El beneficio de la duda

Le confieso que estoy un poco aturdido. Pero desde un tiempo a esta parte siento que nos están ocultando asuntos que constituyeron mi/su preocupación durante generaciones.

Hoy día padecemos la maldición de los dioses por causa de la aftosa. Hace un mes, todos los males eran causados por el contrabando. Hace seis meses, estábamos hundidos a causa de los altos sueldos de los choferes de las empresas públicas. Mañana, Dios dirá.

Un día sí y otro también se nos explica que las empresas públicas monopólicas son ineficientes, no cumplen con sus cometidos y le salen carísimas a la gente. Desde la semana pasada, además, nos enteramos de que están dirigidas por alguna gente que no sabe nada; lo afirmó el señor que designó a esa gente.

La eliminación de los monopolios estatales pasará, inexorablemente, por la privatización (cuanto más, mejor), que redundará en el incremento de las fusiones de empresas que son adquiridas por poderosos grupos financieros, para mejorar la competencia. Pero las fusiones conducen a concentración de poder económico. O sea, que para mejor competir, llegaremos a la conformación de monopolios, aunque en esta oportunidad, privados.

Y hacia eso caminamos. Fíjese, si no, lo que pasa con el oligopolio de las televisoras del cable; o el endiosamiento de los hipermercados; o el desastre de Pluna; o las comisiones leoninas del grupito de AFAPS; o los intereses usurarios de las financieras que se ríen de la ley de defensa del consumidor: o…

Las nuevas tecnologías trajeron la maravilla de la telefonía móvil, que ha hecho pasar a la categoría de trasto viejo a la telefonía fija. Pero ¿se fijó usted cuánto cuesta hablar un minutito por el teléfono móvil? ¿Es tan cara la nueva tecnología? ¿O simplemente nos la embuten porque el margen de utilidad es tremendo y nadie controla esas tarifas?

Me dice mi amigo productor rural, que desde que nuestro país fue declarado libre de aftosa sin vacunación, hasta que volvió la plaga, el precio del ganado en pie no experimentó aumentos excepcionales, notándose, a lo sumo, una mayor estabilidad del precio en las distintas estaciones del año; pero que, de cualquier manera, ellos siempre venden al precio que fija el frigorífico. Entonces, vale preguntarse: ¿quién se ha quedado con los cientos de millones de dólares que presuntamente entraron en Uruguay al venderse mucho más cara la carne en el circuito no aftósico y que perderemos en los próximos cuatro años?

Para solucionar todo esto, el gobierno termina acudiendo al auxilio del Banco de la República –que viene a ser algo así como el ineficiente mayor de la República si nos guiamos por el discurso oficial–, para que acepte no cobrar quinientos millones durante veinte años, aliviando a algunos productores rurales y financiando parte del déficit fiscal de los Estados Unidos de Norteamérica.

Sigo insistiendo, pues, en lo que vengo diciéndole desde hace bastante tiemp: me parece que están distrayéndonos. ¿Usted qué opina?

* Militante del Frente Amplio

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