divide Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe con un procedimiento violatorio de la Carta de las Naciones Unidas. Y lo que es más grave, se pasa por alto olímpicamente el mentado principio de autodeterminación, ya que tal división es antidemocrática en tanto ni consulta a los habitantes de Palestina y además, adjudica al Estado judío que acababa de crear, territorios cuyo 86 % estaba habitado por palestinos y donde los judíos, no siendo más que el 13 % de la población, recibían más de la mitad del territorio palestino y sus mejores tierras. Así de simple.

Por lo cual se justifica decir que desde sus orígenes, Israel es un Estado ilegal e invasor, cuya violencia actual contra el pueblo palestino al cual ha despojado, no es, de ningún modo, una réplica a una inicial violencia palestina, como se pretende hacer creer, sino el resultado de toda la situación creada artificialmente y totalmente ilegítima. Situación que resisten los palestinos agredidos en un esfuerzo por seguir existiendo, vistos los propósitos genocidas israelíes.

De tal manera que mal puede Gelman reprochar sus violencias a los judíos, si él mismo no se remite a los espurios orígenes de Israel.

En función de su condición de invasor que trae desde sus orígenes, Israel no puede ser sino represor. Pedirle que no reprima pero que siga existiendo es ni más ni menos que un absurdo inaceptable, absurdo en el que incurre Gelman lamentablemente.

Además de lo antedicho pueden refutarse las afirmaciones con que Gelman redondea su nota donde sostiene: «Los judíos siempre fuimos perseguidos, nunca perseguidores; discriminados, nunca discriminadores; marginalizados, nunca marginadores; sitiados, nunca sitiadores. Nada tiene que ver a estas alturas el Estado de Israel con la tradición judía,» etcétera.

Pese al dramatismo a que Gelman recurre, todo cuanto dice es históricamente falso si nos atenemos a la propia historia de los judíos, relatada por judíos en los documentos bíblicos judíos.

Pero Gelman parece no considerar, o pasar por alto lo que expresan esas prolijas crónicas históricas testimoniales que constituyen La Biblia, tanto el Viejo como el Nuevo Testamento, y aplica un criterio idealizante.

Para empezar debe decirse que, respecto a la condición perseguidora de los judíos, debemos atenernos a los treinta y un genocidios que cometieron. Véase el Libro de Josué donde se comprueba la falsedad de la aseveración de Gelman respecto a las tradiciones judías. En el Libro de Josué leemos:

…»Javé habló a Josué (…) y le dijo: ‘Ha muerto Moisés (…), les doy todo el territorio que conquisten‘ (…)» (Josué, I, 1), con una lógica militar como la que hoy se aplica en concordancia con aquellos orígenes.

Y se agrega: «Josué dijo (…) en medio de ustedes está Javé, el Dios vivo que exterminará frente a ustedes al cananeo, al heteo, al jeveo, al fereceo (…) al guergueseo, al jebuseo y al amorreo» (Josué, IV, 10-11).

Sobre la condición de marginadores y discriminadores de los judíos, para refutar a Gelman véase Esdras donde se puede leer la autocrítica de algunos judíos: (…) «Hemos obrado mal en contra de nuestro Dios, casándonos con mujeres extranjeras (…)» (Esdras X, 2-3).

Expresiones donde no falta un racismo manifiesto cuando se agrega que algunos judíos: (…) «tomaron de entre ellos mujeres y mezclaron su raza santa (sic) [la judía] con los habitantes de esta tierra» (cananeos, heteos, jebuseos, amonitas, etc.) (Esdras, IX, 2).

Y posteriormente, según consta allí, tales judíos arrepentidos fueron amonestados por el sacerdote porque: «al casarse con mujeres extranjeras han sido rebeldes (…) reconozcan su pecado (…) separándose de la gente de estas tierras y de las mujeres extranjeras«. (Esdras X, 10-11).

