Uruguay, un país empobrecido por el sistema
Resulta doloroso admitir –porque así lo testimonia la cruda realidad– que Uruguay, un país privilegiado por la naturaleza (clima, llanura, riego generoso por la existencia de ríos, arroyos y cañadas en todo el territorio, fácil acceso al mar, ausencia de perturbaciones terrestres y una tierra altamente fértil), enfrente graves problemas económicos y sociales, que se han venido agudizando desde mediados de la década del 50. Aquella fuerte «clase media» que nos jerarquizó frente al resto de América ha ido gradualmente despareciendo, para ensanchar la franja de pobreza que hoy se desnuda cruelmente, cuando nos dice que el 45 por ciento de los niños que nacen está destinado a sufrir privaciones básicas en materia de alimentos, salud, educación y vivienda.
Sorprende que los responsables de conducir los asuntos públicos –que en definitiva son los mismos que están en el timón desde el 1/3/1985– hagan las de Poncio Pilatos cuando llega la hora de asumir responsabilidades por los altos índices de desocupación, inseguridad ciudadana, crisis en los sectores productivos, etc. Porque no resulta serio ni creíble que en 16 años de indivisible coparticipación, no haya existido tiempo para poner en marcha los planes y programas de desarrollo a que alude el artículo 231 de la Constitución, postulados de los que tanto se ocupó Wilson Ferreira cuando ocupó la cartera de Ganadería, y que conformaron la columna vertebral de su plataforma de gobierno en los comicios de 1971.
Luego de finalizada la feroz dictadura, las sucesivas administraciones democráticas nada hicieron para que la gente se radicara en el medio rural, sino por el contrario estimularon la concentración y extranjerización de la tierra, con el resultado de que más de 120.000 pequeños y medianos productores se vieron obligados a abandonarla. La ausencia de políticas de Estado, para que ese bien fuese intensivamente trabajado con la dinámica tecnológica de las naciones del primer mundo, ha sido nefasta para la comunidad agropecuaria que, pese a todas las adversidades, sigue representando el 70 por ciento de la riqueza nacional exportable.
Lo cierto es que hoy ese sector enfrenta un brutal endeudamiento, con un sistema financiero que practica la usura con total impunidad, mientras que rubros como la agricultura, frutiviticultura y horticultura han sido víctimas de la luz verde concedida a productos extranjeros que han inundado la plaza, compitiendo deslealmente con los nuestros en virtud de los subsidios y mano de obra barata de origen. El desmantelamiento de la industria, la rebaja encubierta de salarios y pasividades, el crecimiento del comercio informal, el perverso modelo tributario que se descarga sobre el consumo y la emigración masiva de jóvenes por razones laborales, comportan algunas perlas de un collar, que hoy está acogotando a la República.
* Ex director de Ancap
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