La aftosa: ¿catalizador social?

El país real, capital, y capitalismo

Goy Viera Silva

 

No me gusta hablar en primera persona. Cuando lo hago es porque siento que mi actitud conlleva una porción vital del sector agropecuario. He discurrido sobre el embrutecimiento de los agentes políticos y sociales activos y pasivos y su falta de sentido. No de sentido común, sino de sentido propio. Para ser en alguna medida testigo de la historia hay que tener sentido propio y no sentido común. Hay que tener sensibilidad, honestidad y objetividad. Ningún «ismo» a priori sirve para nada.

Ninguna ortodoxia o dogmatismo de doctrina alguna posee la verdad total. Con esto de la aftosa, los mercados, la economía, y la endémica crisis rural, he presenciado dos tipos de manifestaciones:

1) De economistas con preeminencia en la izquierda uruguaya, a través de palabras saturadas de trasnochados conceptos que ya han evolucionado en otras latitudes.

Están renegando «dogmáticamente» de la importancia y/o necesidad de existencia del capital y sus derechos. Una cosa es el capital y «muy otra» el condenable capitalismo. «Separemos los bagres de las tarariras». Una cosa es el militar y otra el militarismo. Una cosa es el político y otra muy distinta la política.

2) De algunos artículos periodísticos referidos a la aftosa, que han pretendido «intelectualizar» el tema –no sabemos si de buena o mala fe– imprimiéndole una dialéctica superficial (¿tendenciosa?) que soslaya los hechos primarios y concretos determinantes de la situación global agropecuaria, incluida la aftosa y su rifle. Se pretende, a través de un idioma «tecnocratizado» y enciclopedista –revelador de una intención de aparentar una idoneidad que no existe– adjudicar las causas de la crisis agropecuaria únicamente a hechos foráneos, cuando hay responsables en lo interno que permiten funcionar a los oligopolios de carne, leche, lanas y cueros, además de administrar la política importada. Una cosa es el intelectual y otra diferente el intelectualismo. Una caterva periodística ha salido a dramatizar grotescamente, a la manera de un sainete gigante lo que de suyo ya era trágico.

La aftosa detonó en forma flagrante una situación patéticamente contradictoria: el anquilosado embrutecimiento nacional acota en su gueto al sector rural y al mismo tiempo reivindica para el país las soluciones necesarias. ¿De qué país hablan señores? ¡¡¡Yo soy el país!!! ¡¡¡El sector rural es el país!!! ¿O acaso no lo están afirmando ustedes mismos a su pesar, al hablar de catástrofe nacional? El campo es el sustento del país. ¿O no? El campo está siendo robado y no de ahora, aunque hoy más que nunca.

El gobierno ¿tiene «los ojos en la nuca»? La prensa: ¿Su frivolidad es gratuita? ¿Acaso se ha alineado con la postura del doctor Batlle de ir a golpear las puertas del primer mundo exigiendo el retiro de los subsidios? Cada país tiene el derecho a subsidiar lo que se le antoje. Lo que no tienen derecho a hacer los países del primer mundo es a imponer, sabotear o coimear la política de ningún otro país. Los subsidios de los grandes países siempre existirán, y el doctor Batlle lo sabe. Si eliminan los subsidios muere su agropecuaria. Y muere el mundo.

El proteccionismo del primer mundo no subsidia la ineficiencia de su sector rural como aseguran algunos. Simplemente el primer mundo –basado en sus propios datos empíricos– asumió como ineluctable que la actividad agropecuaria no puede por naturaleza prosperar y mantenerse sin ayuda. Ergo, «si no hay agropecuaria, no hay país», dicen los grandes países.

El libre mercadismo no existe en la práctica en ningún país del planeta, pero existen sí presuntas políticas desregulatorias que no lo son en realidad, como en Uruguay. Es el elan colonialista. Desde un figurado escaño semivacío hasta hoy he establecido concreta y objetivamente las tan inicuas como claras e inteligibles causas del casi genocidio crónico que viene soportando el campo.

Hasta hoy hubo oídos sordos. Pero hoy, la alarma general –por medio de la aftosa– inopinadamente y en forma indirecta, ha dado al sector rural la importancia que realmente tiene. ¿Por qué en forma indirecta? Porque se habla de la exportación de carne. Y el campo no exporta carne. Quien lo hace es la industria frigorífica, que acorrala al campo y vive de éste. Tal esquema no resiste más.

El cardumen «intelectualista» y algunas otras voces inconsistentes –cuyas actitudes no tengo claras, habida cuenta del poco «sentido» y la mucha omisión de elementos clave en sus dichos– han ocupado hoy el escaño antes semivacío para dar voces de lamento y alarma exigiendo atención y remedio al derrumbamiento de la base del país. ¿Cuál base? ¿La de los «quejosos y egoístas» productores rurales, esos que siempre son mirados (aun hoy por algunos) como si estuvieran chapoteando en un «yacuzzi» que en vez de agua tuviera oro? Sería bueno entonces que esta última imagen cambiara.

Que a los uruguayos no les dolieran prendas nunca más con respecto al campo. Que aprovecharan la sensibilización actual para evaluar con raciocinio y justicia al sector agropecuario, y no acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Lo mismo le digo a la clase política, que hoy se agita en un debate estigmatizado por los diferentes fines que han sido determinados por diferentes banderías que soslayan el «sentido» real de la cosa.

Es justo decir que, la mayor responsabilidad de la crisis actual, la tiene este gobierno conjuntamente con los anteriores, continuadores de la linea de la dictadura. Aunque esta línea económica nos ha perjudicado por igual a grandes y a chicos se han escuchado voces desubicadas que tratan de discriminar –ante las medidas anunciadas por el gobierno– a deudores de la franja superior más los comprendidos en refinanciaciones anteriores.

Olvidan que las refinanciaciones han sido el efecto de la linea económica aplicada por los gobiernos, y pretenden usar una regulación arbitraria desconociendo el derecho de muchos deudores que también sufrieron el atraso cambiario. Al mismo tiempo que los señores desreguladores pretenden regular con arbitrariedad, completan la paradoja con una actitud… ¡¡socialista!! en el tratamiento a los medianos y pequeños productores, que, por otra parte es la correcta. En este mundillo pretendidamente globalizado, los derechos deberían ser globales, porque el endeudamiento es global y ocasionado por problemas globales ajenos al deudor. Lo contrario sería una incongruencia ocasionada por la aplicación a ultranza pero contradictoria de un neoliberalismo trasnochado.

A otro nivel, ante manifestaciones que se reiteraron últimamente, por último, le digo al señor Peñaloza (AEBU) que si el BROU posee una cartera con mala salud, ello es debido a la línea económica de sucesivos gobiernos. No creemos en la implicancia de los Directorios más allá de la de algún caso personal que pueda ocasionalmente afectar tanto a una empresa estatal como a una privada. Lo mismo vale para la jerarquía administrativa y los mandos medios. Los préstamos con influencia política supra-Directorio siempre existieron y parecen inevitables, pero su incidencia porcentual en la salud de la cartera es poca. La verdadera etiología está en la linea económica del país. En lugar de reclamarle al Directorio y a los deudores, el señor Peñaloza debe hacerlo ante el gobierno, por la aplicación de una economía importada que beneficia al primer mundo.

* Productor rural

 

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