Tras lo cual, «se comprometieron bajo juramento a expulsar a sus mujeres» (…) (Esdras, X, 19).

Por último, que Gelman sostenga que los judíos nunca fueron sitiadores, se contesta con las referencias del Viejo Testamento al Sitio de Jericó, que se anuncian ya cuando, al referirse a las «ciudades refugio», dice el documento judío: «Cuando Yavé, tu Dios, haya exterminado a las naciones cuyo país te va a dar, cuando los hayas desalojado y ocupes sus casas«… etc.

Todo esto es así, ni más ni menos, que algo idéntico a lo que hoy los judíos de Israel hacen contra el pueblo palestino.

En cuanto al mentado Sitio de Jericó, al derrumbe de sus murallas –que referir detalladamente nos llevaría demasiado espacio–, quedémonos con lo esencial. Ateniéndonos entonces a las descripciones bíblicas, citemos el pasaje que se refiere al momento en que los judíos se apoderan de Jericó, según cita textual (6,21): «Y espada en mano mataron a todos los hombres y mujeres, jóvenes y viejos: incluso a los bueyes, ovejas y burros y los entregaron como anatema, o sea, los sacrificaron a Dios«.

Como se ve, un episodio escalofriante, un verdadero genocidio si aplicamos una denominación actual.

Pero no olvidemos que así recién empezaba aquella larga campaña genocida. Campaña militar que continúa con el pueblo de Hay, donde se consuma singular matanza.

El texto expresa (8.22 y 8.23): «Los israelitas acabaron con los habitantes de Hay que estaban en el campo o que habían huido al desierto; los mataron a todos. Después volvieron a la ciudad y acabaron con toda la población, hombres y mujeres. El total de muertos fue 12 mil» (…); «Josué no dejó de matar hasta exterminar a todos los habitantes (…) sacrificándolos a Yavé«. Después «incendió el pueblo y no dejó sino ruinas» (sic).

Allí tiene Gelman a los judíos pero no como perseguidos sino como perseguidores, no como sitiados sino como sitiadores. Más claro, imposible.

De igual índole de la matanza de Hay son las matanzas de Maquedá, Libna, Laquis, Eglón, Hebrón, Debir, Merom, etc., donde se atacó y combatió siempre «sin dejar ningún sobreviviente» (sic).

Paralelamente Yavé le prometía a Josué: «Mañana (…) te los entregaré para que me los sacrifiques«. Así Josué y sus continuadores en el tiempo conquistan Jasor y matan a cuchillo y «aniquilan a toda la gente«. (Véase 13.14-15).

Como trágico resumen al cabo de los años, los pueblos exterminados por los judíos resultan treinta y uno. Por lo tanto puede afirmarse que ni genocidios ni holocaustos son sólo recientes y privativos de los no judíos.

Después de todo esto –que no agota el tema– vale la pena recordar a Marx que no hace caudal alguno de los llamados valores espirituales del pueblo judío que presupone Gelman, sino que dice: «¿Cuál es de por sí el fundamento de la religión judía? La necesidad práctica, el egoísmo» (…) y agrega: «El Dios de la necesidad práctica y del egoísmo es el dinero (…) que es el celoso dios de Israel ante el que no puede (…) prevalecer ningún otro dios» (…) etcétera. (K. Marx, La cuestión Judía).

Cuando hoy los judíos tratan de apoderarse de todo el territorio palestino al precio de la sangre que sea necesario, están continuando con aquellas viejas tradiciones que hemos evocado y aparecen en el Libro de Josué. Es falso e idealista –caso Gelman que se considera «verdaderamente judío»– analizarlo con otra óptica sin ver que la política de Israel es en sí verdadera y tradicionalmente judía.

Por último, ateniéndonos a la vieja e indiscutible sabiduría judía, leamos en Proverbios, XVIII, 2, que es tonto no reflexionar sino decir lo que se siente, aunque expresado con otras palabras.

* Poeta

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